El fiscal acusa de soborno al exjefe de la campaña de Trump

Paul Manafort. :: S. THEW / efe/
Paul Manafort. :: S. THEW / efe

Manafort, que se niega a colaborar con Mueller en la investigación de la trama rusa, podría haber intentado que testigos cometieran perjurio

MERCEDES GALLEGO CORRESPONSAL N UEVA YORK.

De los cuatro colaboradores directos de Donald Trump durante su carrera hacia la Casa Blanca imputados por el fiscal especial Robert Mueller solo uno se ha negado a colaborar. Se trata de Paul Manafort, que llegó a ser presidente de la campaña. Sobre él pesan 32 acusaciones que van desde la evasión fiscal hasta el fraude bancario. Su antiguo jefe ha dejado claro que puede exonerarle de todo, pero Manafort no se ha conformado con quedarse sentado en casa a la espera del juicio.

La Fiscalía le acusa de haber tratado de interferir con los testigos del caso y tiene como prueba los correos electrónicos y mensajes que envió a sus contactos en Ucrania mediante aplicaciones encriptadas. Para evitar que siga haciéndolo desde el arresto domiciliario que obtuvo bajo fianza, Mueller pide al juez que revierta ese voto de confianza, respaldado con más de once millones de dólares (9.3 millones de euros) en propiedades inmobiliarias, y lo encarcele hasta que se celebre el juicio. Eso podría cambiar la actitud del lobista de 69 años acostumbrado a una vida de lujos.

A través de sus cuentas pasaron en poco tiempo 75 millones de dólares (64 millones de euros), de los que al menos 18 (15,3) eran dinero negro. Durante una década había trabajado para destacados oligarcas rusos y ucranianos, cuya relación se fortaleció cuando decidió colaborar gratis para la campaña de Trump en marzo de 2016. A partir de ahí ofreció a clientes millonario como el magnate del aluminio Oleg Deripaska 'sesiones informativas privadas' sobre el curso de la campaña. Su papel es clave para la investigación de la trama rusa, aunque por ahora el fiscal especial se ha reservado las acusaciones más graves con la esperanza de obtener una confesión.

Según las nuevas acusaciones vertidas en dieciocho folios presentados el lunes ante el tribunal, desde su arresto carcelario en febrero pasado el exjefe de campaña de Trump ha contactado en varias ocasiones a uno de los testigos identificados por la prensa como Konstantin Klimnik, su socio en Ucrania durante casi una década.

Pruebas del FBI

Un agente del FBI asegura que intentó sobornarle para que cometiera «perjurio» y alentase a otros testigos a mentir a los investigadores ocultando el trabajo que habían hecho en Estados Unidos. El abogado de Paul Manafort lo niega todo, aunque el FBI dice tener los correos electrónicos que se intercambiaron.

Su encarcelamiento tendrá que ser dirimido por el juez encargado del caso en una audiencia prevista para el día 15. Varios senadores demócratas involucrados en la investigación legislativa se han mostrado partidarios de que espere el juicio en prisión. Detrás del peligro que supone la libertad del arresto domiciliario se esconde también una prueba de fuerza.

El presidente y el fiscal especial miden sus armas a diario con distintas estrategias. El primero alardea de su poder absoluto, el segundo responde en los tribunales. Acostumbrado a jugar duro, Trump maneja la idea de resistirse a declarar ante Mueller o un gran jurado, pero sus propios letrados le han advertido que de hacerlo el caso podría llegar hasta el Supremo, un tribunal imprevisible cuya decisión no se puede recurrir.

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