El ave fénix con plomo en las alas

Seguidores de George Weah, durante uno de los mítines. :: ISSOUF SANOGO / afp

Liberia celebra elecciones tras el fin del mandato de Ellen Johnson-Sirleaf, su primera presidenta y Premio Nobel de la Paz

GERARDO ELORRIAGA

El ébola se llevó la vida de 4.800 liberianos y buena parte de la credibilidad de su presidenta, Ellen Johnson Sirleaf, la primera mujer que accedió al cargo de jefe de Estado en un país africano. La gestión de la Nobel de la Paz en 2011 fue reprobada por la manifiesta incapacidad del sistema nacional de salud para hacer frente a la epidemia, combatida por la ayuda exterior. La veterana dirigente había vencido con la promesa de reconciliación y progreso y, a pesar de la decepción ante sus logros, repitió el triunfo en la siguiente convocatoria, su segunda y última según la Constitución. El próximo martes, la pequeña república del golfo de Guinea celebrará elecciones con la confianza en un inédito traspaso democrático del poder. Desgraciadamente, esta apariencia de normalidad política no se corresponde con la compleja y lastimosa realidad.

El mundo se ha olvidado de la tragedia de Liberia, asolada por dos guerras civiles que, entre 1986 y 2003, se cobraron un millón de muertos. La opinión pública ya no recuerda las fotografías de una multitud desesperada que arrojaba cadáveres a la puerta de la embajada estadounidense pidiendo la intervención militar de Washington, su hermano mayor, mientras adolescentes armados y drogados con cocaína y 'brown brown' imponían la anarquía. Tras la calma, y hasta que llegó la enfermedad letal, el territorio permanecía como otro destino más para ONG de desarrollo y y misioneros carismásticos, siempre generosos en su promesa de redención, y vehículos todoterreno.

La victoria de Johnson-Sirleaf había alentado un cambio de rumbo tanto dentro como fuera del país. Dos años después del fin de la contienda, esta reputada economista se permitía derrotar en las urnas al exfutbolista e ídolo local George Weah, que no reconoció en primera instancia los resultados, aunque hubo de admitirlos ante la presión internacional. La entrañable imagen de la dirigente, apoyada por el galardón de los académicos noruegos, parecía diluir el horror experimentado.

El recuerdo de los diamantes sanguinolentos que nutrieron el conflicto entre el ejército y milicias tribales, o el horror de matanzas y mutilaciones colectivas, únicamente volvieron a aflorar, brevemente, cuando Charles Taylor, el dirigente que condujo a Liberia al infierno, fue condenado a medio siglo de condena. Su sentencia parecía un punto y aparte, pero el drama no ha cambiado ni siquiera de renglón. Actualmente, se enjuicia en Estados Unidos a Mohammed Jabbateh, alias Jungle Jabbah. El encausado se define como un modesto emigrante africano, pero los testigos aseguran que fue otro cabecilla, un psicópata que violaba, asesinaba y practicaba canibalismo con sus víctimas.

El futuro de Liberia está aún lastrado por las heridas bélicas y las carencias, como la creación de una comisión de Justicia que dirima las abundantes responsabilidades en la tragedia. Mientras tanto, veinte candidatos de variopinto perfil pretenden acceder a la presidencia. El vicepresidente Joseph Boakai aparece como el principal favorito, pero también vuelve a aparecer Weah, convertido en eterno aspirante; Alexander B. Cummings, antiguo alto ejecutivo de Coca Cola; y la exmodelo McDella Cooper, imagen de Ralph Lauren transformada en filántropa. El primer Balón de Oro africano, que goza de gran predicamento entre la juventud descontenta, se presenta en alianza con Jewel Howard Taylor, exexposa del dictador Taylor.

La figura del senador Prince Johnson, otro de los aspirantes, sintetiza los lastres que sufre el país. Su 'look' atildado corresponde a un pastor evangélico y senador, pero cuenta con un pasado convulso. En los años noventa, cuando ejercía como caudillo de una milicia, grabó un vídeo en el que bebía una cerveza y mostraba la tortura a la que sometió al presidente Samuel Doe, capturado por sus guerrilleros, vejado y mutilado. Durante su dominio de Freeport, el principal puerto comercial, desplegó la furia depredadora propia de un psicópata.

Antiguo señor de l a guerra

El combatiente regresó al país tras la guerra para integrarse en la vida política y desde la posición de senador de Nimba, el segundo condado por número de habitantes del país, también opta a la presidencia. El antiguo señor de la guerra, hoy pastor evangélico, ha mostrado públicamente su arrepentimiento por las atrocidades cometidas, pero también ha respondido con la amenaza de retomar las armas ante cualquier intento de procesarlo por crímenes de guerra.

Además, los hechos revelan su ascendencia sobre la, quizás, no tan modélica transición liberiana. En 2003, en primera ronda, obtuvo el 11% de los votos, la gran mayoría en su circunscripción, en la que Johnson Sirleaf apenas cosechó papeletas. En la segunda vuelta, aquellos que habían apoyado al exmiliciano se volcaron con la candidata. La hipótesis de que se canjeó apoyo electoral por impunidad permanece en la atmósfera liberiana.

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