¿Votaría a Donald Trump un año después?

Donald Trump jura el cargo de presidente, mientras su esposa Melania sostiene la Biblia, en presencia del resto de la familia. :: JIM BOURG / afp/
Donald Trump jura el cargo de presidente, mientras su esposa Melania sostiene la Biblia, en presencia del resto de la familia. :: JIM BOURG / afp

La sociedad estadounidense mantiene hoy la división reflejada en las urnas en noviembre de 2016

MERCEDES GALLEGO NUEVA YORK.

Desaparecieron los rostros de zombie que hace un año caminaban silenciosos y lastimeros por las grandes ciudades estadounidenses. Dejaron de escucharse los gritos de 'Not my president!' (no es mi presidente) que agitaban manifestaciones día sí, día no y pasó hasta la esperanza de que algo le impidiese ser investido el 21 de enero.

En el año transcurrido desde que cumplió su palabra de dar en las urnas «la mayor sorpresa de la historia», los estadounidenses se han acostumbrado a llamarle 'presidente Trump' y a bajar el listón de la conducta solemne que se espera de quien ocupa la Casa Blanca.

David Smith, jefe de la delegación de 'The Guardian' en Washington ha llegado a prohibir a sus periodistas que sigan usando las expresiones 'surrealista' y 'sin precedentes', porque con Trump hace mucho que se han banalizado. La degradación de la vida política y la cultura cívica ha sido tal que «cuando creías que Trump ha tocado fondo, a la semana siguiente te das cuenta de que estás mirando a un pozo todavía más hondo», escribió el delegado del diario británico.

Los efectos de esta hipernormalización que el documentalista Adam Curtis ya grabó para la BBC antes de conocer el primer año de Trump es una sociedad que se ha acostumbrado a perderse el respeto. Envalentonados, los supremacistas blancos han salido a las calles con cadenas, barras de hierro y antorchas del Ku Klux Klan, adoptando los métodos modernos para enfrentarse a quienes defienden una sociedad más noble: en vez de colgarlos de un árbol, los arrollan con un coche. Nadie se sorprende ya de que Trump no lo condene, sólo ahonda la frustración.

Para quienes no entendieron que 63 millones de estadounidenses votaran por él hace un año, lo lógico sería pensar que a estas alturas la mayoría se habrá arrepentido, pero vuelven a equivocarse. 'Los Angeles Times' ha entrevistado a aquellos a los que el 8 de noviembre del año pasado preguntó simplemente «¿cómo te sientes?». La pregunta, un año después, vuelve a ser simple: ¿cómo te sientes ahora, volverías a votar de la misma manera? Lo complejo es la respuesta: de los 115 interogados que votaron por Trump «la inmensa mayoría dice que lo volverá a hacer si le dan la oportunidad», publicó el diario. De hecho, todos menos tres.

Algunos siguen eufóricos. «¡Me siento genial, sólo quiero salir a la calle con una bandera americana, ya no me siento obligada a ser de otra manera», decía en 2016 María Dasmontanhas Rodriguez desde Florida. «Ahora tengo todavía más claro que es el mejor presidente de nuestra época», se ratificó Rodriguez esta semana.

La web Politico se fue a uno de los condados de Pensilvania que puso a Trump sobre la línea de meta. En Johnstown, «una ciudad que nunca creyó que Trump le ayudaría, pero le sigue queriendo de todas maneras», Pam Schilling dijo el año pasado que si Trump no cumplía con sus promesas no volvería a votarle. Hoy no tiene mejor empleo, ni mejor seguro médico, ni se ha construido ningún muro en la frontera, pero cuando le volvieron a preguntar si votaría por él no lo dudó: «¡Claro que lo haría!».

Pertenece a esa base de aproximadamente el 35% del electorado que seguiría votando por Trump aunque disparase a alguien en la Quinta Avenida. De su falta de logros Schilling culpa al Congreso, de mayoría republicana y al que piensa pasarle factura en las legislativas del próximo año eligiendo a otros más afines al presidente. De su mala imagen, a la prensa. La trama rusa es, como tuitea Trump, una 'caza de brujas' perpetrada por quienes no aceptan que llegue alguien de fuera a cambiar el sistema. Si no ha hecho más, es porque no le dejan.

En las casas de Pensilvania y en el parqué de la Bolsa hay ahora más carteles de Trump que en plena campaña electoral. Ya no hay que avergonzarse de simpatizar con él, es el presidente y son los demás los que tienen que aguantarse.

Juli Briskman pedaleaba por una carretera de Virginia cuando le pasó por delante la caravana presidencial con la limusina del presidente y le sacó el dedo. «Pensé en todos los puertorriqueños que siguen sin luz, en quienes se han quedado sin seguro médico, y él de camino a su maldito campo de golf, así que me ardió la sangre», confesó. Para su desgracia, un fotógrafo capturó el gesto y la foto se hizo viral en las redes. Tan pronto como entró en la oficina la llamó su jefe y la despidió. En el país donde el sacrosanto derecho a la libertad de expresión permite al Ku Klux Klan manifestarse por las calles, la flexibilidad laboral también permite a las empresas despedir con cualquier pretexto. «Lo volvería a hacer», dijo ella desafiante a la revista 'Rolling Stone'.

EE UU sigue siendo el país salomónicamente dividido que dejaron las elecciones del 8 de noviembre. Trump no lo ha hecho 'grande de nuevo', sólo más mezquino y frustrado consigo mismo.

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