Trump evita ofender a los supremacistas

Supremacistas blancos se reúnen en la estatua de Robert E. Lee en Charlottesville, Virginia. :: joshua roberts / reuters/
Supremacistas blancos se reúnen en la estatua de Robert E. Lee en Charlottesville, Virginia. :: joshua roberts / reuters

Duras críticas al presidente por no calificar como terrorista el atropello intencionado de Charlottesville

MERCEDES GALLEGO NUEVA YORK.

Heather Heyer, de 32 años y James Alex Fields Jr, de 20, empezaron el sábado en el mismo parque de la Emancipación de Charlottesville (Virginia, EE UU) donde la ultraderecha proclamaba su unidad, pero acabaron el día en lugares muy distintos. Heather, en la morgue. James, en la cárcel. Sus vidas se cruzaron en la calle 4 con Water, cuando el joven supremacista de Toledo (Ohio) embistió violentamente a los contramanifestantes de izquierda con su Dodge Challenger plateado. Una veintena de cuerpos volaron por los aires, las zapatillas quedaron desparramadas por el asfalto. Uno de esos cuerpos, el de Heather, no volvió a levantarse jamás.

«Si no estás indignado es que no estás poniendo atención», fue lo último que escribió en su muro de Facebook. Ayer tocaba escribir su epitafio, que en la Casa Blanca de New Jersey había empezado con eufemismos y ambigüedades. Donald Trump, que se hizo un sitio en la política con la promesa de hablar claro y llamar a las cosas por su nombre, evitó hablar de los supremacistas blancos que habían desatado los incidentes y prefirió condenar «a las muchas partes» involucradas.

Había, como en todas las manifestaciones, elementos provocadores de todos los bandos, pero mientras los racistas llegaron vestidos en uniformes de pelea, enseñando armas y portando pancartas de Adolf Hitler y otros símbolos neonazis, los contra manifestantes proclamaban que el amor vencería al odio. «Estaba mentalmente preparada para que la policía nos lanzara gases lacrimógenos y también me asustaba que alguno de estos supremacistas sacara un cuchillo o una pistola, pero nunca me imaginé esto», escribió Kristin Adolfson a la revista 'New Yorker'.

Respondían a la provocación que los racistas habían llevado la noche antes hasta el campus de la Universidad de Virginia, donde el decano Larry Sabato dijo haber vivido los momentos más terroríficos de su carrera. «No sé cuánto tiempo nos va a costar superar esto». Envalentonados por la llegada de Trump al poder, los racistas buscaban la unidad en la violencia que desataron con éxito. La noche antes llegaron al campus por centenares, «más que en nuestra ceremonia de graduación», añadió Sabato. Llevaban antorchas que iluminaban siniestramente sus rostros agitados. Los gritos de «¡las vidas de los blancos son las que importan!» y «¡no nos reemplazaréis por inmigrantes o refugiados» pronto se transformaron en «¡los judíos no nos reemplazarán!». Luego la emprendieron a golpes con los pocos estudiantes que quedaban a esas horas, concentrados en torno a una pancarta que preparaban para el día siguiente con el eslogan de 'Los estudiantes de la Universidad de Virginia contra el supremacismo blanco'.

Muchos picaron el anzuelo. Sintieron que era necesario hacer acto de presencia en la contramanifestación para demostrar que los partidarios de la paz y la solidaridad superaban en número a los que intentan recuperar el pasado racista del Sur estadounidense. El festín neonazi puso a la ciudad en estado de sitio pero fue James Alex Fields Jr. el que puso la guinda al copiar una página de los atentados de Niza, Londres y Berlín.

«Nosotros te pusimos ahí»

A su madre se le abrieron los ojos de par en par cuando varios periodistas se lo contaron. «Le estoy cuidando el gato», balbuceaba la mujer. «Me dijo que iba a una manifestación de ¿Alt Right?», intentó recordar sin saber muy de lo que hablaba. «No sabía que eso fuera de supremacistas», intentaba digerir. «¿No es eso de algo relacionado con Trump? Trump no es supremacista, ¿no?».

La delgada línea que ha intentado mantener el presidente en su tibia condena enfureció a todas las partes. Legisladores de su propio partido le conminaron a dejar claro «a estos racistas que se creen sus amigos» que no lo es, pidió el senador Lindsey Graham. Marco Rubio demandó que los llamara por su nombre, pero cuando ayer salió el comunicado de la Casa Blanca corrigiendo sus palabras, no venía firmado.

Con todo, David Duke, el fundador de los Caballeros del Ku Klux Klan de Louisiana, que le apoyó públicamente durante la campaña, recordó airadamente al presidente en Twitter: «Nosotros te hemos puesto ahí». A la foto de su hija Ivanka con su marido Jared Kushner le agregó la bandera de Israel y la pregunta: «¿Quién está influyendo las políticas de la Casa Blanca?». Ivanka, convertida al judaísmo con el nieto de supervivientes del holocausto nazi, no dejó lugar a dudas en su tuit de ayer: «No debe haber lugar en la sociedad para el supremacismo blanco y neonazi».

Faltó la palabra 'terrorismo', que no salió en ningún comunicado del Gobierno, pese a que en entrevista de televisión el general HC McMaster, consejero de Seguridad Nacional, reconoció que «indudablemente cualifica como tal». Su presunto autor se enfrenta hoy a un cargo de asesinato en segundo grado durante su primera vista con la Justicia. Los padres de Heather, una asistente legal que ayudaba a gente en bancarrota, preparan su funeral. «Tenía un gran corazón para ayudar a la gente», decían ayer sus amigos. «Tenía un amigo negro», recordaba de su hijo la madre del asesino.

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