El racismo presidencial horroriza al mundo

M. GALLEGO NUEVA YORK.

Es oficial. Donald Trump es un racista. Lo dice desde la Oficina de Derechos Humanos de la ONU hasta la Unión Africana, pasando por los gobiernos de varios países, congresistas, editoriales de periódicos y, por supuesto, la voz de la calle, donde hace mucho que se sabía. «Señor presidente, ¿es usted racista?», le preguntaban ayer los periodistas en el Despacho Oval. Ocurría minutos después de que firmase la proclamación del Día de Martin Luther King, que se celebra el lunes.

Numerosos medios contaron alarmados que el presidente se había referido a los inmigrantes de países africanos y latinoamericanos con un lenguaje despectivo. «¿Por qué aceptamos a toda esa gente de países de mierda? -se preguntaba- y no se aceptan más ciudadanos de Noruega y otra «gente que pueda elevar nuestro país al siguiente nivel», añadió ayer por Twitter. Después de consultar anoche por teléfono con sus aliados cómo caerían esas declaraciones que había hecho en privado, amaneció dispuesto a negarlo todo y culpar a los demócratas de ello. «Probablemente debería empezar a grabar nuestras reuniones, ¡desafortunadamente no son de fiar!», apuntó. Ciertamente la mayoría de los republicanos presentes prefirió no acordarse de esos comentarios.

Sólo el demócrata Dick Durbin dijo: «No he leído ningún comentario en la prensa sobre esa reunión que no sea cierto».

Pero no hay que engañarse. Su base celebraba ayer sus comentarios racistas. «Si no vienen de países de mierda, estos inmigrantes deben estar entusiasmados con volver a donde salieron, ¿no?», se preguntaba el actor James Woods, que ha advertido a Trump por Twitter que «si te pliegas con la inmigración serás presidente de un solo mandato».

Después de todo, el racismo de un presidente que abrió su campaña acusando a los hispanos de ser «traficantes y violadores» y a los musulmanes de «terroristas» no era ningún secreto para nadie.

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