El mejor revulsivo para Europa

ADOLFO LORENTE

bruselas. Es lo que tienen los aniversarios de acontecimientos que marcan un antes y un después. La reacción siempre es la misma. ¿Un año ya? ¡Un año! Pues sí, ya ha pasado un año desde que Donald Trump llegó a la vida de una Unión Europea por aquel entonces triste y desorientada tras sufrir el zarpazo del 'Brexit' y acosada por los populismos en países clave como Austria, Países Bajos o Francia. La pérdida de Barack Obama, el fan número uno del proyecto europeo, sólo podía paliarse en parte con Hillary Clinton. Pero no. La UE había perdido definitivamente el duende que comenzó a abandonarla durante el referéndum británico meses atrás. Aquella triste mañana de noviembre de 2016, el cielo gris de Bruselas se ennegreció un poquito más. Llovía. Mucho.

¿Qué se podía esperar de un multimillonario que se iba a convertir en el nuevo líder del mundo occidental y cuyo enlace en Europa era el eurófobo Nigel Farage? De hecho, fue al primer político europeo que recibió en su torre neoyorquina entre risotadas que nada tienen que ver con la diplomacia internacional. «La única cosa que preguntan desde Washington es qué país será el próximo en salir tras Reino Unido», lamentaba el exembajador de EE UU ante la UE, Anthony Gardner.

«Fueron meses durísimos de desconcierto en los que parecía que todo se había vuelto en nuestra contra», confiesan fuentes diplomáticas. Lo que nadie se imaginaba por aquellas fechas es que los Veintisiete (sin Reino Unido) lograrían convertir un gravísimo problema en una excelente oportunidad para reinventarse, reafirmarse y recuperar un orgullo que quizá se estaba perdiendo. El sol, hoy, ha vuelto a brillar gracias, paradójicamente, a los 'enemigos' de Europa: al 'brexit' y a Donald Trump.

Hubo un punto de inflexión. Ocurrió en La Valeta, el 3 de febrero. Allí, en Malta, los jefes de Estado y de Gobierno de los 27 acordaron dar un puñetazo encima de la mesa para cambiar una dinámica del 'y tú más' que no llevaba a ninguna parte. No hay que olvidar que el presidente del Consejo, Donald Tusk, convocó a los líderes a esa cumbre escribiendo una carta incendiaria en la que tachaba a Estados Unidos de «amenaza internacional» para la UE situándolos en el mismo pack de Rusia o China.

«No podíamos mantener esa tensión, no al menos por nuestra parte. Se trata de estar unidos y actuar con firmeza; de hablar de nosotros, de lo que queremos hacer y ser, no hablar de los demás», explican fuentes presentes en la 'cocina' de la cumbre. Dicho y hecho, así fue. Eso no impidió que Trump siguiese haciendo de las suyas y el presidente de la Comisión, Jean-Claude Juncker, respondiéndole con su habitual sarcasmo. «El presidente se mostró contento con el 'brexit' y animó a otros países a que hicieran lo mismo. Si sigue así, yo voy a apoyar la independencia de Ohio y de Austin, Texas», recalcó en la cumbre del PP europeo celebrada en Malta a principios de marzo.

Comercio y Acuerdo de París

La relación, ahora, es radicalmente diferente. Quizá no es excepcional, sí, pero es muchísimo más distendida e incluso cordial. El deshielo se produjo a finales de mayo en Bruselas, durante la primera cumbre UE-EE UU, que también coincidió con otra en la OTAN, donde Trump arremetió con dureza contra sus aliados europeos por no gastar en defensa todo lo que a su juicio deberían. Todos esperaban esta salida de tono pero ya lo asumen como algo natural.

La consigna es clara: «hablar de nosotros, de la UE, y vendernos al mundo como el socio más fiable». Así está ocurriendo en el capítulo comercial, donde los 28 han decidido poner toda la carne en el asador para arrinconar a Trump a base de diplomacia con históricos acuerdos con Canadá y Japón. La lista es larga y quieren impulsar con la mayor celeridad posible acuerdos con Mercosur o Australia. «Se trata de llenar el vacío que Washington y su proteccionismo están creando. Es una gran oportunidad», aseguran fuentes comunitarias.

El último varapalo de Trump fue anunciar la salida de Estados Unidos de los Acuerdos climáticos de París, un hito de mucho peso político para la UE. Pero a diferencia de épocas pasadas, Bruselas no recurrió al derrotismo y anunció que seguirán adelante con o sin EE UU. Este es el gran legado de Donald Trump: despertar a la Unión Europea y hacerla más fuerte cuando en realidad pretendía lo contrario. ¿Qué país será el siguiente en irse? Ninguno.

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