Los generales se hacen fuertes en la Casa Blanca

El 'jefe'. El general Kelly coordina el Ejecutivo como jefe de Gabinete, al que llegó para 'poner orden en el caos'. :: Kevin Lamarque/ reuters
El 'jefe'. El general Kelly coordina el Ejecutivo como jefe de Gabinete, al que llegó para 'poner orden en el caos'. :: Kevin Lamarque/ reuters

El triunvirato Kelly, MacMaster y Mattis forma un grupo homogéneo de poder que ejerce gran influencia sobre el presidente

CAROLINE CONEJERO NUEVA YORK.

El ascenso de los militares de alto rango en la vida política norteamericana se ha convertido en una marca de la administración Trump y su influencia en las decisiones políticas clave del momento no ha pasado desapercibida a nadie.

Los militares han consolidado su poder en el Ejecutivo y en otros centros de poder de la administración con victorias claras como convencer al presidente para relanzar la campaña de Afganistán; purgar la Casa Blanca de elementos de extrema derecha como Steven Bannon, o crear obstáculos en la implementación de algunas de sus controvertidas medidas.

La creciente influencia de los militares, que en algunos momentos han llegado incluso a contradecir públicamente al presidente, se percibe como benigna y como una forma de control en una administración marcada por el caos y la falta de disciplina.

El trío de militares de alto rango de la Casa Blanca -el jefe de Gabinete, John Kelly, el consejero de Seguridad Nacional, H. R. McMaster, y el secretario de Defensa, Jim Mattis-, no sólo ocupan los puestos más importantes del Ejecutivo, sino que a la vez conforman un homogéneo grupo de poder que ejerce máxima influencia sobre el presidente.

Los tres, unidos por un sentido de lealtad castrense y una curtida experiencia militar, que incluye las guerras del Golfo y Afganistán y la ocupación de Irak, han sabido ganarse la confianza del presidente y coordinarse efectivamente para lograr su prevalencia en las luchas internas de poder.

John Kelly, responsable de imponer disciplina y control en la Casa Blanca, acaba de instaurar un sistema de filtro sobre la información que llega al presidente Trump. Bajo el nuevo sistema, Kelly aprobará y revisará todo lo que el presidente recibe, desde notas internas, comunicaciones externas, informes de seguridad, iniciativas políticas hasta artículos de prensa.

El presidente, más aislado

De esta forma Kelly tratará de ejercer cierto control sobre la forma y el orden de los contenidos que llegan al despacho del presidente, para tratar de evitar en lo posible que Trump, como ha ocurrido en el pasado, hable públicamente por su cuenta de iniciativas políticas aún sin desarrollar por los distintos departamentos encargados de su administración. Al mismo tiempo, Kelly tendrá el poder de limitar la información que llega al Despacho Oval y, con ello, el poder potencial de arrinconar aún más a un ya muy aislado presidente.

Además, para ayudar a McMaster en la reunión en Camp David y convencer al presidente de la nueva campaña en Afganistán, Kelly preparó a fondo a un grupo de ejecutivos de gobierno con respuestas asertivas a las posibles objeciones del presidente al citado plan.

McMaster, que logró la expulsión de Steve Bannon -quien diseñó la estrategia del candidato Trump- del Consejo de Seguridad Nacional y consiguió aislarlo hasta finalmente lograr su cese total de la Casa Blanca, logró convencer al presidente de renovar la campaña de Afganistán gracias a su alianza con el vicepresidente, Mike Pence, sobre quien ejerce también máxima influencia.

En cuanto a Jim Mattis, su papel en la administración va más allá de la secretaría de Defensa e incluye guiar al presidente para evitar que tome malas decisiones.

El trío Kelly, McMaster y Mattis en la Casa Blanca no son los únicos militares de alto rango en puestos prominentes de la administración Trump. Entre ellos destaca el nuevo director de la CIA, Mike Pompeo, la agencia de inteligencia que en los últimos tiempos ha desarrollado operaciones paramilitares en misiones especiales. Otros como el fiscal general, Jeff Sessions, el secretario de Energía, Dick Perry, y el de Interior, Ryan Zinke, han ocupado puestos en varios departamentos del ejército. Y el ex general Mark Inch, que podría muy pronto dirigir la dirección de Prisiones.

También cabe mencionar el caído en desgracia general Flynn, que tuvo que renunciar como consejero nacional de Seguridad a principios de año por sus relaciones con Rusia y presuntos pagos de Turquía.

La admiración personal de Trump hacia lo castrense se remonta a sus años en la Escuela Militar de Nueva York, donde se forjó una imagen de los generales como figuras representativas de un grandioso pasado nacional.

Paradójicamente, la fantasía del presidente de tener a sus órdenes -en su condición de comandante en jefe de las fuerzas armadas- a los generales, parece no cumplirse en la realidad. Los papeles parecen haberse invertido y cabe preguntarse quién controla realmente a quién.

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