El amable conductor de Uber

Imágenes de Sayfulló Saípov, el autor del atentado. :: efe/
Imágenes de Sayfulló Saípov, el autor del atentado. :: efe

Saípov había llegado a Estados Unidos con 22 años con muchas ganas de aprender inglés y trabajó antes de camionero y taxista

M. GALLEGO NUEVA YORK.

Ayer ninguna bicicleta subía desde el Bajo Manhattan hacia los puentes del Hudson. La Policía no lo permitía y el clima no lo propiciaba. Las circunstancias, menos. La resplandeciente luz de otoño bajo la que un uzbeko de 29 años arrolló el martes a peatones y ciclistas dio paso a un día frío y lúgubre en el que sólo algunos curiosos y perros con cadena olfateaban su rastro por el carril invadido. Apenas dos humildes ramos de flores junto a las vallas policiales de la calle Clarkson recordaban el punto en el que Sayfulló Saípov cambió la autopista del Oeste por el santuario de los ciclistas, separado del tráfico por aceras y frondosos camellones.

Las mil millas de carril bici que tiene Nueva York son el secreto mejor guardado de quienes creen que la ciudad de los rascacielos es sólo asfalto y taxis amarillos. La joya de la corona es ese circuito de 32 millas que da la vuelta a la isla de Manhattan, con las mejores vistas de la Estatua de la Libertad y la isla de Ellis a la que llegaban los barcos de emigrantes. El empresario argentino Ariel Erlij lo conocía bien y quiso compartir con sus amigos del instituto una experiencia de endorfinas y vista de pájaros.

No se conocían, pero Saípov vivía tierra adentro del otro lado del río, junto a su esposa y tres hijos con los que jugaba a menudo. Los vecinos le tenían por un tipo amble de trato fácil, que incluso mediaba entre ellos cuando había problemas, recordaba Carlos Batista. El día en que sus vidas se cruzaron fatídicamente pasó el puente de George Washington a las 14:06 horas, casi una hora después de hacerse en Nueva Jersey con la camioneta ranchera que arrollaría al grupo de argentinos. 'Alquílame desde 19 dólares', decía el último cartel que leyeron. Sobre el flamante paseo, otro cartel que no interesaba a Saípov: «Disminuye la velocidad, hay peatones».

El tráfico era denso, pero cuando una hora después llegó al Bajo Manhattan e invadió el paraíso de los ciclistas sólo necesitó cuatro minutos para recorrer el kilómetro y pico que dejó regado de cadáveres con marcas de neumáticos y amasijos de hierros.

Había llegado a EE UU con 22 años y muchas ganas de aprender inglés para encontrar un buen trabajo que no pasó de camionero o taxista. «No parecía un terrorista», contó a la Policía Kobiljon Matkarov, uno de sus vecinos uzbekos en Fort Meyer (Florida), la primera ciudad americana en la que vivió. «Era un tipo afortunado, siempre feliz, como si todo le fuera bien en la vida». La Policía nunca le vigiló. Apenas apareció en su radar en una ocasión por asistir a una boda en la que había otros individuos sospechosos de apoyar al Estado Islámico. Cinco uzbekos y otro hombre de Kazajistán fueron detenidos en esa operación.

Pasó por Stow, Ohio, donde encontró esposa, y fue detenido brevemente en Platte (Misuri) por una falta de tráfico que no le impidió empezar a trabajar, hace seis meses, para Uber en Paterson (Nueva Jersey), donde vivía. Desde el otro lado del río, el paseo Manhattan que acabaría desacrando se convirtió en una obsesión. El conductor educado se cruzó con la algarabía de argentinos en el momento en el que ya no le importaba nadie y de no ser porque el disparo de la Policía le entró por la cadera ni él podría ya explicar su transformación.

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