Un conflicto sin salida a corto plazo

La guerra civil en la que derivaron las protestas prodemocracia de 2011 ha causado ya más de 350.000 muertos y mantiene varios frentes abiertos

MIKEL AYESTARAN JERUSALÉN.

No es la primera vez que Estados Unidos ataca Siria. Ya lo hizo hace un año y unos días, después de una denuncia de masacre con armas químicas en Jan Sheijún, en la provincia de Idlib, y entonces el lanzamiento de 59 misiles contra la base desde la que, según la Inteligencia estadounidense, partió el avión que habría lanzado un misil cargado con sustancias prohibidas no afectó a la marcha de la guerra. Esta nueva intervención militar encabezada por Donald Trump, a la que EE UU consiguió sumar a dos socios europeos, tampoco parece que vaya a provocar cambios significativos en un conflicto en el que quedan varios frentes abiertos y no se atisban soluciones a corto plazo.

Victoria militar de El-Asad

Desde la entrada en escena de Rusia el 30 septiembre de 2015, el Ejército sirio y sus fuerzas aliadas ganan terreno y suman victorias decisivas como las de Palmira, Alepo, Deir Ezor o la más reciente y relevante de Guta. El Gobierno recupera territorio que llevaba años en manos opositoras y trata de hacer llegar a estas zonas ganadas los servicios mínimos que permitan la vuelta de los civiles. Pero el daño causado por la artillería y la aviación es tan grande en algunas partes que ese regreso tendrá que esperar.

Después de años buscando un grupo opositor al que apoyar para derrocar a Bahsar el-Asad, desde los países occidentales no se ha encontrado una opción válida. Y el sesgo islamista que se ha apoderado progresivamente de la oposición hace que la no continuidad del presidente se haya convertido en un tema que se deja fuera de la mesa de debate a corto plazo.

No a una Siria 'libanizada'

Aunque no dispone de fuerzas militares sobre el terreno, Israel sigue muy de cerca la evolución de la guerra en la vecina Siria porque convive con las amenazas de la milicia chií Hezbolá (Partido de Dios) y de Irán. El Estado hebreo no ha dudado en golpear a los combatientes libaneses e incluso a los iraníes, que el lunes perdieron a siete miembros de la Fuerza Quds en un ataque a una base militar siria del que Rusia no dudó en responsabilizar a Tel Aviv.

El gran aliado regional de Estados Unidos ha recurrido al apadrinamiento de grupos armados a lo largo de su convulsa frontera, algunos de carácter islamista, según la prensa local, para establecer una especie de zona de seguridad ante el temor del avance iraní hasta la zona del Golán, arrebatada a Siria. Una estrategia similar a la empleada durante la Guerra de Líbano en los años ochenta. El temor israelí, según alegan sus dirigentes, es que Siria se convierta en un nuevo Líbano con presencia militar o paramilitar permanente de Irán.

El país dividido

Pese a la victoria militar del Ejército de Bashar el-Asad y sus fuerzas aliadas, parece complicado que Siria vuelva a recuperar la estructura que tenía hasta 2011, cuando las primeras protestas el favor de una apertura democrática, al calor de la 'primavera árabe', dieron paso a una guerra civil abierta que ya ha causado más de 350.000 muertos y millones de refugiados y desplazados internos. El país está partido en función a las zonas de influencia de las potencias extranjeras con intereses sobre el terreno y en el norte, por ejemplo, Turquía se ha hecho con el cantón kurdo de Afrín y varios territorios al este del Éufrates con la excusa de alejar la amenaza de las Unidades de Protección Popular (YPG), el brazo sirio del Partido de los Trabajadores del Kurdistán (PKK). A diferencia de los que viven en suelo de Irak, los kurdos de Siria no piden la independencia e insisten en que quieren permanecer dentro de este país.

Estados Unidos, que cuenta con unos 2.000 efectivos sobre el terreno que Trump ya ha avanzado que pretende repatriar, apoya precisamente a estos kurdos, presentes en el noreste del país y al frente de dos de los tres cantones que conforman Rojava (nombre del Kurdistán sirio). La provincia de Idlib sigue en manos del Frente al-Nusra, brazo de Al-Qaida en Siria, y al sur, en Deraa, los grupos de la oposición armada apadrinados por Jordania y con financiación y armamento de las monarquías del Golfo -sobre todo Arabia Saudí y Catar- también se resisten a regresar bajo el control de Damasco.

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