La ciudad de la convivencia imposible

La idea de trasladar la capital de Israel a Jerusalén aviva el conflicto entre judíos, musulmanes y cristianos

MIKEL AYESTARAN JERUSALÉN.

«¡Pasa rápido, rápido!», susurra Mahmoud Muna desde el interior de la Educational Bookshop mientras sube la persiana eléctrica. La librería está cerrada al público, como la mayoría de comercios de la parte oriental de Jerusalén, los barrios árabes que Israel ocupó en la guerra de 1967 y se anexionó en 1980. Esta parte de una ciudad santa para cristianos, musulmanes y judíos respondió con una huelga general a la decisión de Donald Trump de reconocer a Jerusalén como «capital de Israel», una medida que provocó mayores movilizaciones en Estambul, Ammán o Kabul, que en la zona Este de Jerusalén.

«Una huelga general de tantos días es un autocastigo porque no afecta para nada al lado judío. Solo hemos parado aquí. Después de tantos años de promesas incumplidas he llegado a la conclusión de que no hay solución a este conflicto y tenemos que mentalizarnos que entramos en un escenario en el que Israel puede implementar sin problemas el apartheid con el visto bueno de Estados Unidos y el resto del mundo», lamenta el dueño de este gran centro de referencia para libros sobre el conflicto desde los ochenta. Para Muna, «nuestra mejor resistencia frente a la ocupación es nuestra existencia».

La decisión de Donald Trump fue una decepción en esta parte de la ciudad. Jerusalén tiene casi un millón de habitantes y en la zona oriental hay más de 370.000 árabes. En últimos cincuenta años de ocupación, Israel ha favorecido el establecimiento de asentamientos judíos y en torno a 200.000 colonos viven ahora allí. Aunque las autoridades israelíes reivindican «una capital eterna e indivisible», frase que no empleó el presidente estadounidense en su comparecencia, por lo que recibió las críticas de los sectores ultranacionalistas judíos. Solo hay que dar un paseo para darse cuenta de los muros de cristal que separan al Jerusalén judío, donde los ultraortodoxos tienen sus propias comunidades bien diferenciadas, y el árabe, donde conviven musulmanes y cristianos.

«Son tres partes socialmente muy separadas, tres sensibilidades distintas entre las que hay poca interacción», opina Yildar Palmor, exportavoz del Ministerio de Exteriores de Israel y actualmente en la Agencia Judía, organización que se encarga de facilitar la emigración a Israel de los judíos de todo el mundo. Palmor piensa que «las palabras de Trump fueron moderadas y no van a tener un impacto en el día a día de la vida de la ciudad. Formalmente no cambia nada e incluso no cierra las puertas a que en el futuro, después de una negociación, Jerusalén Oriental sea capital de un Estado palestino. Pese a ello, movimientos extremistas como Hamás van a aprovechar la circunstancia para generar incidentes».

Un símbolo

El rabino conservador, Uri Ayalon, lleva 40 años viviendo en la ciudad santa. No tiene dudas de que «Jerusalén es la capital de Israel» y espera que «el círculo de violencia que va a generar esta declaración sea lo más corto posible». Ayalon piensa que «por encima de una ciudad, Jerusalén es un símbolo para israelíes y palestinos, pero los que viven fuera solo ven el símbolo y no se preocupan de los que vivimos el día a día, para quienes la convivencia es fundamental». Ese día a día es el de una ciudad con unos precios de vivienda prohibitivos y unos servicios municipales discretos o nulos en la zona oriental. «Queremos vivir porque todos estamos cansados de violencia, los palestinos son la mano de obra que mueve la parte occidental de Jerusalén, la interacción es diaria. Jerusalén es mucho más grande que todos y ha sobrevivido a todos los políticos y militares», apunta este rabino, que llegó a Tierra Santa desde Buenos Aires cuando tenía siete años.

Desde el punto de vista religioso, Ayalon considera que las autoridades respetan a cristianos y musulmanes y subraya que «la decisión de Donald Trump es política, no religiosa y, gracias a Dios, aún quedan políticos israelíes que entienden que esta ciudad es para las tres religiones, aunque cada vez el sector ultranacionalista tiene más presencia en los órganos de decisión». Entre esta tendencia al alza en Israel se encuentra Arieh King, concejal en el Ayuntamiento de Jerusalén y responsable de una organización de colonos. «El problema de fondo es puramente religioso porque los musulmanes no nos aceptan, como no aceptan tampoco a los cristianos, ni a nadie que no sea musulmán. La única solución pasa por derribar la Cúpula Dorada cuanto antes y levantar el Tercer Templo. Cuanto antes lo hagamos mejor. Solo así podrá llegar la paz a Oriente Próximo y al mundo», afirma.

El papa Francisco se opuso a la decisión de Trump y advirtió sobre las consecuencias que puede tener porque «Jerusalén es una ciudad única, sagrada para los judíos, cristianos y musulmanes». Las palabras de la Santa Sede son las primeras que recuerda el padre Artemio Vítores cuando se le pregunta por la nueva situación que vive la ciudad a la que llegó hace 47 años. Este franciscano palentino ha vivido varias guerras e intifadas y se remonta a la guerra de 1948 cuando «palestinos e israelíes propusieron un alcalde franciscano para Jerusalén como solución para poner fin a los problemas entre ellos». El padre Artemio critica que «tanto musulmanes como judíos consideran esta ciudad como una especie de amante y solo la quieren para ellos. Durante siglos fue propiedad de los primeros y ahora los segundos quieren seguir sus pasos».

No se mete en temas políticos, pero lamenta que en Jerusalén «no hay convivencia porque ninguna de sus escuelas, a diferencia de las nuestras, educa en la tolerancia. Si no hay un principio de igualdad, de reconocer que todos somos iguales ante Dios, es difícil la convivencia».

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