Francisco se interna en el laberinto birmano

Niños vestidos con trajes locales reciben al Papa en el aeropuerto internacional de Rangún, la mayor ciudad de Myanmar. :: Max Rossi / reuters/
Niños vestidos con trajes locales reciben al Papa en el aeropuerto internacional de Rangún, la mayor ciudad de Myanmar. :: Max Rossi / reuters

Una inesperada reunión con la cúpula del Ejército abre la agenda del Papa en la primera etapa de su gira asiática

DARÍO MENOR

rangún. Los militares de Myanmar, antigua Birmania, tuvieron en sus manos durante más de cuarenta años las riendas del país y no parecen dispuestos a dejar que la transición política iniciada en 2011 les condene al ostracismo. Lo demostraron ayer al ser los primeros en reunirse con el papa Francisco después de su llegada a Rangún en un encuentro que no estaba previsto. La cita estuvo encabezada por el poderoso general Min Aung Hlaing, jefe de las Fuerzas Armadas y considerado el responsable de la estrategia de terror para provocar la huida masiva de los rohinyá.

La persecución desde hace tres meses de esta minoría musulmana, que ha provocado que casi 640.000 personas se refugien en el vecino Bangladesh, constituye el punto caliente del viaje. Los desplazados denuncian haber sufrido por parte de los militares birmanos asesinatos, violaciones, torturas, quema de viviendas y toda clase de privaciones, mientras que la ONU habla de «limpieza étnica de libro».

En los 15 minutos de reunión del Papa con el general Aung Hlaing, que estuvo acompañado por otros cuatro altos mandos del Ejército, se habló de «la gran responsabilidad de las autoridades del país en este momento de transición», según informó en un escueto y diplomático comunicado el portavoz vaticano, Greg Burke. Aung Hlaing explicó en un mensaje en las redes sociales que le dijo al Papa que «todas las religiones son de paz» y que «no existe ninguna discriminación entre los grupos étnicos del país».

Un discurso esperado

Fuentes de la Iglesia birmana apuntaron que con este inesperado encuentro, los militares trataron de conocer en privado la posición de Jorge Mario Bergoglio antes del discurso a las autoridades que tiene previsto pronunciar tras reunirse hoy en Naipyidó con la líder política y protagonista de la transición, Aung San Suu Kyi, galardonada con el premio Nobel de la Paz en 1991. También se verá en la nueva capital de Myanmar con el presidente Htin Kyaw.

Hay una gran expectación por escuchar si el Papa afronta la persecución de los rohinyá y los llama por ese nombre, ya que para la mayoría del país se trata de un término polémico. De hecho, ni siquiera reconocen como compatriotas a los miembros de esta minoría pues los consideran inmigrantes de Bangladesh. El episcopado local ha pedido al Pontífice que no utilice el término para no soliviantar a las autoridades ni a los extremistas budistas por el miedo a las represalias. «Estamos muy preocupados por lo que pueda decir», reconoce un sacerdote que pide no ser identificado. «Los católicos debemos preocuparnos por los más débiles, pero si el Santo Padre apoya abiertamente a los rohinyá, los radicales pueden hacérselo pagar a las familias de nuestra comunidad. Nosotros también somos una pequeña minoría».

Sin querer hablar mucho de la mayor crisis de desplazados en Asia de las últimas décadas, pues «todos sufrimos la represión», los católicos birmanos celebraron la llegada del Papa con enorme alegría. Tanto en el aeropuerto como en las calles de Rangún podía verse a grupos de fieles vestidos con camisetas con la imagen de Bergoglio y enarbolando banderas nacionales y vaticanas. «Que Francisco visite nuestro país es para nosotros como si fuera el mismo Jesús el que viene a vernos», contaba Rusda, una mujer de mediana edad que acudió a recibir al Pontífice al aeropuerto junto a su familia.

Los fieles a Roma en Myanmar no llegan a 660.000, lo que supone el 1,27% de los más de 52 millones de habitantes del país. El alegrón que se llevan con la estancia del Papa en su tierra durante tres días se ha visto propiciado en parte por el revés que sufrió el Pontífice a finales de la pasada primavera. El Vaticano preparaba entonces la visita al sureste asiático con dos países como destino: India y Bangladesh. Había ilusión en Roma por ver a Jorge Mario Bergoglio en el gigante indio, potencia regional e internacional y donde viven 19 millones de católicos. Aquellos planes comenzaron a resquebrajarse cuando quedó claro que la emoción no era correspondida por el primer ministro Narendra Modi. El líder del partido nacionalista hinduista Baratya Janata empezó a dar largas alegando que tenía problemas de agenda para recibir al Pontífice por las visitas de otros jefes de Estado. La Santa Sede captó el mensaje y rápidamente se puso a buscar otro destino asiático que añadir a la etapa en Bangladesh, que no se tocaba. La mejor opción era Birmania, país con el que el Vaticano acababa de establecer relaciones diplomáticas y cuya líder política de facto, Aung San Suu Kyi, fue recibida en mayo por el Papa en el Palacio Apostólico.

Para 'la Señora', como la llaman sus compatriotas, conseguir la visita del mayor líder espiritual contemporáneo suponía un respaldo al proceso de consolidación democrática. El pasado 25 de agosto su objetivo comenzó a empañarse cuando el Ejército desató la represión contra los rohinyá, una operación que los católicos locales consideran orquestada para tratar de deslegitimar a Suu Kyi y hacer descarrillar la transición.

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