China y El Vaticano derrumban su última muralla

El Papa Francisco, durante una misa en el Vaticano. :: afp/
El Papa Francisco, durante una misa en el Vaticano. :: afp

El restablecimiento de relaciones diplomáticas pasa por la aceptación de los siete obispos designados por Pekín sin el plácet de la Iglesia

DARÍO MENOR ROMA.

«El Estado comunista no es la solución ni el origen de todos los problemas» de la Iglesia católica en China. Esta advertencia puede encontrarse en 'La Civiltà Cattolica', la revista de los jesuitas cuyos textos son revisados por la Secretaría de Estado del Vaticano. Sus artículos profundizan mucho más que los escuetos comunicados de la sala de prensa de la Santa Sede y dejan entrever cuáles son las prioridades del Pontificado. En su último número, la centenaria publicación dedica un amplio análisis a la situación de la comunidad cristiana del gigante asiático en el que se pide «abrir las ventanas» y considerar que la diversidad de los creyentes chinos no supone una «amenaza para la identidad y la unidad católica».

El texto de 'La Civiltà Cattolica' es todo un aviso a navegantes, pues el Vaticano y el Gobierno de Pekín parecen estar cerca de llegar a un acuerdo sobre la ordenación de obispos, el principal escollo que impide el restablecimiento de relaciones diplomáticas entre ambos países, rotas en 1951 por Mao Zedong.

El entendimiento entre Jorge Mario Bergoglio y Xi Jinping supondría la aceptación por el primero de los siete obispos designados por las autoridades estatales sin contar con el consentimiento vaticano.

En China existen hoy dos comunidades cristianas: una clandestina, que se mantiene fiel a Roma, y otra reconocida por las autoridades estatales, la llamada Asociación Patriótica Católica China, a la que pertenecen estos siete prelados. Su reconocimiento dejaría daños colaterales: dos obispos ordenados por el Vaticano tendrían que renunciar para que ocupen sus cargos pastores consagrados por el régimen de Xi. Los damnificados serían Pietro Zhuang Jianjian, de 88 años, que se convertiría en emérito de la diócesis de Shantou, y Giuseppe Guo Xijin, que pasaría de obispo ordinario de Mindong a auxiliar o coadjutor.

Según informó la agencia Asianews, una delegación vaticana viajó a China el pasado diciembre para pedir la renuncia de ambos y entrevistarse con algunos de los siete prelados ordenados de forma ilícita.

El acuerdo que podrían suscribir el Vaticano y China conlleva el reconocimiento por las autoridades de Pekín de los otros pastores de la Iglesia clandestina, pero aun así, no gusta a todos en el país asiático, donde se estima que viven unos 12 millones de católicos. Hay un frente opositor encabezado por el cardenal Joseph Zen, obispo emérito de Hong Kong, que viajó a Roma hace tres semanas para reunirse con el Papa y manifestarle su perplejidad ante la petición de renuncia para los dos prelados. «¿Creo yo que el Vaticano está vendiendo la Iglesia católica en China? Sí, definitivamente, sí. Esta es la dirección en la que están según lo que han venido haciendo en los últimos años», denunció Zen en un artículo, en el que aseguró que frente a un «régimen totalitario» solo existen dos opciones: «O te rindes o aceptas la persecución, pero permaneciendo fiel a ti mismo».

A Zen le respondió en cierta forma el secretario de Estado vaticano, el cardenal Pietro Parolin, que en una entrevista con el diario 'La Stampa' dijo que llegar a un acuerdo para la ordenación de obispos eliminaría el principal impedimento para que las comunidades católicas existentes en China vivan «en comunión entre ellas y con el Papa». Dejó además el número dos de la Curia romana un mensaje a las autoridades de Pekín: «La Iglesia en China no quiere sustituir al Estado, pero desea ofrecer una contribución serena y positiva por el bien de todos».

Sus palabras iban en la misma línea de acercamiento que el artículo de 'La Civiltà Cattolica' en el que se pide un cambio de mentalidad entre los fieles locales para superar la lógica del enfrentamiento.

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