La dimisión de Mugabe pone fin a un régimen de 37 años

La dimisión de Mugabe desató ayer la euforia entre los miembros del Parlamento zimbabuense. :: afp/
La dimisión de Mugabe desató ayer la euforia entre los miembros del Parlamento zimbabuense. :: afp

Se teme que un nuevo autócrata tome el poder, ya que Nnangagwa, nuevo hombre fuerte, integró el círculo más próximo al sátrapa

GERARDO ELORRIAGA

La lectura de la carta de dimisión de Mugabe por el presidente del Parlamento zimbabuense desató ayer la euforia en la Cámara. Para sorpresa de los miembros de la Asamblea, Jacob Mudenda se alzó repentinamente de su silla y leyó en voz alta un comunicado de renuncia formal del veterano líder horas después de iniciarse el proceso de 'impeachment' que acabaría forzosamente con su mandato. La alegría se transmitió rápidamente a las calles donde miles de personas recibían con júbilo el anuncio más esperado. La marcha del presidente cierra un ciclo de 37 años al mando del país africano, periodo en el que ha conducido al territorio, uno de los más feraces de África, a la catástrofe social y económica.

El veterano presidente sucumbía, finalmente, a las presiones del Ejército, las manifestaciones populares y la presión del ZANU, su propio partido. Las Fuerzas Armadas dieron un golpe de Estado el pasado miércoles y, desde entonces, negociaban con el dirigente, de 93 años de edad, su salida del poder. La comparecencia televisiva del pasado domingo parecía anunciar su retirada, pero la longeva autoridad se reafirmó al frente del Ejecutivo y convocó una sesión de su gabinete que, esta mañana, sólo ha sido respondida por cuatro ministros.

Emmerson Nnangagwa, exvicepresidente y nuevo hombre fuerte del país, rompió ayer también su silencio para declarar que había sido convocado a esta reunión y que había respondido rechazándola e invitando a Mugabe a retirarse «para evitar la humillación de ser destituido por la población». El llamado a asumir la jefatura del Estado aseguró que no se hallaba en Zimbabue y aseguró que sólo volvería si el Ejército y el partido lo invitaban y aseguraban su seguridad. El comité central del ZANU-PF destituyó el domingo a Mugabe como cabeza de la formación y lo sustituyó por el exvicepresidente, posiblemente exiliado en Sudáfrica.

El país precisa de reformas inmediatas para hacer frente a la situación de depauperación que sufre. La estrategia política de Nnangagwa, de 71 años, es desconocida, pero existe cierta inquietud ante la posibilidad de que el longevo exdictador sea relevado por otro autócrata. Este experimentado político, conocido como 'El Cocodrilo' y líder una facción denominada 'Equipo Lacoste', ha formado parte del círculo más cercano al dirigente desde sus cargos como ministro de Justicia y presidente de la Asamblea Nacional. Su destitución, provocada por la rivalidad con la Primera Dama, alentó el final de la era de Mugabe, pero no hay certezas de que tal recambio implique la apertura democrática de un país controlado por un partido corrupto y clientelista.

Sin juicio a la vista

La ruina económica y la mala gobernanza constituyen las dos lacras de un régimen tan sólo formalmente democrático y en el que la oposición se halla amordazada y perseguida. La nacionalización de las tierras cultivables permitió su apropiación por una elite surgida de la guerrilla anticolonial, que también se beneficia del contrabando ilegal de diamantes en el primer productor del mundo. A lo largo de los primeros años del siglo XXI, la hiperinflación dio paso a la dolarización de la economía, ahora estrangulada por la falta de liquidez, la parálisis del sistema productivo y la escasez de inversiones. China, el principal aliado de Harare, proporciona la mitad de los fondos extranjeros.

El futuro de Robert Mugabe y su esposa resulta impredecible, aunque ya se especula con la salida del país. El héroe de la independencia e impulsor del movimiento de los no alineados, amigo de Hugo Chávez y Fidel Castro, ha corrido la misma suerte de otros dictadores caídos en desgracia en el continente, caso del burkinabés Blaise Compaoré, el gambiano Yahya Jammeh y el libio Muamar el Gadafi.

La posibilidad de que sea juzgado por los suyos no parece una opción factible a corto plazo porque las responsabilidades por las violaciones de los derechos humanos exceden a su persona e implican a la actual clase dirigente. Así, Jacob Mudenda, el hombre que ha leído su carta de despedida, fue uno de sus hombres de confianza en los años 80 durante las campañas de Gukurahundi, cuando miles de personas de la etnia ndebele fueron masacradas por las tropas gubernamentales.

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