El descontento popular incendia Túnez

Manifestantes lanzaron piedras a la Policía, que respondió con gases lacrimógenos. :: S. H. / afp
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Manifestantes lanzaron piedras a la Policía, que respondió con gases lacrimógenos. :: S. H. / afp

Decenas de detenidos y riesgo de involución en el único país donde la Primavera Árabe condujo a la democracia

GERARDO ELORRIAGA

La insatisfacción ha vuelto a llenar las calles de Sidi Bouzid, aquella pequeña población tunecina donde se originó todo. Las protestas, de nuevo, agitan la política país magrebí, una insatisfacción que en 2011 se propagó por toda la orilla meridional del Mediterráneo y dio lugar a la Primavera Árabe. Entonces, como ahora, el descontento respondía directamente a la penuria y no buscaba la inmediata caída de la tiranía. El joven vendedor Mohamed Bouazizi se inmoló por la confiscación de su puesto de frutas y la humillación recibida de las autoridades ante las que interpuso una queja. Hoy, las manifestaciones evidencian, una vez más, el descontento con otro gobierno, en este caso salido de las urnas, pero que sigue gestionando la precariedad en la que vive la mayoría de los ciudadanos del único territorio donde las revueltas alumbraron una democracia.

La entrada en vigor de unos presupuestos del Estado sumamente restrictivos ha sido el detonante de esta nueva explosión, saldada ya con más de dos centenares de detenidos. El recorte en gastos sociales y el aumento del impuesto sobre los combustibles, incluidos en las nuevas medidas, han originado el rápido aumento de precios y alentado una insatisfacción larvada desde hace varios años. Las movilizaciones se han sucedido a lo largo del 2017 e, incluso, provocaron, hace varios meses, el despliegue del Ejército para proteger de la ira popular las instalaciones industriales y extractivas.

El fin de la luna de miel entre el Gobierno y la ciudadanía resultaba inevitable. La estabilidad política y atmósfera liberal de Túnez, siempre ensalzados dentro de convulso universo árabe, carecen de una base económica suficientemente sólida y amplia, capaz de proporcionar horizontes a un país de demografía pujante y graves diferencias entre el relativamente próspero litoral y el depauperado interior. Situado entre Argelia y Libia, dos colosos productores de materias primas, este territorio cuenta con limitados recursos de petróleo, gas y fosfatos, una oferta turística antaño floreciente y la importante dependencia de la voluble inversión extranjera. Los viejos problemas estructurales y la crisis económica han hecho mella en ese futuro que se prometía esperanzador. Además, la agitación interna y la reducción global de los precios de los hidrocarburos han mermado sus ingresos, mientras que, a lo largo de este periodo, la Administración se ha enfrentado, con elevado coste, a la amenaza de la expansión yihadista. El Gobierno ha combatido el fantasma del contagio, evidente ante la inquietante realidad de que este pequeño Estado ha sido el principal suministrador de combatientes para el Estado Islámico de atentados como el del Museo Nacional del Bardo en el que murieron24 personas, entre ellos varios visitantes españoles. La victoria de un partido islamista moderado en las primeras elecciones generales generó miedo y alentó la necesidad de apoyar la nueva andadura de Túnez, desde un principio dificultada por numerosas huelgas gremiales. Pero los apoyos internacionales han sido insuficientes.

LA CLAVE La estabilidad política y la atmósfera liberal del país carecen de una base económica sólida

La incertidumbre resurge en el país y esta situación conlleva consecuencias políticas inesperadas. La coalición de gobierno entre los secularistas de Nidaa Tounes y los confesionales de Ennadha puede quebrarse y la frustración, aumentar aún más. El modelo de desarrollo se antoja cuestionable, pero no existe demasiado margen de maniobra a corto plazo. Por un lado, la deuda pública alcanza el 59% del Producto Interior Bruto y la Administración sigue enfrentada a considerables retos. Por otro, la carestía y el desempleo, con más del 30% de los licenciados en paro, siguen alentando el riesgo de que la primavera democrática se torne en el riguroso invierno del autoritarismo.

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