Marc posa con sus útiles de trabajo junto a un colegio. :: d. menor
Marc posa con sus útiles de trabajo junto a un colegio. :: d. menor

Inmigrantes integrados gracias a una escoba

  • Jóvenes nigerianos llegados a Roma tras cruzar el Mediterráneo barren las calles «para devolver algo de la ayuda» que reciben

Los padres salen del colegio tras dejar a sus hijos en clase y se topan con un cartel colocado en el suelo en medio de la explanada que se abre delante de la escuela. En un folio pegado a un trozo de cartón, puede leerse: «Estimados señores y señoras. Deseo integrarme honestamente en vuestra ciudad sin pedir limosna. Desde hoy mantendré limpias vuestras calles. Os pido solo una contribución de 50 céntimos por mi trabajo. Se aceptan bolsas, escobas, recogedores y otros materiales para la limpieza».

Algunos de los padres pasan de largo, pero muchos se detienen a leer el cartel, dejan unas monedas y sonríen al inmigrante africano que, unos metros más allá, está consiguiendo con su escoba lo que nunca lograron los servicios de limpieza del Ayuntamiento, a los que jamás se les vio por la zona barriendo las hojas, basura y confeti que ahora el inmigrante ha colocado en montones que luego recoge y lleva al contenedor.

«Italia me está dando mucho y estoy orgulloso de estar aquí. No podía pasarme todo el tiempo sin hacer nada, así que decidí ocuparme por mí mismo, haciéndome útil con mis propias manos para el país que me acoge». De 34 años, Marc lleva en Italia desde el pasado 31 de agosto, cuando desembarcó de una nave militar italiana que le rescató en el Mediterráneo central junto a las otras 130 personas que habían zarpado con él desde las costas libias en una lancha neumática con rumbo norte. La mayoría eran nigerianos, como Marc, que desde hace siete meses vive en el campamento para inmigrantes instalado junto al hospital de la Cruz Roja en el barrio romano de Monteverde. «El viaje fue muy difícil por las olas. Pasamos miedo, pero fue Dios quien nos guió. No paramos de rezar durante todo el tiempo».

Mientras esperan la respuesta de las autoridades a su solicitud para conseguir un permiso de residencia, algunos subsaharianos se han hecho con escobas para adecentar las calles de Roma, sucias y abandonadas por la incuria de los servicios municipales de limpieza. Consiguen así mejorar la imagen que los residentes tienen de los inmigrantes, obtienen unos cuantos euros y se diferencian de los otros muchos extranjeros que piden limosna por las calles con una gorra en la mano y cara de hambre y humillación.

«Yo no llegué nunca a pedir. No me gusta tener que rogarle a la gente que te dé algo de dinero. Hay que trabajar», cuenta Marc, mientras de fondo se escucha el ruido que hacen las monedas que una señora acaba de dejar al caer en el recipiente colocado junto al cartel. «Opté por dedicar mi fuerza para intentar ayudar a este país que tanto me está ayudando a mí. Yo no quiero irme a ninguna otra nación europea. Aquí la gente es muy amable, me dan comida y ropa. Nadie me trata mal y se preocupan por mí. Cuando ven que barro las calles, me dan las gracias y me animan a que siga con esto».

Aprender el idioma

Abrigadísimo con guantes, gorro y un fuerte chaquetón pese al ambiente casi primaveral de la mañana, este nigeriano que se ganaba la vida en Benin City como conductor de camiones se avergüenza al hablar de cómo reaccionan algunos de sus compatriotas al llegar a Europa. «No sé por qué hay algunos que se dedican a robar y a pedir limosna», dice Marc, quien reconoce que en los tres días que lleva con su trabajo voluntario consigue entre 10 y 15 euros diarios. «Hay gente que te dice '¡Bravo, bravo!' o te traen algo de comida para agradecértelo».

A unos cientos de metros de la puerta del colegio donde se encuentra Marc, otro nigeriano también se afana en limpiar las calles con una escoba. Se llama Álex, tiene 20 años y ha colocado en el suelo un cartel similar al anterior, aunque con muchos más errores en la escritura. El texto parece una copia apresurada.

«Dos días a la semana voy a una escuela para aprender italiano y prepararme para encontrar un trabajo. El resto del tiempo vengo a Roma para barrer y poder devolver algo de la ayuda que recibo», cuenta Álex, que vive en un campamento ubicado en un pueblo a las afueras de la capital. Mientras explica que tiene intención de quedarse en Italia, pasa un vecino que le dice riéndose que sería estupendo que también se animaran a tapar los baches de las calles, otro de los grandes problemas urbanos que sufre Roma y que el Ayuntamiento parece incapaz de solucionar.

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