La víctimas del califato desconfían de Trump

  • Mientras Damasco ve a las tropas de EE UU una 'fuerza invasora', la mayoría de los sirios cree que su presencia obedece a sus propios intereses

d Donald Trump organiza esta semana una cumbre internacional sobre la guerra contra el grupo yihadista Estado Islámico (EI) y parece dispuesto a reforzar la presencia del ejército estadounidense en el norte de Siria, donde ya cuenta con 900 soldados. Desde el califato le han respondido ofreciendo a sus combatientes una recompensa de 20 dinares de oro (3.700 euros) por cada soldado americano que consigan matar en la defensa de Raqqa y Deir Ezzor, los dos grandes bastiones del grupo en esta parte del califato, según el Observatorio Sirio de Derechos Humanos. A diferencia de Rusia y del resto de grupos que combaten del lado del Gobierno, como Hezbolá, el presidente Bashar el-Asad considera a EE UU «una fuerza invasora» y sus palabras son órdenes en la parte bajo control gubernamental.

En Siria más de la mitad de la población se ha convertido en refugiada o desplazada a causa de la guerra. La cafetería La Rosa de Damasco, cerca de la céntrica plaza de Merjeh, es el punto de reunión principal en la capital de los 'shabuaya', la gente del desierto, con la piel quemada por el sol, que llega a la capital desde lugares como Raqqa o Deir Ezzor. Entre té, café y narguile (pipa de agua) cuentan los minutos para el final de la guerra en las pequeñas mesas de madera y siguen desde la distancia lo que ocurre en sus lugares de origen, donde han dejado casas y parte de la familia.

Abdul Hade lleva cinco años en la capital y recuerda que «los americanos ya vinieron a Irak y hemos visto el resultado. Nadie les ha pedido ayuda y es mejor que nos dejen en paz. Sabemos que ellos tienen sus propios intereses y para eso vienen, no por los sirios. Solo van a complicarlo todo aún más». Muy cerca de su mesa Ahmed, tocado con una kufiya blanca y roja tiene una opinión diferente y piensa que «ya es hora de que se forme una coalición mundial contra estos terroristas para echarles de una vez del país. Si los americanos cooperan con el ejército iraquí, ¿por qué no lo van a hacer con el sirio?».

Precios en alza

Es la única voz discordante de una línea mayoritaria que no quieren ver a los estadounidenses desplegados porque «nadie les ha invitado, no es como el caso de Rusia, que está aquí por el bien de Siria, para protegernos. Trump no busca nada bueno», opina Mohamed mientras echa humo y más humo de su pipa de tabaco de manzana.

El debate militar deriva en pocos minutos en una discusión por la carestía de la vida. Electricidad, agua y economía se han convertido en los frentes de batalla para los ciudadanos sirios, cada vez más convencidos de que el futuro de la guerra ya no pasa por Damasco, sino por los despachos de Washington, Moscú, Teherán o Riad.

El compañero de mesa de Mohamed, Khaled Suleyman, no quiere hablar de los planes de Trump. Acaba de cerrar la donación de un riñón a una niña de 13 años a cambio de 3 millones de libras sirias (unos 5.500 euros) y «solo aspiro a sobrevivir, nada más. Ya no podemos ni comer porque todo es muy caro», lamenta con voz nerviosa este joven de 26 años. «¿Puedes hacer algo para que bajen los precios?», pregunta de forma inmediata un anciano de una mesa vecina al escuchar que se habla de dinero.

Los precios han subido en La Rosa de Damasco y el té ha pasado de 35 a 100 libras (15 céntimos de euro). Una narguile costaba 100 y ahora son 350 libras (60 céntimos de euro), una subida mucho más moderada de lo que ocurre fuera de este café histórico de la capital. El responsable del establecimiento es kurdo y sonríe al saber que el tema de conversación es el despliegue estadounidense, una operación que se realiza en cooperación con las fuerzas kurdas, el mayor apoyo de Washington en Siria. No quiere hablar del tema. Lo suyo es el café, el té y mantener la brasa viva para las pipas de agua. En este pedazo de Raqqa y Deir Ezzor en el corazón de Damasco nadie sueña con ser liberado por Trump.

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