Diario Sur

El FBI deja por mentiroso al presidente

Los directores del FBI, James Comey, y la ANS, almirante Mike Rogers, durante su comparecencia en el Capitolio. :: joshua roberts/ reuters
Los directores del FBI, James Comey, y la ANS, almirante Mike Rogers, durante su comparecencia en el Capitolio. :: joshua roberts/ reuters
  • James Comey niega que Obama espiara a Trump y confirma que investiga los vínculos de Rusia y la campaña republicana

La comparecencia del director de la Oficina Federal de Investigación (FBI) de EE UU ayer en el Congreso alcanzó su clímax en los primeros compases, cuando James Comey confirmó que Obama nunca ordenó espiar a Donald Trump. Con esta declaración, el máximo responsable del FBI dejó por mentiroso a su propio presidente al negar públicamente las controvertidas acusaciones lanzadas por Trump en su volcánica cuenta de Twitter.

Comey aclaró que tal espionaje no sólo nunca ocurrió sino que habría sido imposible, ya que la ley prohíbe al presidente ordenar cualquier tipo de escucha a ciudadanos o rivales políticos. Desde la etapa de Nixon, la normativa obliga a seguir un complejo proceso de autorización judicial que implica a numerosas instancias gubernamentales para poner en marcha una acción de este tipo.

Por su parte, el director de la Agencia Nacional de Seguridad (NSA) Michael Rogers, negó que en ningún momento se pidiera a la agencia británica de Inteligencia electrónica GCHQ espiar a Trump a instancias de Obama. Las acusaciones de Trump involucrando al Gobierno de Londres en las inexistentes escuchas en la Torre Trump crisparon particularmente al Ejecutivo de Theresa May, que afronta sus propias dificultades de confianza doméstica ante el creciente disgusto público por las 'incestuosas' relaciones entre las agencias de espionaje de ambos países.

En su segunda declaración de la mañana ante un agitado Comité de Inteligencia de la Cámara de Representantes, Comey siguió adentrándose en el territorio de lo extraordinario al reconocer públicamente la existencia de una investigación de contrainteligencia sobre las maniobras rusas en las elecciones presidenciales. La pesquisa, añadió el jefe del FBI, incluye cualquier tipo de coordinación entre la campaña electoral de Trump y sus colaboradores con el Gobierno ruso.

Sólo en raras circunstancias y temas de sumo interés público el FBI revela la existencia de una investigación en curso. Comey señaló que contaba con el permiso del Departamento de Justicia en esta ocasión dada la relevancia del caso.

Ambas declaraciones oficiales y públicas representan un serio revés en la confianza de dos relevantes instancias gubernamentales hacia el presidente Trump, quien desde primera hora de la mañana se había esforzado en echar más leña al fuego en su cuenta de Twitter. Después de las declaraciones de Comey y Rogers, Trump volvió a la carga en la misma red social, con un tuit en el que trató de presentar a su favor la marcha de la sesión en el Capitolio. Según él, tanto el «FBI y (como la) NSA afirman ante el Congreso que los hackers rusos no cambiaron el resultado electoral».

Los miembros de ambos partidos en el Comité de Inteligencia trataron de llevar la comparecencia a su campo de interés, o de batalla en este caso. Los republicanos intentaron centrar la atención en las filtraciones a los medios de comunicación y las fugas de seguridad provenientes de las propias agencias de Inteligencia que tanto perturban a Trump; los demócratas se esforzaron por poner el énfasis en las relaciones, consultorías internacionales no declaradas y pagos efectuados a miembros y asociados de la campaña electoral de Trump. Gran parte de las preguntas de la oposición se concentraron en el entonces confidente de Trump Roger Stone y su alarde público de haber estado en contacto con el hacker Guccifer 2.0, considerado una pantalla de la Inteligencia rusa. A pesar de que Comey no pudo confirmar ni negar aspectos de una investigación en marcha, el indiscreto Stone reclamó en Twitter poder defenderse en los dos días de la comparecencia del Congreso.

Alto coste político

Aun sin reconocer la delicada situación en la que estas declaraciones de las agencias de Inteligencia le colocan como presidente, Donald Trump parece convencido de su apuesta por la línea dura como forma de hacer política y empeñado en prender fuego a todos los frentes al mismo tiempo. En un sentido, la extraña controversia de los tuits sobre las escuchas inexistentes y los contactos con Rusia deja al mandatario en la posición en la que se encuentra más cómodo, en constante contienda con los medios, las agencias de Inteligencia y el 'establishment' de Washington.

Pero la obstinación en el enfrentamiento podría tener esta semana un alto coste político. Las sesiones de confirmación en el Senado del nominado juez Neil Gorsuch para el Supremo podrían verse eclipsadas y Trump perdería un ambiente periodístico favorable. El presidente necesita además la aprobación de su primer presupuesto y, cómo no, la pendiente legislación para cancelar y reemplazar la reforma sanitaria de Obama, que ya levanta ampollas en el Congreso y según algunos republicanos es una ley «muerta desde su llegada».

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