Diario Sur

Erdogan asiste a la conmemoración de la batalla de Gallipoli. :: efe
Erdogan asiste a la conmemoración de la batalla de Gallipoli. :: efe

El Maquiavelo turco

  • La estrategia política de Erdogan combina eficazmente la fe, el victimismo, algunos fantasmas políticos y la solidaridad

La islamofobia es como la plastilina, una sustancia plástica que se presenta en numerosos colores. La extrema derecha la utiliza para agitar su granero de votos, una heterogénea base social donde caben tanto los conservadores como los desposeídos, igualmente temerosos de la llegada de inmigrantes económicos y refugiados, pero también sirve a las organizaciones fundamentalistas musulmanas para rentabilizar el odio suscitado y convertirlo en moneda de cambio en sus diálogos con la Administración. El presidente turco Recep Tayyip Erdogan se ha convertido en el perfecto adalid de quienes padecen el rechazo, aunque su estrategia es mucho más compleja y aúna la fuerza de la religión, el espíritu doliente del marginado, diversos fantasmas políticos y, sobre todo, un indudable talento para la dramatización. La reciente crisis suscitada en Holanda ha sido, sobre todo, otra hábil puesta en escena para poner de relieve su músculo político.

La alusión al peligro de una guerra de religiones o su llamada en el Parlamento a la procreación sin límites responde a esta facultad para los golpes de efecto. Además, el dirigente otomano es un maestro de la corriente de pensamiento no menos heterodoxa, tan útil a los comunistas leninistas como a los nihilistas, que sostiene que 'cuanto peor, mejor'.

Su reciente incursión en la campaña electoral de los Países Bajos tiene elementos propagandísticos destinados al consumo interno, pero también forma parte de esa pretensión de erigirse en actor principal dentro del tablero continental. El pulso llevado a cabo con el Gobierno de La Haya forma parte de un proyecto que culmina con el referéndum del próximo 16 de abril, una herramienta con la que convertir Turquía en un sistema presidencialista más cercano al mexicano y al AKP, su partido, en algo similar al PRI de otros tiempos.

El frustrado golpe de Estado del pasado año, tan conveniente, aceleró su proyecto de acaparamiento del poder, proceso que tiene un reto definitivo en la convocatoria a las urnas, pero que se expande aún más allá, temporal y geográficamente. Erdogan no sólo quiere cambiar el sistema político de su país, sino también crear una zona de influencia que le permite hablar con Europa en términos de igualdad como si se tratara de un nuevo Solimán El Magnífico, capaz de sitiar Ámsterdam en vez de la Viena imperial de su antecesor.

La camaleónica personalidad de Erdogan le ha permitido acceder al control de los resortes públicos. La opinión pública desconoce su pasado como joven agitador y confió en su condición de cualificado y moderado socio de la OTAN, artífice del 'aggiornamento' del islamismo político. ¿Alguien recuerda los paralelismos de sus tesis con una suerte de adaptación turca de la democracia cristiana? Sí, fue hace más de una década, antes de que depurara, o laminara, el Ejército, la oposición, la judicatura, el sistema educativo y la cofradía de su archienemigo Fetulá Gulén. El Gobierno ha asfixiado a los medios laicos y, paralelamente, ha seducido al sector nacionalista, muy importante, y establecido una ambigua relación con los yihadistas, variable en función de sus intereses en Siria.

Pero la política del palo y la zanahoria no se limita a la actuación dentro de las fronteras o en el entorno inmediato. La maquiavélica posición de Ankara cambia según la coyuntura o el escenario. Frente a Holanda ha adoptado una postura desafiante, muy diferente de la tutela que lleva a cabo sobre países como Somalia, Bosnia-Herzegovina, Albania o Kosovo. Su práctica mezcla la fe, el crédito y las inversiones, en aras de crear un espacio afín.

Al otro lado del Bósforo

Las similitudes favorecen este objetivo. Tras su expansión entre las repúblicas centroasiáticas nacidas de la descomposición de la URSS, el régimen se ha volcado al otro lado del Bósforo. Su apetito se ha favorecido de la aparición de Estados débiles, de mayoría musulmana, surgidos tras la desaparición de Yugoslavia o guerras civiles. En algunos casos, ha concurrido con las monarquías arábigas en ese intento de erigirse en el mejor protector del culto común. La Fundación Diyanet, una entidad pública destinada a la gestión de los asuntos religiosos, se ha convertido en el fenomenal vehículo para expandir tanto la islamización interna, con una creciente presión conservadora en modos y costumbres, como en la promoción de iniciativas en el extranjero.

La construcción de la Gran Mezquita de Tirana, la mayor de los Balcanes, o la nueva y gigantesca de Mogadiscio forman parte de esa táctica para atraer aliados. El enorme desembolso en centros de culto se acompaña de inversiones en infraestructuras básicas y apoyos al sistema educativo en países aquejados, a menudo, de la falta de recursos, la depauperación general y la habitual corrupción de sus clases dirigentes. La influencia occidental, a menudo artífice de la constitución de repúblicas tan frágiles como la kosovar, está siendo relegada por la presencia otomana, para disgusto de la vecina Serbia. El caso somalí resulta aún más flagrante. A lo largo de la última década, Washington y Bruselas han sido los principales donantes del gobierno de transición y su apoyo económico a las fuerzas de la Unión Africana han impedido la victoria definitivas de los radicales, pero Turquía ha jugado mejor sus cartas. La Administración de Erdogan ha manifestado una actividad múltiple con proyectos en el área militar, urbanístico o de salud e, incluso, aspira a crear su mayor complejo diplomático en este país, convertido en puente para su definitivo desembarco en el África subsahariana.