Diario Sur

Cálculo de multitudes

'Granma' asegura que la noche del martes se reunió más de un millón de personas en la plaza de la Revolución de La Habana para despedir a Fidel Castro. Veinticuatro horas después, el mismo escenario presenta un aspecto desolador. En el extremo de la avenida de la Independencia dos grupos de turistas se sacan fotos con los omnipresentes coches clásicos americanos. En el lado contrario de la plaza, un equipo de la NBC apura su trabajo y lamenta tener que salir por carretera hacia Santiago. Lo que se extiende entre ambos es una enorme explanada de hormigón. Está desierta y presenta una triste entidad de aparcamiento.

Son las ocho de la tarde y de vez en cuando aparece alguna pareja extranjera para fotografiarse con los famosos edificios oficiales con las efigies del 'Che' Guevara y Camilo Cienfuegos. Suscita menos admiración el monumento a Martí: un mamotreto que no tiene ningún interés, pero sí el raro mérito de conseguir recordar al mismo tiempo a una virgen blanca y a una lanzadera espacial soviética.

Basta con situarse en el centro de la plaza y girar sobre los talones para entender que es imposible que entren aquí un millón de personas. Aunque, en este caso, el misterio de los grandes números es más bien cualitativo. ¿Cómo se explica que estos días la contrición de los cubanos y su respaldo al régimen solo se perciba en los actos oficiales? Puede que la respuesta tenga que ver con la ingeniería de esos actos.

Los colegios, las universidades y los centros de trabajo convocan a las movilizaciones. A veces citan a los suyos en un punto; a veces salen juntos desde el lugar de trabajo, como hicieron el lunes y el martes los empleados de algunos hoteles. No responder a esas convocatorias puede llevar a que «te hagan el ocho», es decir, que te señalen y te compliquen la vida. Para que nadie tenga excusa, hay más métodos de control. Tras la muerte de Fidel Castro se han dispuesto en Cuba 11.512 puntos donde ir a firmar «el compromiso con el juramento para cumplir el concepto de Revolución enarbolado por Fidel».

Cierto que cosas más raras se firman en el notario, pero en las calles de La Habana nadie parece dudar de que el modo más seguro de no tener problemas consistirá en aparecer entre los firmantes, cuando llegue la hora del recuento, por lo que pueda pasar.