Diario Sur

Sigan a esas cenizas

La variopinta caravana fúnebre que traslada las cenizas de Fidel Castro atraviesa un tramo del Malecón habanero camino de Matanzas.
La variopinta caravana fúnebre que traslada las cenizas de Fidel Castro atraviesa un tramo del Malecón habanero camino de Matanzas.
  • La salida de la solemne comitiva con los restos de Fidel hacia Santiago deja cierta resaca del desorden en una Habana sin música ni alcohol

la habana. La noche del martes, mientras los líderes mundiales del sector enfático daban discursos tronantes en la Plaza de la Revolución, el Barrio Chino de La Habana se encendía cordialmente con las conversaciones de la gente y los faroles de los restaurantes orientales. En las mesas, la incertidumbre se repartía sobre todo entre el cerdo al limón y el pollo laqueado. Preguntado por los detalles del itinerario que al día siguiente seguiría «la caravana», el joven camarero ni siquiera disimuló: «Discúlpenme que no esté muy interesado en el tema. La verdad es que no sé nada sobre eso».

En La Habana se está viviendo un choque extraño entre el énfasis oficial y la vida real de la capital, que ha continuado como si tal cosa, con dos excepciones provocadas por las normas gubernamentales: no se ha vendido alcohol -algunos restaurantes y hoteles siguen aún así sirviéndolo sin problema, al menos hasta que se acaba- y no se escucha música.

Quienes conocen la ciudad aseguran que esto último es lo realmente inverosímil. La Habana es un lugar en el que el son tradicional, los boleros, el reggaetón escapan a gran volumen, constantemente, de los bares, las casas y los coches. Una ciudad que no se entiende sin la música. Estos días, en los 'almendrones' -los coches que los cubanos comparten a modo de taxis semiclandestinos- algunos jóvenes se atreven a poner la radio, muy baja, hasta que paran a alguna persona mayor. Cuando esa persona llega a su destino y se aleja lo suficiente, la música vuelve a sonar con prudencia en el vehículo.

También es habitual, sobre todo a las noches, ver a grupos que se alejan unos metros para compartir una canción en torno a la luz de un teléfono móvil. Curiosamente, es cuando suena la música, aunque sea a tan poco volumen, cuando adviertes de pronto lo extraordinario de su ausencia.

Rumores disparados

El silencio no alcanza sin embargo a los rumores. En la calle se comenta que la prohibición de la venta de alcohol tiene que ver con el temor del régimen a las fiestas y los altercados. Hay quien asegura que el viernes hubo gente en las calles manteniendo encuentros que se situaban a un paso de la celebración. Son más los que aseguran que ahora mismo se está brindando por todo lo alto, pero siempre en la intimidad. Ya puestos, también hay quien asegura que la imposición de un periodo de luto de nueve días no es casual, sino una exigencia de la santería, lo que demostraría que Fidel se «hizo santo», de ahí, entre otras cosas, su longevidad.

Esta mezcla de conspiración y disparate marca el tono de unas conversaciones que en Cuba solo pueden mantenerse bajo la promesa de la confidencialidad. A partir de ahí, las opiniones pueden llegar a ser mucho más contundentes de lo esperado. Al mismo tiempo, pese a esa enorme cantidad de reticencia, La Habana era ayer a las siete de la mañana una ciudad puesta en marcha. El mar parecía funcionar como un imán que atrajese multitudes.

Ver pasar las cenizas de Fidel Castro Ruz, comandante en jefe de la Revolución cubana, por el mismo Malecón por el que en 1959 entró con sus triunfantes tropas en La Habana es asistir a un momento histórico. Dura medio minuto. La comitiva es breve y anodina: unas motos, unos coches, unos jeeps. Las cenizas de Fidel viajan dentro de una urna acristalada, entre flores blancas, cubiertas por una bandera cubana. A su paso, la gente agita más banderas y levanta el puño, aunque ante todo se dedica a una actividad más contemporánea: sacar fotos. Fotos a la urna con los restos de Fidel y fotos a sí mismos frente a esa urna.

Cuando pasa el último vehículo de la comitiva, la gente se retira a sus cosas. La multitud es de disolución rápida, lo que probablemente indica algo sobre su verdadera naturaleza. Algunas mujeres lloran. Los colegiales, que han sido convocados por sus escuelas en distintos puntos de la avenida del Malecón, regresan a clase. Da la sensación de que entre los más mayores también los hay que no piensan regresar.

Autos locos tropicales

Correr un poco e intentar volver a ver pasar las cenizas de Fidel Castro desde la azotea de uno de los altos edificios que se asoman al Malecón es imposible. Te lo impide un policía uniformado dos segundos después de que en las alturas una agente de la Seguridad del Estado, jovencísima y de paisano, te haya preguntado qué haces allí. Abandonas el edificio pensando que el intento no ha sido en vano: acabas de conocer a tu primer policía político.

Salir de La Habana a toda velocidad, persiguiendo e intentando adelantar a las cenizas de Fidel Castro, en un viejo coche americano que parece recién salido de 'American Graffiti' y ruge como un tractor es una manera magnífica de comenzar el día. La conducción es salvaje, el paisaje, exuberante. La peste a gasolina quemada que inunda el coche tiene un evidente efecto alucinógeno. Al rato de adelantar al modo suicida cien 'chevrolets' pleistocénicos, doscientos cadillacs acorazados y trescientos buicks turquesas, tienes la sensación de haber encontrado al fin tu lugar en el mundo: el episodio tropical de los autos locos.

La caravana oficial deja tras de sí una estela de banderas mustias, expresiones vacías y militares sentados a la sombra de los árboles. También un variado cataclismo circulatorio: autobuses varados, claxonazos, coches que ante el colapso optan por el campo a través. Es como si la resaca de la solemnidad fuese el desorden. La persecución termina más allá del límite de la provincia de La Habana. En un cruce desangelado, un agente manda parar el coche y escruta con desconfianza su interior. No es posible que sigamos siguiendo a la caravana.

Las cenizas de Fidel Castro continúan de este modo hacia Santiago, el lugar desde el que irrumpió en la historia de ese siglo XX que se nos acaba definitivamente a cada rato. Siguiendo la datación del gran poeta cubano Rafael Alcides, sucedió exactamente en «aquel legendario año 1959 de nuestros sueños dorados, hoy -para quienes vinieron después- ya tan antiguo como el incendio de Roma».