Diario Sur

Una libra de pollo al mes, con o sin Fidel

Pedro Juan Gutiérrez, cronista literario de La Habana, descansa en la terraza de su casa desde donde se contempla la ciudad. :: Luis Ángel Gómez
Pedro Juan Gutiérrez, cronista literario de La Habana, descansa en la terraza de su casa desde donde se contempla la ciudad. :: Luis Ángel Gómez
  • Periodistas de todo el mundo invaden La Habana mientras la población asiste a los acontecimientos «históricos» enfrascada en su complicado día a día

La capital cubana se ha llenado de policías y periodistas. Ayer se vio cómo uno de los rarísimos altercados que parecen organizarse en las calles de esta ciudad -un taxista subrayándole a un cliente, con un bate de béisbol, la conveniencia de que abandonase su vehículo- fue controlado en cuestión de segundos por un pequeño ejército de policías que salió de no se sabe dónde. Es difícil no pensar que la mitad de ese ímpetu aplicado a la producción industrial haría de este país una potencia. Al mismo tiempo, ya es difícil ver un cruce emblemático sin su equipo de televisión extranjero. Todos cargan con cámaras, bártulos y la necesidad apremiante de escenas típicas. Los cubanos observan todo esto con una indiferencia ejemplar.

Ayer en Centro Habana causaban más expectación las obras de gasificación de la calle Águilas que el momento histórico que nos ocupa. Con la calzada abierta en canal, los operarios metían a mano las larguísimas tuberías en un hueco en el que sobrevivían las traviesas de madera del tranvía que en otro tiempo recorrió el corazón de La Habana. La obra pública en esta ciudad no se distingue por la sutileza. En cada portal, las tomas del cuadro eléctrico, situadas generalmente junto a una gotera, componen al mismo tiempo un delirio vanguardista y una carcajada en el rostro del cortocircuito. Es algo increíble a lo que te acostumbras al instante.

La definición sirve para La Habana entera. Lo pienso mientras hablo con Ángel, el limpiabotas que tiene su puesto en la entrada de lo que un día fue el hotel Cristal, junto al Capitolio. El anciano -menudo, fibroso, risueño- es devoto del dios Changó y cinturón negro de kárate. «Tercer dan», específica, y durante un segundo no sé si se refiere al deporte o a la religión. Vive en la segunda planta del edificio y me enseña devotamente un calendario con fotos de Fidel. Asegura que combatió con él en Playa Girón y que le vio siempre en primera línea, «avanzando el primero contra los enemigos». Las opiniones de Ángel coinciden de un modo evidente con la letanía que estos días emite sin descanso la televisión oficial.

Durante la conversación, solo hay un momento en el que sus opiniones se adensan y parecen ser realmente suyas. Ángel es negro y cree que Fidel hizo mucho por los de su raza. Eso explica que le subleve, sobre cualquier otra cosa, que haya negros que hablen mal de la Revolución. «Hay gente desagradecida, gente a la que le pones la flor de la maravilla en la mano y es como si no se diese cuenta».

«Cinco hijos licenciados»

Esta opinión se repite de un modo llamativo entre las personas más humildes. Muchos de ellos son ancianos provenientes «del Oriente» de la isla. Amanda Cecada tiene 82 años y camina despacio por el bulevar San Rafael llevando varios periódicos. Los va a guardar porque son «históricos». Necesita ayudarse de un bastón, pero el lunes estuvo en la Plaza de la Revolución y aguantó las colas para despedirse del Comandante. Amanda tiene cinco hijos, «todos licenciados gracias a Fidel». Al señalarle la bolsa que lleva en la mano y preguntarle si le hemos interrumpido mientras iba a la compra, contesta que sí: hoy es el día que le toca comprar la libra de pollo del mes. Esto lo dice sonriente y quejumbrosa, pero con una resignación inapelable, como si la situación se debiese a fuerzas naturales y no tuviese ninguna relación con su discurso anterior.

Los cubanos emplean una cantidad asombrosa de energía, tiempo e ingenio en hacer la compra de cada día. Es por supuesto una cuestión de dinero, pero en realidad es más complicado que eso. La situación se detecta muy bien en Centro Habana, donde las tiendas de comestibles presentan un aspecto más o menos abastecido, pero siempre asimétrico, incompleto, atiborrado de espacios vacíos. Para los cubanos, ir a comprar significa ver qué es lo que hay en las tiendas, averiguar lo que va a llegar, presionar para intentar que llegue pronto lo que uno necesita y componer a continuación un menú que se adapte a todas las variables anteriores. Visto desde fuera, el ejercicio parece extenuante. Calcular lo que debe significar su repetición diaria, pase lo que pase, esté uno como esté, ofrece un resultado desolador.

Sin embargo, la gente en Centro Habana parece cualquier cosa menos desolada. En cada portal, en cada esquina, hay un grupo charlando, discutiendo, lanzándose indirectas, negociando, bromeando, conspirando. El espectáculo es formidable. Da la impresión de que todo cubano sin excepción es capaz de elevar la frase más cotidiana, insípida e instrumental a la categoría prodigiosa. Abrir la boca es para ellos invertir y agitar la chistera de un mago. Eso tal vez explica su inusitada confianza en lo verbal, pero al mismo tiempo, de algún modo, lo sitúa todo en un plano irreal, como si bastase el empeño colectivo para que la realidad, en lugar de sólida, pasase a ser sonora.

El enigma habanero

Ojalá se vaya viendo que La Habana, antes que una ciudad, es una interrogación. Es probable que ahí radique parte de su atractivo: a todos nos gustan los enigmas. Pedro Juan Gutiérrez se ríe en la terraza de su casa de Centro Habana cuando le digo que lo que necesito de él es sencillo: bastará con que, para empezar, me lo explique todo. El día es magnífico y desde aquí arriba se ve un mar azul y otro gris. El primero es muy hermoso; el segundo, alucinante: un caos de tejados derruidos, depósitos de agua, estructuras improvisadas y ropa tendida al sol. Pedro Juan Gutiérrez es el gran cronista literario de ese mundo en ruinas. Su 'Trilogia sucia de La Habana' es un texto fundamental para entender esta ciudad.

Nos sentamos a la sombra y pregunto a lo grande: ¿Qué va a suceder en Cuba? Mi anfitrión cree que el futuro pasa por que se sigan haciendo cambios a un ritmo constante, pero sensato. Entiende que acelerar esos cambios sería peligroso para un país que ha estado tanto tiempo aislado. Espera que Raúl Castro continúe con la dirección que tomó en 2006. Le comento que hay quien advierte de que esos cambios pueden llegar a situar a Cuba ante el «peligro del McDonalds». Pedro Juan Gutiérrez aplaude y vuelve a reírse, esta vez más fuerte, casi ferozmente: «¡Pero si la vida es peligrosa siempre!»