Diario Sur

Mañana no se sabe

Ambiente de tranquilidad en el centro de La Habana, en medio del luto oficial. :: luis ángel gómez
Ambiente de tranquilidad en el centro de La Habana, en medio del luto oficial. :: luis ángel gómez
  • El luto convierte el centro de La Habana en un lugar silencioso, apagado y muy vacío en el que la vida sigue pero a menor ritmo

El duelo por la muerte de Fidel Castro ha caído sobre La Habana como un sobrentendido. La existencia de ese duelo es evidente: se da por hecha, no se cuestiona. A partir de ahí, tampoco se sabe bien en qué consiste, más allá de los actos organizados por el Gobierno. La tentación de elevar el fenómeno a la categoría de síntoma de otros males es poderosa, pero no puede competir con la impresión de atravesar de noche el Malecón, justo cuando entra una tormenta desde el mar, barriendo del lugar cualquier tentación paradisiaca. El conductor del «carro» -un informático de 44 años al que ya le queda poco en el país al haberse casado con una extranjera- asegura que la música y el alcohol están prohibidos en Cuba hasta que se celebren los funerales de Fidel. Cuando le comentas que mucho prohibir parece eso, el hombre aporta su experiencia personal: ayer mismo estuvo cenando con un socio y no encontraron un solo sitio donde les sirviesen cerveza.

Por supuesto, una hora más tarde tú mismo estás tomando una cerveza. Lo haces además en el corazón mismo de La Habana Vieja, junto a la Catedral, a la vista de cualquiera, en la terraza de un «particular» hacia el que te ha orientado un grupo de tres jóvenes liderado por un argentino que, tras pasar una semana en Cuba, se identifica como «cubano-americano y palestino». Él y sus amigos dan voces en la plaza de la Catedral, un escenario magnífico en el que sin embargo sólo están ellos y un grupo de turistas norteamericanas. Como la condición humana no va a dejar de ser extraña precisamente en el Caribe, el grupo de turistas norteamericanas enloquece. Y comienza a bailar una conga.

Y aun así el centro de La Habana es el domingo por la noche un lugar tranquilo, silencioso, apagado. En la puerta del Floridita, dos hombres justifican la persiana bajada del bar con la resignación estoica de quien tiene que atestiguar una catástrofe. «Ya cerró ayer», dicen mirando al suelo, con las manos en los bolsillos, cabeceando un poco. «Tengan en cuenta que estamos de duelo». Les ves tan mal que empatizas: «Entonces cerrará mañana también, claro». Se trata de una de esas frases que demuestran al instante que no sabes dónde estás. Lo entiendes cuando los hombres te miran como si lo malo no fuese que seas extranjero, sino que seas ilógico: «Ah no, socio, eso tampoco se sabe».

A la espera de que comiencen los actos oficiales de despedida, la muerte de Fidel Castro no parece haber alterado la vida cotidiana de La Habana, aunque es probable que la haya tranquilizado. Son tan increíbles las calles del centro, que al rato es necesario que surja un detalle para recordarte por qué estás aquí: una televisión emitiendo la programación hagiográfica que unifica estos días los cinco canales cubanos, una foto de Fidel, una bandera, el folio mecanografiado que el PCC ha colocado en algunos portales y que tampoco llama mucho la atención: «Orientaciones a la población para participar en el homenaje al comandante en jefe Fidel Castro Ruz».

Redes en la calle

Quienes conocen la ciudad coincidían ayer en que estaba muy vacía. El único grupo humano que ocupaba las calles de un modo decidido era el de los jóvenes que compran tarjetas de 'wifi' y colonizan los espacios públicos donde las conexiones son más rápidas, como en el bulevar San Rafael.

Tener Internet en casa es un lujo en Cuba, pero de este modo los chicos disponen de acceso completo a la Red y pueden revisar el correo, estar en redes sociales, hacer videollamadas e incluso ver películas durante toda la noche. Componen, en plena calle, multitudes mutistas de rostro iluminado. Son en su mayoría muy jóvenes. Visten como raperos, llevan tatuajes. La mayoría no debe de recordar a Fidel Castro al frente del Gobierno de su país. En estos días históricos, no desaprovechan la presencia de un periodista español para comentarle lo que les interesa realmente: 'Torrente', 'Ocho apellidos vascos', 'La que se avecina', 'Ocho apellidos catalanes'... Y la actriz de 'El internado'. ¿Cómo se llama? Ana de Armas. «Ah, me encanta Ana de Armas. Qué mujer».