Diario Sur

Una mayoría silenciosa gobierna el mundo

Una votante republicana de Arizona, emocionada tras conocer la victoria de Trump en la noche electoral. :: Laura Segall / AFP
Una votante republicana de Arizona, emocionada tras conocer la victoria de Trump en la noche electoral. :: Laura Segall / AFP
  • Policías, inmigrantes y vecinos acaudalados del magnate llevaron a las urnas de Nueva York, cuna progresista, el descontento con los políticos tradicionales

Hay estos días miradas de desconfianza cargadas de rencor a lo largo y ancho de Estados Unidos. ¿Quién votó por Donald Trump? ¿Quiénes fueron los que hurtaron sus propósitos a las encuestas y hasta a las redes sociales para dar el zarpazo a la moral del país el mismo día de las elecciones?

En enero, la campaña del multimillonario empezó a repartir carteles por los pueblos de Iowa para identificar al público con 'La mayoría silenciosa'. La frase la acuñó el entonces presidente Richard Nixon en uno de sus discursos de 1969 para desacreditar a los millones de jóvenes que se manifestaban en las grandes ciudades para pedir la retirada de las tropas de Vietnam. El mandatario apeló por televisión «a vosotros, la mayoría silenciosa», para que le apoyaran en su intención de no permitir que «las minorías con ese punto de vista se lo impongan a la nación con manifestaciones».

Un tercio de los votantes de Trump tiene edad para recordar que la «mayoría silenciosa» es el contrapunto ideológico y social a la izquierda revolucionaria que verbaliza sus opiniones y las reclama a gritos en las calles. Otros simplemente captan la carga racial que les distingue de las minorías y la promesa de «recuperar el país». Y muchos, más de los que casi nadie suponía, se quedaron con la consigna de apoyarle en silencio.

En agosto pasado la asesora de Trump Kellyanne Conway sostuvo por primera vez que había un gran porcentaje de votos ocultos. Su argumento era que en las encuestas internas la campaña obtenía resultados mucho más ajustados en los estados bisagra de los que proporcionaban el resto de las sondeos. Nadie la tomó en serio, salvo la analista demócrata Celinda Lake, que ya había advertido de esta circunstancia durante la Convención del partido. Según esta experta, cuando se entrevistaba a los votantes de forma anónima por internet, sin que tuvieran que dar la cara ante ningún ser humano, los resultados mejoraban para Trump, particularmente entre los hombres blancos.

Esa mayoría silenciosa cumplió con su mandato el martes en las urnas, sin decir una palabra. Trump había advertido de que sería «la victoria más sorprendente de la historia». «Será cinco veces como el 'brexit'», auguró. Una vez más, nadie le concedió credibilidad. Parecía una más de sus fanfarronadas. Cuando los resultados lo validaron la madrugada del miércoles, los estadounidenses buscaron entre sus vecinos a aquellos que habían dado el poder al demagogo más grosero e irreverente que haya llegado nunca a la Casa Blanca.

Y en Nueva York, sede de las dos campañas, cuna del progresismo, donde la mitad de la población habla en casa otro idioma distinto al inglés, ¿quién podría haber votado por Trump? Frente a los que creen que esa ciudad de inmigrantes custodiada por la Estatua de la Libertad en la que se esuchan cerca de 800 idiomas no es representativa del país, el mapa electoral ofrece las claves de las elecciones.

A Trump le votaron los policías y bomberos de Staten Island, una isla repleta de obreros que cada mañana cogen el ferry para ir a trabajar «a la ciudad». Los judíos ortodoxos de Williamsburg, los rusos de Coney Island, la clase media alta de los suburbios cercanos a Long Island y los vecinos de Trump en su barrio de Midtown y en el de Queens en el que se crió. Todo lo demás es de un azul profundo, pero eso no impide que se encuentren partidarios de Trump cerca de cualquier punto turístico.

En la plaza Rockefeller que la cadena NBC transformó esta semana en Democracy Plaza para seguir las elecciones, Don Jennins no mostraba en el rostro la conmoción que embargaba a la mayoría. «Probablemente sea para bien», argumentó. «Ahora los políticos de este sistema corrupto entenderán que no pueden seguir haciendo las cosas como siempre». Al principio se escabullía, «no me gusta ni uno ni otro», decía, pero acabó por reconocer que había votado a Trump.

El debate en las calles

Con su rostro bronceado y la cazadora deportiva de haber corrido el maratón, el inversor inmobiliario de San Diego no habría pasado jamás por el estereotipo del votante de Trump que habían creado los medios, encuesta en mano. La única pista era la conversación que él y su esposa mantenían con un turista británico, al que escuchaban atentamente. Su interlocutor les explicaba que los problemas de EE UU con los mexicanos eran similares a los de Gran Bretaña con los españoles, que según decía han entrado en masa al país huyendo de la crisis y les están hundiendo la economía porque se aprovechan del sistema social. El matrimonio de San Diego asentía con la cabeza, pero luego, ante esta periodista, se apresuró a aclarar que cuando corrieron la maratón de Barcelona disfrutaron mucho en España.

A pocos metros una canadiense discutía con un grupo de judíos ortodoxos que habían confiando la suerte de Oriente Próximo a Trump. «¿Pero tú de verdad crees que este tipo va a arreglar los problemas de Oriente Próximo?», cuestionaba la foránea. «No, pero nos va a dejar arreglarlos a nosotros», atajó su interlocutor con dureza. La mujer se dirigió entonces a las chicas que le acompañaban, sin entender aún que el hombre respondería por ellas. «¿Y a vosotras, os parece bien que Trump os quite las opciones a la hora de decidir vuestra salud reproductiva?». Ellas no contestaron, sólo se volvieron hacia el hombre en busca de su defensa. «Claro que tienen opción antes de concebir, no son animales», tronó.

Fiel a su nombre, Democracy Plaza vivía esa noche las discusiones políticas más profundas, pero donde más se habían caldeado los ánimos era frente al hotel Hilton en el que Trump había congregado a sus seguidores. En la puerta, los que no tenían entrada lo celebraban a su manera, abrazados a la Policía de Nueva York, que posaba con ellos para las fotos. Un grupo de hombres que hablaban en ruso se mezclaba con el público vistiendo gorras rojas de 'Make America Great Again' (Volver a hacer grande a EE UU), pero cuando se les preguntaba decían ser suecos.

El desafío de escuchar

Joe Good, un mánager de ventas que se encontraba en viaje de negocios, disfrutaba del espectáculo. «Yo sabía que iba a ganar», decía sonriente. El comercial de Utah aseguraba no tener motivos religiosos. «Le voté porque estoy harto de políticos, ya sean republicanos o demócratas. Han hundido este país. Y sé que no es perfecto, pero me parece mejor que la alternativa. No habría llegado hasta donde está si no tuviera buen juicio. Me gusta hacer apuestas», sonrió.

Su testimonio y el de muchos otros entrevistados avalaban la lectura de las elecciones que hizo dos días después de las elecciones la combativa senadora demócrata Elizabeth Warren. «Parte de lo que pasó el martes fue por la intolerancia y el racismo que Trump ofreció, pero también hubo millones de personas en este país que no le votaron por ese discurso racista, sino a pesar de él. Están cabreados con lo que ocurre, preocupados por el futuro y tienen la esperanza de que él romperá con un sistema que no funciona para ellos, ni económica ni políticamente», explicó en la única entrevista que ha concedido desde las elecciones, con MNSBC.