Diario Sur

Ivama e Ivanka Trump
Ivama e Ivanka Trump / Nieves Sanz/V.G.

Las andanzas ibéricas de las Trump

  • Mucho antes de que Donald llegara a presidente, su hija adolescente desfilaba en Barcelona en ropa interior y su madre 'actuaba' en Madrid con La Fura dels Baus

Allí estaba ella. Bajo una tormenta de fuegos artificiales y en medio de la estridencia visual de un espectáculo de La Fura dels Baus. Impasible, a bordo de un Rolls Royce descapotable. Embutida en un traje de lentejuelas de escote reventón. Con el moño bien cardado y una sonrisa de oreja a oreja. Convertida por una noche en madrina de la inauguración de Las Rozas Village, un 'outlet' a las afueras de Madrid. Ivana Trump, la perfecta metáfora de un centro comercial de lujo en perpetuas rebajas.

«El trato con ella fue superfácil», recuerda un relaciones públicas. «Dijo a todo que sí, colaboró al máximo y no dejó de sonreír». Esto ocurría en el año 2000, o por decirlo de otra manera, en el año 16 a. T. (antes de Trump). Ivana, destacada líder del Club de las Primeras Esposas, ni siquiera se podía barruntar entonces que su exmarido llegaría algún día a presidente de Estados Unidos. De haberlo intuido, tal vez nunca se habría divorciado de él. Ocho meses antes de su sorprendente cameo en un montaje de La Fura, su hija Ivanka también había dejado muy alto el pabellón de los Trump a este lado del océano. Demostró la misma templanza que su madre, aunque no en Madrid sino en Barcelona y en circunstancias opuestas. Ella en lugar de soportar una lluvia de fuego tuvo que salir en ropa interior de un iglú.

Pese a sus rocambolescas apariciones, España siempre ha sentado bien a las Trump. Les resulta un país cálido, divertido y lleno de «hombres muy sexys», ante los que ellas (sobre todo la madre) jamás interpondrían un muro.

Barcelona, una fría noche de finales de enero del año 2000. Paco Flaqué, el padre de la ya legendaria Pasarela Gaudí, baraja nombres de maniquís junto a Josep María Donat, esposo de la diseñadora catalana Totón Comella y copropietario de la firma de ropa interior 'TCN'. «Buscábamos una modelo muy mediática. Más mediática que modelo, para qué engañarnos -recuerda Donat-, una niña bien que desfilara para nuestra firma y diera un impulso publicitario a la marca. Nos ofrecieron a varias candidatas... La última de la lista era la hija de Donald Trump». Y la eligieron. «Quedaba poquísimo tiempo para el desfile y era la única que tenía avión privado. Su representante nos dijo: 'OK. Por el viaje no se preocupen que ella va en el jet de su papá'. Horas después aterrizaba en El Prat.

Rubia, sonrosada, muy alta, pero un poco rellenita para modelo de pasarela, Ivanka era por entonces una estudiante de notables y sobresalientes que acababa de cumplir 18 años. «Ayer estaba en clase, en el instituto de Connecticut donde estudio, y de repente me llamó mi agente diciéndome que tenía un contrato para desfilar en Barcelona. Y aquí estoy», explicaba sorprendida aún por la inesperada y rentabilísima excursión. Se dijo que cobró cinco millones de pesetas (30.000 euros de ahora) por emerger de un iglú en braga y sujetador y desfilar así, en ropa interior y con botas de esquimal, por una pasarela artificialmente nevada. Era la segunda vez que visitaba Barcelona, pero la primera que cobraba por ello.

Criada en el despampanante ático que su madre atesoraba en la torre Trump de Nueva York, junto a vecinas tan célebres como Diana Ross o Liz Taylor, Ivanka parecía predestinada a convertirse en la típica pija insoportable... Sin embargo, nada más lejos de la realidad. Donat la recuerda como «una niña dulce, simpática, humilde, educadísima y entrañable, que no puso ninguna pega ni una mala cara». Los organizadores del desfile la llevaron a cenar a un restaurante «de lo más normal» y la alojaron por una noche en el hotel Arts. «No llevaba guardaespaldas, solo una secretaria», aseguran.

«Trabajo de modelo desde los 16 años. Mi padre nunca me lo ha puesto fácil, quería evitar que me convirtiera en la típica niña consentida. Él es un hombre de disciplina germana -declaró Ivanka entonces, sin sospechar el escalofriante eco que esas palabras tendrían años después- y mi madre es checa, se ha criado en un país comunista y me ha inculcado el sentido de la responsabilidad y el trabajo». Explicó también que pensaba ir a la universidad y dedicarse a los negocios. Y acabó confesando que «el hombre español es tremendamente sexy».

Ocho años después, aquella cándida adolescente volvería a asociar su imagen a la de una marca española al acudir como invitada de honor a la inauguración de la boutique de Pronovias en Manhattan, una fiesta en la que posó para la eternidad abrazada al diseñador Manuel Mota, que cinco años más tarde perdería la vida en trágicas circunstancias. Para entonces, Ivanka lucía hechuras de 'top model'. Pero ya no tenía el menor interés en desfilar. Estaba centrada en llevar las riendas de una firma de joyas diseñadas por ella y otros negocios relacionados con la moda; esos que ahora podrían haber perdido hasta un 30% de volumen de ventas a causa del boicot orquestado por los detractores de su padre.

El cutis, sin tocar

Si hay que acariciar un caballo, dar palmas flamencas o subirse a una calesa, 'no problem'. Pero ponerse un sombrero cordobés ya es otro cantar... «No vaya a chafarme el postizo», debió de pensar su madre, Ivana Trump, cuando a finales de octubre de 2009 aceptó la invitación para viajar a Sevilla como 'celebrity' del Salón Internacional del Caballo. Tomás Terry, el veterano anfitrión de honor del Sicab, la recuerda con cariño. «Fue encantadora y accesible». Silvia Peris, curtida relaciones públicas acostumbrada a lidiar con las estrellonas internacionales, confiesa en cambio que ha las ha visto más educadas... «Ivana se mostró simpática, pero también irascible y, sobre todo, tremendamente calculadora, todo lo traducía a dinero».

Llegó a Sevilla a través de su amiga Viviane Ventura, actriz londinense criada en Colombia, y otra destacada integrante del club internacional de maduritas forradas y aceleradas en el que se desenvuelve Ivana.