Diario Sur

El racismo y la xenofobia rebrotan con la elección de Trump

Miles de personas expresan su rechazo contra Donald Trump en Portland, principal ciudad de Oregón. :: w. gagan / reuters
Miles de personas expresan su rechazo contra Donald Trump en Portland, principal ciudad de Oregón. :: w. gagan / reuters
  • Los miembros de las minorías son hostigados mientras crecen las protestas en las calles contra el futuro presidente

Ocurrió en Gran Bretaña después del 'brexit' y ahora en EE UU con la elección de Donald Trump, el primer presidente que recibió el apoyo oficial del periódico del Ku Klux Klan. La esvástica nazi ha vuelto a los muros, en los colegios aparecen muñecas negras con una soga al cuello y en las paredes han surgido pintadas de 'Make America White Again' (Hagamos que EE UU sea blanco de nuevo). Los que respondieron a su grito de «Let's take back our country» (Recuperemos nuestro país) se han envalentonado con su aplastante victoria y ya no tienen miedo de decir lo que piensan.

En un instituto de Saucon (Pensilvania) los estudiantes blancos gritaban el jueves «Heil Hitler!» y mandaban a sus compañeros negros «a coger algodón». En otro de De Witt (Michigan) impidieron la entrada a los hispanos al grito de «¡Vuélvete a Mexico!» y acorralaron a una chica en la taquilla. En Minneapolis (Minnesota) los baños de otro instituto amanecieron con pintadas de 'Sólo para blancos' y las clases ponía 'Fuera Negros'. Incluso en la Universidad de Nueva York la sala de oraciones para musulmanes apareción con pintadas de 'Trump'. Y la página web neonazi Daily Stormer ha pedido a sus lectores que «hostiguen» a los progresistas que se oponen a Trump para «comerles la moral» y lograr que se suiciden. Algo de eso están logrando, porque las líneas telefónicas de asistencia psicológica para suicidas informan que se ha disparado el número de llamadas.

Toda acción tiene una reacción. Por primera vez la elección de un presidente de EE UU es recibida en las calles con manifestaciones de protesta que, lejos de amainar, cada día son más violentas. Ni siquiera la controvertida elección de George W. Bush, la más reñida de la historia, despertó semejante rechazo.

Las manifestaciones empezaron en Nueva York la misma noche electoral. Al día siguiente se extendieron a las grandes ciudades como Los Ángeles, San Francisco, Seattle y Chicago. Ayer se habían contagiado en mayor o menor medida a todos los núcleos urbanos, incluyendo Gran Rapids (Michigan) y Omaha (Nebraska).

En Portland (Oregón) los anarquistas rompieron escaparates. En Oakland (California) los negros quemaron coches. Y en Baltimore (Maryland) lanzaron 'cócteles molotov'. En número no pasaban de varios miles, pero EE UU tiene poca tolerancia para las revueltas callejeras. Cientos de ellos acabaron ayer en la cárcel, mientras el equipo de Trump se mudaba a la Casa Blanca.

El millonario ya ha elegido a 30 personas de entre sus leales para ocupar los puestos de confianza, notablemente amigos y familiares. Entre ellos sólo hay un afroamericano, el neurocirujano y excandidato presidencial Ben Carson, y ningún hispano. Los grupos de presión de estas minorías hacen lobby para que el nuevo presidente los incluya entre los más de 6.000 puestos que tienen que adjudicar en la Casa Blanca, pero de momento, son los que no han votado por Trump los que les abrazan.

'All you need is love', recordaban ayer las pancartas en Nueva York, parafraseando a John Lennon. La 'Protesta del Amor', convocada en la plaza de Washington Square, tenía como objetivo apoyar a los que estos días sufren temerosos la incertidumbre de su futuro ante un presidente que se ha mofado de los discapacitados, presume de abusar de las mujeres, amenaza con deportar a los inmigrantes ilegales y promete redoblar la vigilancia sobre los musulmanes.

«En las últimas 48 horas he escuchado más historias de estadounidenses aterrados ante su propio Gobierno que en las cinco décadas que llevo en política», dijo en un comunicado Harry Reid, líder de los demócratas en el Senado. «Hispanos que temen que les rompan su familia, afroamericanos hostigados en la calle, musulmanas que no se atreven a salir con el velo puesto, parejas homosexuales a las que insultan. Niños que se despiertan llorando aterrorizados por temor a que Trump les quite a sus padres». La lista de horrores que cita Reid es larga. «Cuando veo a los supremacistas blancos celebrar, mientras estadounidenses inocentes lloran de miedo, no siento que esto sea América», confesó.

Tal vez no es el país que los estadounidenses han idealizado en películas ñoñas de Hollywood, sino el mismo que asesinó a John Kennedy y Martin Luther King. Los Caballeros Blancos del Ku Klux Klan han convocado para el 3 de diciembre un gran desfile de celebración en Carolina del Norte, un Estado en el que Barack Obama y Hillary Clinton se dejaron la piel hasta que se abrieron las urnas, pero que Trump ganó por cinco puntos. El 28% de la población afroamericana mira con desconfianza al 71% de blancos que le ha dado la victoria al multimillonario racista.

Reforma sanitaria

Nadie sabe cuál de los dos Trump que se alternan estos días será el que gobernará. El de la campaña volvió a empuñar el jueves por la noche su cuenta de Twitter para acusar a los medios de comunicación de «incitar» a manifestantes «profesionales», pero al amanecer apareció otra voz más conciliadora que muchos atribuyen a sus colaboradores: «Me encanta la pasión por nuestro gran país que tienen los pequeños grupos que se manifestaron anoche. ¡Nos uniremos y estaremos tan orgullosos!».

Este Trump es también el que concedió ayer su primera entrevista como presidente a 'The Wall St Journal'. «Quiero un país en el que le gente se ame», dijo sin arrepentirse de nada de lo que ha dicho.

Contempla, sin embargo, dejar en pie algunos de los mandatos más populares de la reforma sanitaria, como la obligación de ofrecer seguro a ciudadanos con condiciones preexistentes o la posibilidad de mantener a los hijos en el seguro hasta los 26 años. Pero amenaza con eliminar las restricciones bancarias impuestas tras la crisis de las hipotecas basuras. De momento, ya se ha quitado de encima sin explicaciones al equipo de prensa que tradicionalmente sigue a todas partes a los presidentes. El futuro de Trump y del país es incierto, tan impredecible como ha sido él durante la campaña.