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Cuando Clinton y Trump eran amigos

Cuando Clinton y Trump eran amigos
  • Compartieron fiestas y confidencias y se dedicaron mutuos elogios hasta la pasada campaña

Si hay algo que Hillary Clinton dijo «lamentar profundamente» de esta campaña es el tono rabioso que ha tenido. «¡Tú no tienes la culpa!», le grito una espontánea en Filadelfia. Ella sonrió agradecida, pero no contestó. Quién hubiera dicho que una batalla electoral entre viejos amigos pudiera ser tan enconada.

Cuesta imaginarse que un día los Clinton y Trump fueron amigos y confidentes, pero las fotos de la boda del magnate con su tercera esposa, Melania, dos días después que George W. Bush hubiera jurado el cargo por segunda vez, dan fe de que reían juntos. En realidad era una amistad de conveniencia. Trump tenía dinero, algo muy atractivo para los Clinton, acostumbrados a recaudar fondos de sus amigos para sus campañas electorales y luego para la fundación. Ellos tenían reconocimiento, algo que Trump siempre ha ansiado.

El presidente electo es vulgar, no se le encuentra en la ópera, no hace donaciones a los grandes museos ni se dedica a obras filantrópicas como los Rockefeller. Su fundación sólo servía para comprar sus propios retratos y evadir el pago de impuestos, como investiga el fiscal general de Nueva York.

Cuando en el año 2001 los Clinton abandonaron la Casa Blanca, endeudados y repudiados por perdonar la evasión de impuestos al millonario fugado Marc Rich, cuya esposa les había donado un millón de dólares, se encontraron con Trump. El matrimonio era nuevo en la Gran Manzana. Su situación financiera y los escándalos le impidieron a Bill Clinton alquilar la oficina de 800.000 dólares mensuales en la Torre del Carnegie Hall, por lo que tuvo que resignarse a una de 210.000 dólares en Harlem. El mercado inmobiliario de Manhattan tampoco permite mansiones como a las que estaban acostumbrados después de ocho años en la Casa Blanca, así que compraron una casa a las afueras para que, como residente de Nueva York, la ex primera dama pudiera presentarse al asiento del Senado que había quedado vacante. Trump acababa de descubrir en sus campos de golf la oportunidad de ser aceptado en sociedad.

Allí invitaba al expresidente Clinton, al 'alcalde de América', Rudy Giuliani, que ahora formará parte de su Gobierno, a su sucesor, Michael Bloomberg, que le dio el contrato y la exención de impuestos para un nuevo campo de golf en Ferry Point, y a cuantos políticos influyentes se dejasen agasajar. «¡Me encanta jugar al golf con él!», proclamó Bill Clinton en la CNN en 2012.

Por aquella época sólo tenía halagos para el multimillonario con el que claramente no discutía la política global, pero sí la local. Un mes después de que Hillary Clinton anunciase su candidatura a la Casa Blanca, el expresidente aconsejó al magnate que «jugara un mayor papel en el Partido Republicano», según 'The Washington Post'. Otras fuentes aseguran que en esa conversación 'informal' que se habría llevado a cabo telefónicamente en mayo de 2015, semanas antes de que el millonario anunciase su candidatura, Clinton le animó a que saltase al ruedo. «Tienes mucho que aportar», le habría dicho el bueno de Bill, «un muy buen tipo», corroboraba entonces el multimillonario.

Hasta ese momento a Hillary Clinton la consideraba «una mujer genial», dijo en 2008, «fuerte, simpática, inteligente». Y su marido, «un gran presidente», al que defendía a capa y espada. Él mismo animó a Hillary a presentarse a las elecciones, «mira cómo la han tratado los medios y ella ha aguantado la pelea, es muy trabajadora, una tía dura», escribió con admiración en un 'blog' que abrió en 2008, durante su duelo con Barack Obama.

Los Clinton no le retiraron la palabra cuando volvió sus armas contra el primer presidente afroamericano cuestionando su lugar de nacimiento y su legitimidad. De hecho, Trump acusa a un asesor de Hillary de haber sido el primero en investigar sus orígenes, «pero soy yo quien consiguió que mostrase su certificado de nacimiento», arremetió en uno de los debates.

Contra las mujeres

A Bill Clinton le acusa también de haberle dicho en el campo de golf «cosas mucho peores» que las que se le oye decir a él en la cinta de 'Access Hollywood', cuando presume de meterle mano a las mujeres «por el coño» aunque sean casadas. Le apoyó en el escándalo de Monica Lewinsky. Pero si se acelera la cinta hasta la reciente campaña presidencial, Bill es «un violador» y su esposa «persiguió con saña» a sus víctimas.

Mucho han cambiado las cosas. Trump ya no es demócrata sino republicano. Bloomberg tampoco es republicano sino independiente. El exalcalde y compañero millonario estaba en primera fila de la Convención de Filadelfia que coronó a Hillary Clinton. «Necesitamos a un presidente que sepa resolver problemas, no a alguien que vaya explotando bombas», dijo en favor de la antigua primera dama, mientras se burlaba del hombre que antaño le invitaba a jugar al golf.

Desde que su padre le abofeteaba en público por no ponerse traje de chaqueta cuando le recogía para ir al fútbol, y él se orinaba borracho en camas ajenas, según sus compañeros de universidad, ha buscado desesperadamente el reconocimiento ajeno, ya sea a través de las modelos que le acompañan o de los quilates de oro con los que se abrocha el cinturón de su avión privado. En esta campaña ha perdido la admiración de muchos, pero sobre todo de esos amigos a los que entretenía en su boda -«tenían que ir porque doné dinero a la Fundación y a su campaña del Senado», ha dicho-, pero se ha ganado el fervor incondicional de las masas.

Ivanka y Chelsea

Si su apellido se ha devaluado, su ego ha crecido y de todos la más beneficiada es su hija Ivanka, de la que hasta Hillary Clinton habló con respeto en el segundo debate, cuando les pidieron decir algo positivo el uno del otro. La conoce bien, porque se hizo íntima amiga de su Chelsea, cómplices en el extraño mundo en el que ambas crecieron. A los 16 años Ivanka posaba como modelo en la portada de las revistas, mientras que de Chelsea se burlaban en televisión diciendo que era «tan fea que sólo su padres podían convencer al perro para que jugase con ella».

Ambas conectaron en los actos a los que asistían sus padres y se invitaron a sus respectivas bodas. La maternidad estrechó esa amistad, a la que la campaña dio una pausa, de mutuo acuerdo. Si serán capaces de retomarla está por ver, tanto como la reconciliación del pueblo estadounidense después de estas elecciones de 'reality show' que han roto familias y viejas amistades. Un país dividido al que aguarda un largo camino para volver a ser «los Estados Unidos de América».