Diario Sur

Trump desembarca en Washington

Donald Trump y Barack Obama, con gesto tenso, durante el encuentro que mantuvieron ayer en el Despacho Oval de la Casa Blanca. :: jim watson / afp
Donald Trump y Barack Obama, con gesto tenso, durante el encuentro que mantuvieron ayer en el Despacho Oval de la Casa Blanca. :: jim watson / afp
  • El futuro presidente, que ayer visitó a Obama en la Casa Blanca, promete cumplir sus promesas sobre sanidad e inmigración tan pronto como tome el poder

Como un general triunfante, Donald Trump entró ayer en la capital que ha conquistado con cerca de 60 millones votos. Una vez en Washington, el constructor de rascacielos y casinos empequeñeció ante el peso histórico de la mansión que habitará a partir del 20 de enero. Trump no esperaba ganar, la noche de las elecciones su equipo le dijo que se preparase para perder, así que ayer fue el día en el que la realidad de su victoria le dio caza. También el pueblo estadounidense necesitaba verle en el Despacho Oval para entender la magnitud de lo que ha hecho.

Era la primera vez que se encontraba cara a cara con Barack Obama, el primer presidente afroamericano, cuya legitimidad ha cuestionado al dudar del lugar de su nacimiento, y cuyo legado ha prometido desmantelar en cuanto tome posesión. Minutos después de su primera visita a la Casa Blanca se reunió con los líderes del Congreso para discutir los detalles sobre cómo asesinar su reforma sanitaria.

Nada de eso se discutió en el encuentro privado que mantuvo con Obama, porque «la intención no era resolver sus diferencias en el Despacho Oval, sino facilitar la transición», dijo el portavoz de la Casa Blanca, Josh Earnest. Hace tiempo que Obama siente sobre sus hombros el peso de la historia, por lo que se ha propuesto demostrar al mundo la grandeza de su país mediante este acto de civismo. Como admirador de Nelson Mandela y Martin Luther King, ayer era para él el día de la reconciliación en que EE UU ha comenzado el proceso de cerrar las heridas tras una guerra encarnizada que ha durado año y medio.

El candidato de la esperanza que prometió eliminar las diferencias entre demócratas y republicanos deja tras de sí un país más dividido que nunca, donde poco más de 250.000 votos separan a los dos candidatos, a favor de Hillary Clinton, que ha perdido su lugar en la historia víctima del arcaico sistema electoral. Clinton no hubiera necesitado las explicaciones de Obama ni el paseo por la Casa Blanca que le dio su esposa a Melania Trump.

«Profundo respeto»

Ayer el deslenguado millonario parecía un niño intimidado y abrumado ante un verdadero presidente por el que repentinamente dijo sentir «un gran respeto», confesó con humildad. «Esta reunión iba a durar diez o quince minutos, simplemente nos íbamos a conocer porque nunca nos habíamos encontrado antes, pero ha durado casi hora y media y en lo que a mí respecta podía haber durado mucho más», dijo Trump complacido.

Earnest, que aparenta tener más dificultades que su jefe para aceptar la nueva situación, informó a la prensa de que «dadas las profundas diferencias» entre ambos, el encuentro había ido muy bien. «Se puede decir que ha sido un poquito menos tenso de lo que vosotros esperábais».

Revestido por la autoridad del cargo y la solemnidad del entorno, Obama se permitió ser paternalista e incluso darle consejos sobre cómo manejar a la prensa. «La regla de oro es no contestarles nunca cuando digas que no hay preguntas», le instruyó. A lo que Trump intentó aportar: «Y siempre dicen que es la última».

El magnate, que ha prometido poner coto a la prensa y la acusa de ser «lo más deshonesto del mundo» tuvo ayer su primer encontronazo con ella como presidente electo al intentar evadir a quienes le siguen. La Casa Blanca intentó mediar «pero aparentemente no recibió respuesta», según informó el presidente de la Asociación de Corresponsales, Jeff Mason.

Obama dijo sentirse «alentado» por el interés de Trump en trabajar con su equipo para facilitar la transición que tanto le preocupa, pero por las palabras de Trump los observadores dedujeron que también tenía cosas que decirle, más allá de la cortesía y el protocolo. Según su sucesor discutieron «un montón de situaciones, algunas maravillosas y algunas difíciles». Al actual mandatario le importa qué decir a los líderes mundiales con los que se encontrará en su último viaje al extranjero la semana que viene a Grecia, Alemania y Perú. A juzgar por las prioridades que expuso Trump poco después en el Congreso -sanidad e inmigración- la inquietud de Obama y del mundo están justificadas.

En su primer paseo por el Capitolio el multimillonario prometió ponerse a trabajar en las grandes promesas de su campaña tan pronto llegue al poder, lo que entusiasmó a los líderes republicanos. Desde que perdieron el control del Senado en 2006 durante el Gobierno de George W. Bush no han podido sacar adelante la agenda conservadora, que con la inyección del Tea Party y de Trump ha pasado a ser de extrema derecha. «¿Habrá deportaciones masivas», se preguntaban los hispanos en las calles de Nueva York. Nadie les contestó a eso. Mitch McConnell, líder del Senado, dijo estar «ansioso por ponerse a trabajar» y el presidente del Congreso, Paul Ryan, «entusiasmado» por la de cosas que pueden hacer ahora que tienen el control del poder Ejecutivo y Legislativo.

Este era el primer encuentro del presidente electo con Ryan, quien había retirado a Trump su confianza pero no su voto. El congresista no hizo campaña por él, pero se ha rendido ante su impresionante victoria, arrasando en su estado de Wisconsin, que no había votado republicano desde que Reagan barriese en 1984.

«Ese es el anfiteatro, allí donde están los árboles está el Tesoro y allí la Casa Blanca», le indicaba con el dedo desde su majestuoso balcón del Capitolio. Trump, impresionado con la vista del poder, escuchaba en silencio. «Esto va a ser genial, vamos a hacer un gran trabajo», prometió.