Diario Sur

El senador McCain, irreductible en su oposición a Trump. :: reuters
El senador McCain, irreductible en su oposición a Trump. :: reuters

Los republicanos se unen en torno a su inesperado vencedor

  • Le piden que conserve la cohesión del partido mientras él critica a quienes le insultaban y ahora le ensalzan

Si Donald Trump no hubiera ganado ayer las elecciones, hoy el Partido Republicano se enfrentaría en una guerra civil llena de reproches y acusaciones. Como ganó y además logró una victoria contundente para el Congreso, los barones del partido sólo tenían palabras de agradecimiento. «Nunca pensé que pudiéramos ganar Wisconsin, se lo debemos a Donald Trump», le aclamó el presidente del Congreso, Paul Ryan, que representa a ese estado pero no hizo campaña por él. «Donald Trump escuchó una voz en este país que nadie más había oído», dijo con admiración.

El futuro presidente no le mencionó en sus agradecimientos, porque es muy consciente de quiénes son sus leales. A los que empezaban a volver al redil ayer los irá recibiendo con condescendencia, según los necesite. Ya predijo él mismo que «los políticos son políticos y luego no tienen reparos en venir a abrazarte, a pesar de haber dicho cosas horribles de ti. Yo no podría».

Entre ellos destacaban el anterior candidato presidencial Mitt Romney, que le había llamado 'bully'(matón), misógino y avaricioso. «Mis mejores deseos para el nuevo presidente electo por derecho», escribió en 140 caracteres. «Que su discurso de victoria sea su guía y la preservación del Partido Republicano su objetivo», exhortó.

Recuperar valores

Su rival en las primarias Jeb Bush le ofreció sus oraciones para los próximos meses. Sus padres, que tampoco votaron por Trump, le desearon de nuevo en Twitter que el Cielo le sirva de guía de mandato.

Los votantes sabían que Trump «no ha encontrado a Dios en esta campaña», admitió uno de ellos, Mike David, en un pueblo de Pensilvania, pero saben que esta es su mejor oportunidad para restablecer los valores conservadores que creen haber perdido bajo el Gobierno de Obama.

La victoria de Trump, quien abanderó las dudas sobre la legitimidad de Obama, supone también una victoria para el Tea Party, ala ultraconservadora que desde el 2010 ha ido apoderándose poco a poco del alma del partido de Lincoln y Reagan. Quedan en la cuneta, y a la expectativa de qué hará con su Gobierno los muchos republicanos que prefirieron votar por Clinton. El millonario tendrá que demostrarles que es menos volátil y temerario de lo que dio a entender durante la campaña, o se arriesga a una escisión que hunda las posibilidades electorales del Partido Republicano.

Con la Casa Blanca y las dos cámaras a su favor, el presidente del Congreso anunciaba ayer una agenda para devolver la ilusión a quienes se han alejado de sus filas: «No sólo vamos a reemplazar la ley sanitaria, ¡hay tantas cosas más que me entusiasman! Piensa en los mineros de carbón que han sido despedidos, en los agricultores acosados por la Agencia de Protección Medioambiental, los rancheros a los que acosaba el Departamento de Interior (por pastar y quemar parques naturales) o los taladores de árboles que se habían quedado sin trabajo. ¡Por fin un respiro!».