Diario Sur

Una rebelión contra las élites

Dos pasajeros observan la Estatua de la Libertad desde el ferry de Staten Island. :: Spencer Platt / afp
Dos pasajeros observan la Estatua de la Libertad desde el ferry de Staten Island. :: Spencer Platt / afp
  • En EE UU, como en Reino Unido, Colombia, Valonia o Hungría, los electores han rechazado el 'establishment'

«Vivimos la mejor etapa de la Historia. Pero ese éxito colectivo es compatible con que cada ciudadano tenga una sensación de descontento, y es este descontento el que se proyecta hacia las instituciones». El filósofo y ensayista Javier Gomá explica así las causas del fantasma del populismo que, como escribían Marx y Engels al inicio del 'Manifiesto Comunista', recorre Europa y ha llegado ya a América. En apenas unos meses, los ciudadanos han votado en tres referendos contra la opción que proponía estabilidad: Reino Unido decidió salir de la UE, la pequeña región de Valonia frenó el acuerdo europoeo con Canadá y Colombia rechazó un acuerdo de paz celebrado por líderes de todo el mundo que ponía fin a medio siglo de violencia desatada. Y después de que países como Holanda y Hungría se inclinaran por llevar al Gobierno a partidos de extrema derecha, la ola ya está EE UU.

«Venimos de un mundo en que se daba por sentado que el voto implica un cálculo, una proyección de futuro. Eso se ha acabado. Ahora funciona el voto soberano irritado que dice 'no' mucho más que el que construye alternativa», comenta Daniel Innerarity, catedrático y director del Instituto de Gobernanza Democrática. Esa irritación se asienta en muchas causas, pero la más importante es la crisis económica, que se ha cebado en las clases trabajadora y media-baja. «Estados Unidos se ha recuperado bastante bien, pero las secuelas de la depresión son muy claras y las capas bajas de la sociedad se han quedado atrás», recuerda el historiador Gabriel Tortella. «Eso ha generado un resentimiento y un efecto electoral: que las personas de menos renta y menos formadas son las que votan a quien diga de forma más tajante que va a arreglar su situación. Es una reacción contra el elitismo de los gobernantes», añade.

Ese es uno de los puntos en común entre los casos citados, a los que debe sumarse la amenaza de un fuerte crecimiento de la extrema derecha en Francia, que podría traducirse en otro sobresalto en las presidenciales del próximo mayo. El sociólogo y politólogo Juan Díez Nicolás lo expresa de forma muy gráfica. «En ciudades como Detroit, arruinada por la deslocalización del sector del automóvil, y otras en Europa con problemas similares, no puedes decir que vas a mantener el estado de cosas porque al trabajador que se ha quedado sin empleo no le sirve que la globalización sea buena para el comercio mundial y para el crecimiento de los países pobres. Frente a eso, hay una sociedad nueva de descontentos que vota diciendo 'se van a enterar'. Así surgen los populismos, da igual que sean de izquierdas o de derechas. En realidad, los votos se los lleva el primero que aparezca». Y se los lleva aunque, como advierte con preocupación Innerarity, la oferta de esos populismos sea formalmente democrática pero ignore muchos aspectos fundamentales de lo que una democracia supone. Entre otros, que «no es solo decisión, sino también deliberación sobre los problemas, con la participación de expertos».

Voto del resentimiento

El voto movido por «el resentimiento» -son palabras de Tortella- y no por la reflexión, como pide Innerarity, va a parar así a opciones que buscan culpables fáciles de los problemas actuales: pueden ser los inmigrantes a los que se acusa de quitar el trabajo a los nativos e incrementar los índices de delincuencia, o las instituciones europeas, a las que muchos agricultores británicos responsabilizan de su situación olvidando que durante decenios han recibido cuantiosas subvenciones de Bruselas, sin las cuales habrían tenido que abandonar sus explotaciones. Un voto que en otras ocasiones se emplea para castigar a un líder político concreto, al que echan en cara olvidar los problemas del ciudadano de a pie o haber minimizado el dolor de tantas víctimas para colocarse la medalla de haber terminado con la violencia, como en el caso de Juan Manuel Santos en Colombia.

Sin embargo, aun utilizando muchos argumentos coincidentes, no todos los especialistas consultados están de acuerdo en agrupar estas reacciones de protesta en el mismo apartado. Francisco Aldecoa, titular de la cátedra Jean Monnet de la Comisión Europea, cree que «con un fondo común de crisis económica, estamos ante fenómenos distintos, a los que llamamos populismo porque no sabemos muy bien qué otro nombre darles». A su juicio, una de las pocas similitudes que se hallan en todos estos casos es el perfil del votante de Donald Trump y el de quien votó por la salida de Reino Unido de la UE. También está convencido de que se está produciendo «un voto no racional», pero piensa que la idea del avance de los populismos en Europa «hay que matizarla porque cada realidad nacional es muy distinta».

Mayor conciencia moral

Si se desciende al ámbito invidual a la hora de examinar el voto, aparecen nuevas explicaciones más allá de los clichés del efecto de la crisis y la búsqueda de culpables en los que descargar la irritación cuando no la ira. «Nuestra cultura insiste mucho en los aspectos negativos de las cosas. A veces, más que críticos somos criticones», sostiene Gomá. «Cuando tienes una conciencia mayor de tus derechos percibes que son atropellados en mayor medida. Un malestar así lo que demuestra sobre todo es el progreso moral de la sociedad, que ha alcanzado unos derechos y los reclama, con independencia de que percibamos más lo negativo que lo positivo». Para el también director de la Fundación Juan March, «es importante educarse en el aburrimiento público, confinando las grandes pasiones al ámbito de lo íntimo». Lo contrario supone reclamar proyectos desmedidos a los gobiernos, lo que lleva a apoyar los discursos rupturistas, olvidando que el sistema, ese sistema contra el que se oponen quienes están ganado tanto peso electoral, «a quien más ha beneficiado en los últimos siglos es precisamente a los más vulnerables. Tenemos una democracia de pasiones frías y los corazones calientes piden populismo», concluye.

No es la primera vez que sucede. En los años treinta del siglo pasado, recuerda el historiador Tortella, también se polarizó el voto entre los dos grupos que anunciaban su intención de acabar con el sistema: fascistas y comunistas. «Ahora el mundo ha cambiado», asegura, y ya no se trata de una lucha entre esos dos grupos por llevarse el voto de quienes se rebelan contra las élites políticas, «sino entre populistas de extrema izquierda y populistas de extrema derecha». De momento, el paralelismo con los años treinta se queda ahí y nadie quiere ni imaginar que vaya a prolongarse, porque el fin de aquel enfrentamiento se llamó Segunda Guerra Mundial.