Diario Sur

Un presidente de ficción

Un presidente de ficción

  • Megalómano, arrogante y ridículo, Donald Trump es el magnate de tebeo que ha asombrado a todos al hacerse con las llaves de la Casa Blanca

«Yo no soy un político». Es una de las frases que Donald Trump más ha repetido durante la campaña que determinó ayer su elección como presidente de los Estados Unidos. Ha solido hacerlo abriendo mucho los brazos a la altura de las caderas, como demostrando que iba desarmado, que no tenía nada que ocultar.

«Yo no soy un político», decía Trump. Y a veces añadía un «gracias a Dios», para sí mismo, irónico, a media voz. Por supuesto, no había en esa frase un atisbo de confesión o una captación de benevolencia. Solo había arrogancia y un tosco juego dialéctico consistente en interponerse en el camino de la falacia que él mismo acaba de impulsar. Lo gracioso es que a otro nivel sucedía con la frase algo infrecuente en el discurso de Trump: era verdad.

Cualquier estadounidense que en las últimas tres décadas haya encendido de vez en cuando el televisor sabía que este neoyorquino de setenta años que posee una fortuna de tres mil millones de dólares y sustenta sobre su cabeza un inverosímil peinado de fluctuaciones submarinas no es un político. Es un magnate inmobiliario, una 'celebrity', un provocador o la estrella de 'The Apprentice', un 'reality show' televisivo y presuntamente empresarial en el que en la década pasada se hizo todavía más famoso señalando con el índice a los perdedores y diciéndoles: «Estás despedido».

Con la misma sobreactuación despótica con la que despedía frikis en la tele, Donald Trump ha venido diciendo en los mítines de la campaña electoral que iba a librar al país de una «clase política corrupta» a cuya cabeza situaba a Hillary Clinton. «Yo no soy un político», dijo Trump, una vez más, el pasado lunes, cuando faltaban horas para terminar la campaña, en un mitin celebrado en Florida. «Yo no respondo a los intereses de los donantes, los medios o los grupos de presión. Yo solo respondo ante vosotros».

Sin la veneración que la cultura estadounidense siente hacia el éxito y también hacia la desmesura, es difícil explicar cómo Trump ha conseguido erigirse en una especie de antisistema preocupado por la gente corriente. Al fin y al cabo, si él no es un político tampoco ha sido jamás una persona corriente. Hijo de un empresario del sector inmobiliario que se hizo millonario construyendo y alquilando casas de clase media en Brooklyn, Queens y Staten Island, no había cumplido los treinta cuando, obteniendo una jugosa exención fiscal del Gobierno -o sea, del sistema-, transformó el decrépito hotel Commodore de Nueva York en el flamante Grand Hyatt.

Todo en oro

Fue el comienzo de una carrera arrolladora y grandilocuente. A partir del Grand Hyatt -en cuyo vestíbulo, haciendo gala de una mezcla de humor y megalomanía característica, inauguró el restaurante 'The Trumpets', las trompetas-, Trump comenzó a coleccionar hoteles y casinos. A comienzos de los ochenta ya era rico a escala planetaria y aparecía en las revistas de todo el mundo posando con su primera mujer, Ivana, en su gigantesco ático de la recién construida Torre Trump de Manhattan. Quien haya visto esas fotos las recordará. El tríplex era una sucesión de estancias delirantes en las que todo, absolutamente todo, parecía revestido de oro al menos dos veces, incluida Ivana.

Un detalle: la Torre Trump, el castillo icónico del magnate, se levantó sobre las cenizas de un elegante edificio de los años veinte, el de los almacenes Bonwit Teller, que llegó a tener escaparates decorados por Dalí. Al derruirlo, Trump se comprometió a conservar los valiosos frisos art déco que ornaban la fachada del edificio y donarlos al museo Metropolitan. Sin embargo, las piezas fueron destruidas al comprobar que salvarlas supondría un retraso de semanas para la obra. Trump se justificó diciendo que tampoco tenían «gran mérito artístico».

En aquella época, cuando le preguntaban qué le llevaba a invertir en un negocio, Trump se tocaba la nariz: «Esto es lo único que necesito». Sin embargo, su olfato falló a finales de los ochenta. El proyecto del hotel Taj Mahal de Atlantic City, que iba a ser «la octava maravilla del mundo», terminó siendo una máquina de generar pérdidas. En 1989 la empresa de Trump suspendió pagos y dos años después se declaró en bancarrota. Él consiguió salir a flote reestructurando créditos y renegociando deudas, pero dejó atrás a muchos inversores y contratistas que se fueron a la ruina. No sería la única vez. En sus informaciones sobre aquel hundimiento, la revista 'Time' señaló la solidez de todo lo que rodeaba a Trump aludiendo al cuento del traje nuevo del emperador. A finales de los noventa, Trump se había recuperado y había aprendido a expandirse y diversificar, también a explotar su tirón mediático. A los hoteles y casinos, se le unieron los equipos de fútbol americano y los certámenes de Miss Universo, los programas de televisión y los campos de golf. En 2007 publicó el libro que resume su filosofía, su 'opus magna'. Se titula 'Piensa a lo grande y patea culos en los negocios y en la vida'. Tuvo muy buenas ventas y, aunque lo parezca, no es un libro de humor. Es una especie de 'Arte de la guerra' cruzado de manual de autoayuda en cuya contraportada se define al autor como «la definición exacta de una historia americana de éxito».

Motes ofensivos

Ahora sabemos que esa historia termina en el 1600 de la Avenida Pensilvania, el centro de poder más decisivo del mundo. Preguntarnos cómo algo así ha sido posible conduce a la inquietud y la melancolía. Revisando la campaña electoral da la sensación de que a Donald Trump se le ha permitido dar todas las batallas en el terreno de su propio complejo de superioridad. La suya es una de esas personalidades enfermizas que ocupa todo el espacio, desplazando cualquier otro asunto, haciendo imposible cualquier razonamiento. Darle la palabra a Trump es permitir a Trump hablar de Trump y hacer de Trump. Eso consiste, por ejemplo, en rebatir una idea compleja con un lema coreable o en definir a cada rival y adversario con un mote ofensivo que al instante será festejado de un modo aterrador.

Parece que hay quien confía en que el control y el equilibrio de poderes que caracteriza al sistema americano suavice a Donald Trump. Hay también quien ayer vio en sus primeras palabras tras el recuento de votos un indicio de sentido común. Quién sabe. Pero no está de más recordar que Trump ni siquiera es solo el político agresivo, arrogante, xenófobo e irresponsable que hemos conocido en los últimos meses. Es también, exactamente, el adulto que en abril de 2007 participó en la 23 edición de 'Wrestlemania', un gran evento de esa farsa con anabolizantes que nosotros llamamos 'Pressing Catch'. Su papel consistió en atacar a un rival al que luego afeitó la cabeza, entre aplausos beodos y adolescentes, sobre el ring. Lo llamaron 'La batalla de los multimillonarios'.

No han pasado diez años y aquel hombre que se tiraba al suelo para lanzar golpes falsos de lucha libre es el presidente electo de Estados Unidos. No deja de ser curioso que la pesadilla del sueño americano sea precisamente la irrupción en la realidad de la ficción americana: el supervillano que tiene un rascacielos con su nombre en Manhattan, el matón exitoso del 'High School', entrando en la sala de operaciones de la Casa Blanca con un cubo gigante de 'Diet coke' y exclamando frente a un mapa si en serio hay tantos países en el mundo.