Diario Sur

La marca Trump se devalúa en Nueva York

  • Los inquilinos de la torre del magnate quieren cambiar el nombre al inmueble, aunque un contrato les obliga a mantenerlo

Vivir en un edificio Trump era, hasta hace poco, símbolo de lujo y poder, aunque no necesariamente de elegancia. Trump Corporation cobraba por poner su nombre en hoteles, casinos resorts y rascacielos de todo tipo. Antes de estas elecciones, Donald Trump adjudicaba a su marca un valor de 2.000 millones de dólares (1.815 millones de euros), pero su mensaje electoral le ha robado clientes y votos. Ayer, en los edificios de Trump Place donde correspondía instalar un colegio electoral, los votantes de mayoría demócrata se retorcían ante la ironía de tener que pasar por debajo del cartel dorado de Trump para votar por Hillary Clinton. Los vecinos incluso han recogido firmas para cambiarle el nombre.

«Es la última ironía de esta horrible campaña», se mortificaba Rusty Iodice, un 'broker' de seguros de 49 años que ayer, por primera vez en su vida, votó en las presidenciales por un presidente demócrata. «Es horrible haber tenido tan malas opciones», suspiró.

La cola daba la vuelta a la manzana. La supervisora de ese colegio electoral, en el 180 de Riverside Boulevard, estaba segura de que batirían récords. «Estas son unas elecciones como ninguna otra», insistió Agnes Nichols, que lleva más de 30 años coordinando ese centro de votación en los bajos señoriales de Trump Place. «Será de Trump, pero te aseguro que más del 90% de los votos irán para Hillary», se consolaba el 'broker' de seguros, que no puede soportar al candidato de su partido. «Es demasiado volátil. Hillary no me inspira nada pero por lo menos es predecible. Trump no sabe nada de los temas ni tiene interés en saberlo. No es un líder, sino un 'showman'».

El candidato republicano no vive muy lejos de allí, «en Midtown», puntualiza Iodice con desprecio, pero los vecinos de Trump Place se sienten más cerca de los sofisticados suburbios de Wechester County, donde tienen su casa los Clinton. «Esto es el Upper West Side», aclara Iodice con orgullo.

Por su lado pasa a toda velocidad con un café en la mano una mujer «de más de 50 años» que no quiere ni dar su nombre. Tras insistirle, decide ella misma que para esta entrevista se llamará Mora Smith. «Si se enteran de lo que he votado me matan», susurra mirando a la cola con el rabillo del ojo. A ella misma le cuesta trabajo decirlo: «No he votado por Hillary», avanza misteriosa. Por proceso de eliminación se llega hasta Trump. No es fan suyo, pero no soporta a Clinton y, como lo que más le importa en estas elecciones es oponerse al aborto, cree que no tenía otra opción. Con todo, es de las que ha firmado la petición de los vecinos para quitar el cartel dorado que preside la entrada de su edificio. «Tenía un comprador al que le encantaba mi piso pero se rajó porque se sentía incapaz de vivir en un edificio de Trump», explicó ofuscada. «Eso habla de lo irracional que se ha vuelto la gente en estas elecciones, porque Trump puede ser un idiota pero ni siquiera es propietario de este edificio».

Cláusula con caducidad

Unos 400 vecinos firmaron la petición para que el portero de gabardina y guantes blancos dejara de llevar el nombre de Trump en la gorra y desapareciera hasta de los felpudos, pero resultó que el magnate había incluido una cláusula en el contrato con Equity Residencial que impide quitar su apellido durante el número de años convenido. «Lo estudiaremos cuando expire», dijo la inmobiliaria.

Como el movimiento que Trump dice haber creado no es inclusivo, muchos sienten que tampoco tienen sitio en sus edificios. El organizador de torneos de golf PGA Tour ha cambiado su resort de El Doral en Miami por otro en la Ciudad de México, mientras Nascar y ESPN han buscado otras instalaciones para sus banquetes anuales.

El cocinero español José Andrés, que se había comprometido a montar el restaurante en su nuevo hotel de la avenida Pensilvania en Washington, ha preferido ir a los tribunales, donde Trump le reclama diez millones de dólares (9,1 millones de euros) por incumplimiento de contrato. Michelle Stern, directora de márketing de una firma financiera que vive en el piso doce de Trump Place, intentó utilizar esa devaluación de marca para que le bajaran el alquiler, «pero no hubo suerte», admite. «Antes simplemente era un personaje vulgar, pero ahora sus posiciones contra los inmigrantes y las mujeres me parecen un insulto», le dijo a la empresa que le alquila.

Al matrimonio argentino que componen Nicolás y Andrea Kicillof le parecía aún más irónico que la primera vez que puede votar en unas presidenciales de EE UU tenga que ser en Trump Place, pero ambos lo aceptaban con la tolerancia de sus ideas. «Bueno, seguro que también hay buena gente que se apellide Trump», se consolaban.

Esos son los que llevan a cuestas el mayor sambenito. «Cada vez que me presento la gente me mira mal y asume que soy votante de Trump», confía Maxine Trump. La directora de cine acabó buscando a otros Trump para unirse en el grupo Trumps contra Trump, donde desahogan la maldición de estar relacionados para siempre con alguien cuyos valores no comparten. Esta Trump incluso ha grabado un pequeño documental. «Cuando te asociaban con ser familia de un multimillonario tenía su gracia. Luego, con una estrella de televisión, pero ahora, ¿con un racista? Me incomoda mucho, nunca pensé que fuera a ganar las primarias, a vencer a alguien como Jeb Bush y llegar hasta aquí. Necesito echarle humor al asunto».