Diario Sur

La herida racial supura

Tory Russell, en la barbería de Easy, punto de encuentro de la comunidad negra de Ferguson. :: sigrid nygaard
Tory Russell, en la barbería de Easy, punto de encuentro de la comunidad negra de Ferguson. :: sigrid nygaard
  • Recorrido por las calles de Ferguson, la ciudad de Misuri que se hartó de la brutalidad policial con el asesinato de Michael Brown

Tory Russell lleva tatuadas las calles de Ferguson en la memoria como heridas de guerra. «Aquí es donde me dejé las huellas dactilares», dice mostrando las yemas gastadas de los dedos. «Cogí una lata de gases lacrimógenos que nos cayó a los pies y la lancé de vuelta». Más allá, en una parcela donde ahora sólo crece la hierba, «estaba la tienda que quemaron porque la gente pensó que eran los que habían denunciado a Michael Brown».

Entre los rescoldos de este suburbio de St. Louis que hace dos años se levantó en armas ardió también el miedo atávico y cogió vuelo un movimiento de protesta contra la brutalidad policial que planea por las redes sociales con la etiqueta #BlackLivesMatter. Hay un antes y un después de Ferguson, el Selma de nuestra era que aún busca eco en Washington. Atrás queda el miedo con el que Russell se niega a volver a vivir. Esa noche de hace casi dos años en la que un gran jurado exoneró al policía blanco que le metió seis tiros a Michael Brown, desarmado y con las manos en alto, los jóvenes de Ferguson y los que habían llegado de todo el país no sólo dejaron escapar la ira ancestral de dos siglos y medio de esclavitud y subyugación. También ardió el miedo que los paralizaba cada vez que se acercaba un policía o los acusaba un blanco. «Ahora que sé lo que es vivir sin miedo no pienso volver a él», sentencia lapidario.

Mientras Martin Luther King daba su famoso discurso del «I have a dream», Malcom X advertía en 'The Ballot or The Bullet' (La papeleta o la bala) de que si el Gobierno les negaba la total igualdad tendrían que coger las armas. Después de que le haya fallado el candidato de la esperanza, Russell ya sólo cree en las balas. «¿Quién nos va a salvar, Obama? ¿Trump? ¿Hillary? Todavía estamos esperando a que venga a Ferguson el primer presidente negro», se lamenta con amargura.

Russell ha perdido la cuenta de cuántas veces estuvo en la cárcel. Parado por insignificantes faltas de tráfico, ni se sabe. La Policía de Ferguson se había convertido en el recaudador del condado «en lugar de servir a las necesidades de seguridad pública», determinó la investigación federal que se ocupó del clima de racismo y violaciones de los derechos civiles que rodeó la muerte de Michael Brown. «Los afroamericanos sufrieron desproporcionadamente ese impacto en casi todas las formas en las que se aplicaba la ley. Pese a ser el 67% de la población, eran el 85% de los arrestos de tráfico y el 93% de todas las detenciones».

A los 38 años, Russell vuelve a tener carné, pero se pasó diez sin poder conducir legalmente, en un suburbio donde hasta hace poco sólo había dos tiendas de alimentación para los 21.000 habitantes de Ferguson. «Se me acumularon las multas y no las podía pagar. La Policía está aquí para asegurarse de que los negros no subimos a las casas de los blancos». El barrio de las mansiones está a sólo unos minutos de los apartamentos en los que vivía Michael Brown, pero, hasta que su muerte los hizo libres, Russell seguía la norma no escrita de no conducir nunca por esas calles de amplios jardines bien cuidados. El reducto de población blanca que hasta los 80 era la inmensa mayoría de esta bonita ciudad a las afueras de St. Louis ha perdido fuerza numérica, pero apenas empieza a soltar el poder. En 1980 los blancos suponían el 85%. Cuando a Brown lo cosieron a balazos en pleno día, los afroamericanos eran ya el 67%, pero sólo había un concejal negro. La Policía era 94% blanca.

El cuerpo del joven desarmado con una bala en la frente quedó tendido en la calle durante cuatro horas, en pleno día de agosto. Era como los cadáveres de los fugados que flotaban por el Misisipi. Para someter a una población numéricamente superior hace falta tener la ley de tu parte y el miedo en la piel. Hasta que lo prohibió el Supremo en 1948, los negros no podían vivir en estas áreas residenciales. Estaban condenados a los guetos de St. Louis. Después, las normas urbanísticas se encargaron de ponérselo difícil, requiriendo para construir amplias parcelas con zonas verdes en las que no había cabida para complejos de apartamentos como el de Brown. Todavía hoy sólo hay ocho en todo Ferguson. El resto son casas modestas de las familias afroamericanas que se mudaron al progresar en años recientes. La crisis de las hipotecas basura dio un zarpazo a su 'sueño', pero no salieron a las calles a protestar por el veredicto de Michael Brown.

«Durante mucho tiempo he querido escapar al 'sueño', para doblarme el país sobre la cabeza como una manta», escribe el premiado autor Ta-Nehisi Coates en la carta a su hijo adolescente que llamó 'Entre el mundo y yo'. «Pero sé que eso nunca ha sido una opción, porque el 'sueño' descansa sobre nuestras espaldas, sobre la cama que han hecho con nuestros cuerpos. Y sabiendo que el 'sueño' persiste, por la guerra con el mundo conocido, me dio tristeza pensar en todas esas familias. Me sentí triste por mi país, pero sobre todo por ti. Fue la semana en la que supimos que los asesinos de Michael Brown quedarían libres. Los hombres que le habían dejado en la calle como una declaración de su poder inviolable nunca serían castigados. Y no es que yo tuviera otra expectativa, pero tú aún creías». «Te quedaste hasta las once esa noche esperando el anuncio de los cargos y, cuando se supo que no habría ninguno, dijiste: 'Me tengo que ir'. Y te marchaste a tu habitación, donde te oí llorar. Llegué cinco minutos después, no te abracé, no te reconforté, porque pensé que estaría mal hacerlo. No te dije que todo iría bien, porque nunca he creído que vaya a ir bien. Lo que te dije es lo que tus abuelos intentaron decirme: que este es tu país, que este es tu mundo, que este es tu cuerpo, y que tienes que encontrar la manera de vivir en él».

De funeral en funeral

Inclinada sobre la mesa de un café, Julie Davis contesta sin saberlo a la recomendación paterna del periodista de 'The Atlantic'. «¿Y qué hago, me lo pinto?», espeta con rabia. Russell lleva puesta una camiseta negra de 'Los defensores del sueño', pero ni siquiera él está muy seguro de que le quede un sueño que defender. Cuando vio morir a Michael Brown dejó la Organización por la Lucha Negra para fundar Manos Arriba. Ha pasado dos años de funeral en funeral, descargando la rabia en las calles de Nueva York donde cayó Eric Garner de una llave en el cuello. «Esto se acaba aquí», se rebeló aquel grandullón de Staten Island, acosado por vender cigarrillos sueltos. Dejó viuda y seis hijos.

Russell también estuvo en las calles de Cleveland cuando la Policía mató a Tamir Rice, un niño de 12 años que jugaba en el parque con una pistola de aire comprimido. Sandra Bland, ahorcada en una celda de Texas tras ser detenida con violencia por no apagar un cigarrillo en su propio coche. Alton Sterling, que vendía discos en una calle de Baton Rouge cuando un policía le pegó tres tiros. Philando Castille, de Minnesota, cuya novia transmitió su muerte en directo por Facebook Life desde dentro del coche. «La Policía acaba de matar a mi novio sin razón aparente», dijo antes de que la detuvieran. Freddie Gray, que salió del furgón con el cuello roto y las horas contadas. Baltimore no había visto semejantes disturbios desde el asesinato de Martin Luther King. El 'sueño' había vuelto a morir.

No hay páginas para completar la lista. En los días que siguieron a los disturbios, los líderes de Ferguson entrenaron a 10.000 activistas de todo el país para exportar la indignación y crear un movimiento, pero mientras algunos de ellos aceptaron reunirse con Obama en la Casa Blanca «bajo sus condiciones», Russell contestó a la llamada con una súplica que debió de sonar a desafío: «Dile a Obama que venga él a Ferguson». En esta zona cero del movimiento no hay compromiso. «Déjaselo claro a la gente», advierte Julie con irritación. «Black Lives Matter es un hashtag de Twitter. Esto es Ferguson. Ahora somos libres y no vamos a bajar la cabeza».

La noche antes Russell discutía con sus hermanos de 'plantación' qué hará la próxima vez que le pare la Policía. «No voy a dejar que me maten. Le meteré un empujón con la puerta del coche, le quitaré la pistola y saldré corriendo con ella. Tengo dos hijos y quiero volver a casa. Un día quiero ser profesor de historia». De nada sirve explicarle que su atajo es el camino más corto para que le maten. Su plan se basa en que el agente ya no tendrá pistola porque se la habrá arrebatado, pero Wesley Bell, un juez afroamericano y profesor de Derecho que ha sido elegido concejal tras los disturbios de Ferguson, recuerda que los policías están entrenados para que eso no pase. «Si tuviera que apostar, pondría mi dinero en el policía».

Su estrategia de bajar la cabeza y enseñar el carné ya no es viable para los que dicen haber probado las mieles de la libertad. «'Yes, sir. No, sir'». ¿Acaso le sirvió de algo a Philando Castille?», espeta Julie. Castille era un joven ejemplar que trabajaba en el Distrito Escolar, pero la Policía le había parado por infracciones menores de tráfico en 52 ocasiones. «¿Y a Tamir Rice? Tardaron 45 segundos en matarlo». No hay palabras para refutarle cada caso. Sólo en 2015 la Policía de EE UU mató a 102 negros desarmados. Las cámaras y las redes sociales son la pólvora con la que arde la indignación. La historia de 250 años de esclavitud y 60 de segregación, los explosivos de heridas sin cerrar en los que se sienta el país.

El padre de Russell nació de una violación, como su abuelo. A su tío lo mató la Policía a tiros por robar comida de un tren, porque hasta 1985 las fuerzas de seguridad podían usar fuerza letal aunque el delincuente no supusiera una amenaza. Estas elecciones no va a votar. «La gente negra como yo votó por Obama en riadas. ¿Habría sido mucho pedir que viniera a Ferguson? No, nos llamó gamberros. Eso me dolió. No siente la menor empatía por alguien como yo, porque a él lo crió una familia de blancos. Sólo ha derramado lágrimas por los niños blancos de Sandy Hook, no por los que mueren todas las semanas en Chicago».

Espacio de debate

Y mientras Obama y otros políticos se toman la foto en la barbería de Carolina del Sur cuando hacen campaña en primarias, la vida de Russell y su comunidad está en este local de West Florissan donde nos cita. «Aquí es donde debatimos en la comunidad negra. Donde analizamos nuestros problemas. Easy», dice mirando al barbero; «es el que me da consejos. Si no fuera por él ya me habría ido de aquí». No tiene esperanzas en el sistema. Ha dejado Hands Up y ahora busca unir a los negros del mundo, reclamar atención internacional. «Si esto pasara en cualquier otro país habría al menos declaraciones de condena. Aquí nos siguen matando sin que nadie diga nada».

Han pasado muchas cosas en estos dos años desde que Ferguson sacudió la conciencia nacional. Ahora la mitad de los concejales son afroamericanos. Hay un jefe de Policía negro que intenta congraciarse con sus habitantes patrullando a pie los edificios de apartamentos y el Ayuntamiento dice haber encontrado otras fórmulas de recaudación que no sean las multas de tráfico. «La frase 'reforma policial' está de moda y ha atraído la atención presidencial y de la calle», le dice Ta-Nehisi Coates a su hijo, en ese libro pequeñito que ha puesto en prosa poética el dolor soterrado. «Puede que hayas oído hablar de la diversidad, del entrenamiento para sensibilizarlos, de las cámaras en los uniformes. Todo eso está bien y es aplicable, pero resta importancia a la tarea y permite a los ciudadanos de este país pretender que hay una distancia real entre su propia actitud y la de los que designan para protegerlos. La verdad es que la Policía refleja a Estados Unidos en toda su voluntad y su miedo».

afroamericanos desarmados murieron por acciones de la Policía sólo en 2015.