Diario Sur

Valonia cede y la UE salva el acuerdo comercial con Canadá

«Fumata blanca», proclamó en Twitter la comisaria de Comercio, Cecilia Malmström. Las autoridades belgas anunciaban que su país dejaría ser el único obstáculo para firmar el acuerdo de libre comercio entre la UE y Canadá (CETA, por sus siglas en inglés) que precisamente debía haberse ratificado ayer con las alharacas protocolarias que este tipo de actos conlleva, sobre todo si logra la creación de decenas de miles de empleos y 12.000 millones de impacto en el PIB europeo, según las estimaciones oficiales. Ayer, los valones dejaron de ponerse flamencos y sólo falta por saber la fecha para que el primer ministro de Canadá, Justin Trudeau, viaje a Bruselas a firmar el CETA con todas las garantías.

«Victoria. Gracias a vosotros tenemos grandes beneficios para los valones y los europeos», se felicitaba también en Twitter el socialista Paul Magnette, el ministro-presidente de una región, la francófona y sureña Valonia, que ha puesto en jaque a toda la UE pese a tener sólo 3,5 de los 508 millones de habitantes del club de clubes. Ha comenzado la batalla del relato para vender lo logrado casi como un hito, como el imposible. Si no es capaz de hacerlo, la imagen de Valonia y de Bélgica en general volverá a quedar muy tocada. En la UE no son pocos los políticos que han vertidos durísimas críticas asegurando que el Parlamento de Valonia tenía «secuestrada» al resto de Europa.

Lo ocurrido servirá, sin duda, como un toque de atención para que la UE afronte este tipo de acuerdos tan relevantes de una forma diferente. Porque ahora el problema se ha llamado Valonia pero mañana podría llamarse Tribunal Constitucional alemán o de algún otro modo. Fue la Comisión, por exigencia del Consejo (países), la que decidió que fuese un acuerdo mixto, que por lo tanto debía ser ratificado por todos los Estados. Y si uno decía que no, no había CETA. Así ha sido. El Gobierno federal belga quería, pero uno de sus parlamentos regionales no, y sin el plácet de todos no podía dar luz verde por mucho que los otros 504 millones de europeos y los 35 de canadienses hubieran dicho ya que sí.