Diario Sur

Trump reconforta a sus fanáticos

  • El millonario sale 'vivo' del segundo debate con Clinton mientras el aparato republicano se distancia de él para salvar las legislativas

Media hora después de que comenzara el segundo debate presidencial en la Universidad de Washington, en St. Louis (Missouri), el expresidente del Partido Republicano Michael Steel tuiteó la foto de una explosión nuclear. Donald Trump hacía entonces las delicias de sus seguidores echándole en cara a Hillary Clinton todo lo que los extremistas conservadores dicen de ella, en tropel, sin orden ni concierto, pero la derecha moderada seguía viendo al millonario arrogante, incapaz de formular una política coherente, que ha robado el alma conservadora del partido de Lincoln y Reagan.

Así las cosas, el presidente del Congreso, Paul Ryan, convocó ayer a los barones del partido por teleconferencia y anunció que no volverá a defender a Donald Trump ni a hacer campaña por él. Aclaró que no le retira oficialmente su apoyo, pero a partir de ahora se dedicará a salvar los muebles. O más bien los escaños de la Cámara Baja. A juzgar por lo rápido que ha caído en las encuestas desde que salió a la luz un vídeo en el que farda groseramente de meter mano a las mujeres, muchos temen que Trump arrastre consigo al partido si se va a pique en las elecciones. Y eso es algo que Ryan no puede permitir, porque le va en ello su puesto de trabajo.

La respuesta de Trump no se hizo esperar. «Ryan debería dedicar más tiempo a equilibrar los presupuestos, crear empleo y combatir la inmigración ilegal en lugar de atacar al candidato republicano», tuiteó.

Ambos seguían caminos diferentes. A Trump nunca le ha interesado el aparato del partido ni la agenda de sus barones. Es parte de su atractivo. Quienes creyeron que podrían doblegarle una vez que se alzase con la nominación saben ya que se equivocaron. Trump es indomable, díscolo y soberbio. Sus seguidores lo admiran por ello. Ahora es también un animal herido que da zarpazos a diestro y siniestro en su desenfrenada carrera por la presidencia. No hay duda de que en los 28 días que faltan para las elecciones se conocerán más embarazosas grabaciones. Ryan no quiere estar en el ojo público cada vez que salga una nueva grosería de la boca del magnate. Mejor dedicarse a salvar el poder y el alma del partido.

Corto y largo plazo

Los críticos, esos mismos que nunca creyeron que Trump pudiera ganar las primarias del partido conservador, escriben ya su epitafio. «Con las docenas de deserciones que ha tenido durante el fin de semana ahora parece inevitable que pierda las elecciones», escribió ayer James Hohmann en 'The Washington Post'. «La pregunta a corto plazo es lo gorda que será la derrota. Y la de largo plazo, cuánto daño hace a la marca de su partido adoptivo».

Le daba la razón la última encuesta de NBC y 'The Wall Street Journal', en la que por primera vez desde las convenciones Clinton aventaja a Trump en once puntos. Incluso con el libertario Gary Johnson y la candidata del Partido Verde, Jill Stein, en juego, Clinton gana por 46% frente al 35% de su oponente.

Con todo, algo debieron de ver en su actuación del domingo los políticos que nunca han sido fans del empresario pero han decidido darle una oportunidad a estas alturas de la partida. «No podemos caer en el pánico», rogó el congresista Peter King. «Recordad que éstas son unas elecciones como ninguna otra».

En ese debate en el que no se dieron ni la mano, Clinton recordó a su vial que necesitaba hacer «cualquier cosa» para no hablar de cómo le explota la campaña «y cómo te están abandonando los republicanos», pero fue el único gancho que se permitió soltarle. Se trataba de hacer un ejercicio de contención con el que ganarse a los moderados republicanos que desaprueban las maneras de Trump. Él les recordó que tenerla a ella en el poder sería volver al secretismo y la arrogancia de quien se instala su propio servidor de correo privador para evitar el ojo público y entrega sólo los emails que le convienen. Y los «malos tratos» comerciales que según sus cuentas han dejado ya un déficit de 800.000 millones en la balanza comercial y su falta de voluntad para poner freno a la inmigración.

«Charla de vestuarios»

El magnate se disculpó, sin mucha convicción, por las vulgaridades que considera «jerga de vestuarios» y sin pausa alguna prometió que acabaría con el Estado Islámico (EI). «Cuando tenemos un mundo en el que el EI corta cabezas, donde realmente ahogan a la gente en jaulas de acero (sic), guerras y horribles, horribles luchas por todas partes, ocurren tantas cosas malas. Sí, estoy avergonzado (que no necesariamente arrepentido), pero es charla de vestuarios. Yo golpearé en el corazón al EI. Voy a derrotarlo».

Ésa fue la defensa incongruente de un candidato presidencial que promete meter a su rival en la cárcel si gana las elecciones y que, sin embargo, fue alabado por su pareja electoral como alguien que sabe revolverse y luchar. «Demostró que lleva al pueblo americano en el corazón», suspiró su 'vicepresidente', Mike Pence, al que paradójicamente desautorizó en su opinión de parar los pies a Rusia. «No hemos hablado y estoy en desacuerdo», dijo Trump del hombre con el que pretende gobernar. Pence sabe bailar a su alrededor al gusto de sus seguidores. «Donald Trump encarna el espíritu americano de hombre fuerte, independiente, amante de la libertad, que lucha por lo que cree», lo aduló ayer.

Es ese otro Donald Trump al que ven sus votantes, dispuestos a perdonarle lo que haga falta para sentarleoen la Casa Blanca. Está tan convencido de que son muchos más de los que miden las encuestas «sesgadas» que su única misión de aquí al 8 de noviembre es motivarlos con su libertinaje provocador para que salgan a votar como nunca. «Soy vuestra voz», les dice. «Hagamos que América vuelva a ser grande».