Diario Sur

Vladímir Putin, en una visita reciente a una reserva natural. En las fotos inferiores, un Tupolev-160 ruso y un submarino nuclear de la Armada de este mismo país.
Vladímir Putin, en una visita reciente a una reserva natural. En las fotos inferiores, un Tupolev-160 ruso y un submarino nuclear de la Armada de este mismo país. / EFE / AFP

El comandante Putin pone al mundo en estado de alerta

  • Sus detractores creen que persigue crear un estado de «emergencia» permanente que le permita perpetuarse en el poder

La interceptación de dos bombarderos rusos cuando se encontraban prácticamente sobre Bilbao, después de cruzar sin permiso toda Europa, y la revelación de que un submarino nuclear de la Armada rusa se escondía bajo las aguas del golfo de Vizcaya han puesto en evidencia para la opinión pública una actitud de provocación y exhibicionismo, bien conocida por las autoridades políticas y militares de los países occidentales, que la Rusia de Putin lleva a cabo desde hace tiempo. ¿Cuál es el objetivo que mueve a Putin a crear un ambiente que comienza a recordar a la Guerra Fría?

Vladímir Putin, antiguo coronel del Comité de Seguridad del Estado (KGB), irrumpió hace 17 años como líder supremo de su país y lo hizo a lomos de la guerra. Su predecesor, Boris Yeltsin, le entregó el poder para que aplastara la insurrección en Chechenia. Después, ya rodeado de sus antiguos camaradas, 'chequistas' como él, continuó la inercia belicista.

Siempre le obsesionó la idea de una Rusia «fuerte», aunque sobre todo en términos militares más que económicos, y cree que Occidente sigue siendo el enemigo, como en los tiempos de la Unión Soviética. Lleva enfrentado a Estados Unidos y a la OTAN desde el primer momento de su aparición en escena. Distintas, según él, han sido las motivaciones: la ampliación de la OTAN hacia el este, el despliegue del escudo antimisiles, las sanciones por la anexión a Rusia de Crimea y el conflicto en Ucrania, y ahora las discrepancias en torno a la guerra en Siria, a la que Rusia se incorporó hace justo un año.

Putin está convencido de que Estados Unidos y la Unión Europea «emplean todos los medios a su alcance para contener a Rusia» y que para ello aplican «desde los intentos de aislamiento político y la presión económica hasta la guerra informativa y los recursos de los servicios de inteligencia».

Nueva provocación

Estima, al mismo tiempo, que «la desintegración de la URSS fue una catástrofe» y, desde que llegó al Kremlin, no ha hecho otra cosa sino tratar de recuperar la influencia perdida por Moscú en el mundo tras el derrumbamiento del régimen comunista. Con tal propósito, rearma a su Ejército, reabre bases en el extranjero y extiende cada vez más el radio de sus intimidatorias misiones de patrullaje del espacio aéreo y las aguas internacionales. La última provocación, después de que dos bombarderos estratégicos Tupolev-160 llegaran el mes pasado hasta las inmediaciones de Bilbao, ha tenido lugar esta semana en Finlandia y la han protagonizado aviones de combate Sujói-27.

Putin sostiene que no fue su país el primero en transgredir los acuerdos sobre los que se sustentaba el orden internacional surgido tras la II Guerra Mundial. En sendos discursos pronunciados, en febrero de 2007 en Múnich, y en octubre de 2014 en Sochi, en el marco del Foro de Valdái, Putin acusó a los americanos y a sus aliados de intervenir en Irak sin motivos y sin mandato de la ONU, de arrancar Kosovo a Serbia, de aproximar la OTAN a las fronteras de Rusia, de instigar las 'primaveras árabes' y de irrumpir en el patio de trasero de Rusia. Primero en Georgia y después en Ucrania.

El mandatario ruso no se cansa de repetir que la revuelta popular ucraniana del Maidán se teledirigió desde Estados Unidos y la Unión Europea y que la anexión de Crimea y la sublevación separatista en Lugansk y Donetsk fueron las consecuencias de tal injerencia. De ahí que Moscú exija acabar con estas prácticas en lo que considera sus 'zonas de influencia', sobre todo Ucrania, origen del Estado ruso. Insta para ello a negociar un «nuevo orden mundial». De lo contrario, amenaza con una guerra global con empleo del arma atómica.

La posibilidad de una guerra nuclear es uno los elementos que forman parte de la actual propaganda antioccidental atizada por los medios oficiales de comunicación rusos. Tal riesgo se ve por una parte de la sociedad rusa como algo asumible, casi inevitable e incluso necesario, ya que, según los especialistas próximos al Kremlin, Rusia estaría en condiciones de ganar esa contienda.

El mes pasado, en su discurso ante la Asamblea General de Naciones Unidas, el presidente norteamericano, Barack Obama, denunció la política de su homólogo ruso. «En un mundo que ha dejado atrás la era de los imperios, vemos cómo Rusia intenta recuperar por la fuerza su pasada gloria». aseguró. Añadió que «si Rusia continúa interfiriendo en los asuntos internos de sus vecinos, eso podrá ser popular entre su población, podrá atizar el fervor nacionalista por algún tiempo. Pero, con el paso del tiempo, también va a disminuir su estatura y hacer que sus fronteras sean menos seguras».

Al opositor ruso Guennadi Gudkov, que perdió su escaño de diputado por acudir a una manifestación en contra de Putin, no le cabe la menor duda en cuanto a que «agitando el fantasma de la amenaza externa y presentado el país como una fortaleza asediada, Putin ha convertido ahora Rusia en un inmenso cuartel». A su juicio, «esto va a ser el mecanismo para perpetuarse en el poder».

Su jefe de filas, el líder de la formación liberal Yábloko, Grigori Yavlinski, insiste en que «el mantenimiento permanente de una situación de emergencia es el caldo de cultivo que necesita Putin para incrementar la arbitrariedad, el autoritarismo, la represión, el culto a su personalidad y para conseguir un contexto de fuerza mayor en las próximas elecciones presidenciales que le garanticen la reelección». Yavlinski advierte, no obstante, que tal política conlleva el enorme peligro de desatar una guerra mundial.