Diario Sur

Orban usa a los refugiados como arma

Miles de personas asistieron ayer a una protesta contra la UE ante el Parlamento de Budapest.
Miles de personas asistieron ayer a una protesta contra la UE ante el Parlamento de Budapest. / A. K. / AFP
  • El polémico primer ministro húngaro lanza un nuevo órdago a la Unión Europea con el referéndum sobre las cuotas de asilo

Hoy, 2 de octubre de 2016, la Unión Europea volverá a perder otro referéndum celebrado sobre ella en uno de sus miembros. En julio de 2015 fue el de Grecia; el pasado abril, el de Holanda sobre Ucrania; el 23 de junio, el del 'brexit'... Y hoy, el de Hungría. Porque la victoria antieuropea está garantizada salvo sorpresa mayúscula. «¿Quiere que la Unión Europea tenga derecho a imponer la acogida obligatoria de ciudadanos no húngaros en Hungría sin el consentimiento del Parlamento?». Obviamente, saldrá 'no'. A preguntas trampa, respuestas populistas. Es el sino de una Europa sumida en «una crisis existencial» en la que el primer ministro húngaro, el polémico Viktor Orban, perteneciente a la familia del PP europeo, sabe desenvolverse con enorme soltura para irritación del Consejo y de la Comisión.

Orban es algo así como el guadiana de los problemas para las instituciones comunitarias. Va por rachas, a temporadas. Desde su llegada al poder en 2010, la Comisión le ha mantenido en la UCI por su deriva antidemocrática en la renovación de los órganos esenciales del Estado de Derecho. Nunca fue sancionado y aquellos polvos han traído los lodos de Polonia, cuyos líderes no tienen reparos en asegurar que Viktor Orban es su espejo. Quizá uno de los gestos que le definen mejor es cuando en una recepción oficial celebrada en Riga, el presidente de la Comisión, Jean-Claude Juncker, le saludó con un «hola, dictador». Entre risas, eso sí, pero con la intención de que todo el mundo lo escuchara.

Desde 2015, la tensión es máxima. Primero, por su intención de debatir sobre la implantación de la pena de muerte y después por liderar el discurso de rechazo antirrefugiados levantando una valla de 175 kilómetros en su frontera meridional. Decidió actuar sin consultar a Bruselas y muchos países siguieron su camino. Su lema era y es claro: «No a los refugiados, no a los musulmanes». No ha dudado en relacionar inmigración e islam con amenaza terrorista.

El problema es que Hungría no es un verso suelto y los otros tres países que conforman el llamado Grupo de Visegrado (República Checa, Eslovaquia y Polonia) han cerrado filas en torno a Budapest. «Los del Este se están haciendo demasiado fuertes en el Consejo y hay dudas de cómo responder», confiesa un veterano diplomático. Su gran poder es la capacidad de veto que tienen todos los Estados miembros. Y a la hora de defender los intereses europeos o los de su país, no lo van a dudar ni un segundo. Para muestra, el referéndum de hoy. «Es un irresponsabilidad», censuran fuentes comunitarias.

Lo que pretende el Gobierno de Budapest es acabar con las polémicas cuotas obligatorias de refugiados aprobadas ahora hace un año por la mayoría cualificada del Consejo a propuesta de la Comisión. El bloque del Este se negó a la obligatoriedad, pero tras perder la votación decidieron llevar el acuerdo al Tribunal de Justicia de la Unión Europea.

Matices de la Comisión

En la práctica, ha quedado demostrado que el sistema no funciona, que de las 160.000 reubicaciones acordadas sólo se han materializado 5.631 y de ellas ninguna a Austria, Polonia o Hungría. La Comisión Juncker sigue manteniendo que su postura no ha cambiado y «no caben interpretaciones para acuerdos legalmente vinculantes». La ley se cumple sí o sí. Sin embargo, el presidente ha comenzado a incorporar matices al asegurar que «la solidaridad no se puede imponer sino que debe partir del corazón».

«Entendemos que la pregunta del referéndum se refiere a futuras reubicaciones, no a las ya acordadas por una mayoría del Consejo», advirtió el miércoles el comisario de Interior, Dimitris Avramopoulos, quien dijo que no temían la celebración de este tipo de consultas, lo que provocó algunas risas en la sala.

El problema, explican fuentes comunitarias, no sólo se refiere a la decisión de aceptar o no a musulmanes y refugiados, sino que va más allá y afecta de lleno al concepto de solidaridad interna, entre socios. Porque lo que las cuotas buscan es ayudar a Italia y Grecia, 'aliviarles' con la reubicación de esos 160.000 asilados que ahora se encuentran en estos países. Lo viene diciendo el primer ministro italiano, Matteo Renzi, y no dudará en amenazar con ello. «La solidaridad es para todo, no solo para recibir fondos estructurales de los grandes países», censuró en una de las últimas cumbres comunitarias.