Diario Sur

Siria, campo de exhibición para el armamento de Putin

Ayer se cumplió un año del comienzo de los bombardeos de la aviación rusa en Siria, el primer gran conflicto en el que participa Moscú después de la guerra de Afganistán (1979-1989). Doce meses que ayudaron a salvar el régimen de Bashar el-Asad, posibilitaron un significativo retroceso del Estado Islámico (EI) y están sirviendo a Rusia para probar nuevas armas y reafirmar su estatus de gran potencia.

Pero en esos doce meses aumentaron también los muertos y los sufrimientos de la población civil. El Observatorio Sirio para los Derechos Humanos cifra el número de víctimas mortales causadas por las bombas rusas en 9.364, de las que 3.804 eran civiles, entre ellas 906 menores y 561 mujeres. El cálculo incluye a 2.746 combatientes del EI aniquilados y otros 2.814 pertenecientes a otros grupos armados rebeldes.

La misma ONG denuncia la utilización por la aviación rusa de bombas incendiarias, de racimo, de vacío y de perforación de subterráneos y construcciones blindadas. Se trata de municiones muy perfeccionadas de última generación y de gran poder destructivo. La organización asegura haber hallado en ciertos tipos de proyectiles una sustancia llamada «termita», elaborada a base de polvo de aluminio y óxido de hierro que, al igual que el fósforo, arde varios minutos y carboniza literalmente a quien le cae encima. Por su parte, Human Rights Watch (HRW) sospecha que la aviación rusa ha podido utilizar armas químicas en Siria o proporcionárselas al Ejército de El-Asad.

Sin embargo, el ministro de Exteriores ruso, Serguéi Lavrov, aseguró ayer a la BBC que su país «no está empleando en Siria ninguna munición prohibida por Naciones Unidas». Según sus palabras, «hacemos todo lo posible para evitar víctimas civiles (...) pero si esto ocurre, lo lamentamos». El especialista ruso en temas militares Pável Felgenhauer señala varias primicias de Rusia en Siria: los aviones Sujói-35 y Sujói-24, un nuevo tipo de misil guiado por GPS y las bombas termobáricas, estas últimas capaces de arrasar superficies mayores que un artefacto convencional. Ígor Romanenko, asesor militar y antiguo '«número dos' del Alto Estado Mayor del Ejército ruso, constata que «en Siria estamos utilizando armamento ultramoderno».

Además, Rusia ha ensayado los misiles de crucero 'Kalibr', lanzados desde navíos en el mar Caspio, a una distancia de 1.500 kilómetros del objetivo. Son muy difíciles de interceptar y sus equivalentes en EE UU son los 'Tomahawk'. Los 'Kalibr' se dispararon también desde el nuevo submarino 'Rostov del Don', uno de los sumergibles más avanzados del mundo y complicado de detectar. Moscú prueba en Siria también los misiles S-400.