Diario Sur

Colombia deja atrás su pasado más oscuro

El presidente Juan Manuel Santos estrecha la mano de Timoleón Jiménez, alias 'Timochenko', en presencia de Raúl Castro el día que anunciaron el acuerdo. :: LUIS ACOSTA / AFP
El presidente Juan Manuel Santos estrecha la mano de Timoleón Jiménez, alias 'Timochenko', en presencia de Raúl Castro el día que anunciaron el acuerdo. :: LUIS ACOSTA / AFP
  • Gobierno y FARC firman mañana la paz tras casi cuatro años de complicadas negociaciones

«Nada está acordado hasta que todo esté acordado» era la frase, repetida como una letanía, en cada una de las intervenciones y comunicados de la delegación del Gobierno en los cerca de cuatro años de complicadas conversaciones con las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC). Y por fin el pasado 24 de agosto el presidente Juan Manuel Santos proclamó el esperado «todo está acordado», que se materializó en un texto de 297 páginas.

Se cerraba así uno de los capítulos más oscuro, largo -empezó en 1964 cuando la organización de origen campesino se alzó en armas- y doloroso de la historia colombiana. Mañana la paz con las FARC será un hecho, además de un gran paso para que también acaben las otras guerras del Estado colombiano con el Ejército de Liberación Nacional (ELN), los paramilitares y las bandas criminales. Llegar hasta este momento no ha sido nada fácil. Día tras día quedaban reflejadas las divergentes visiones de las partes implicadas en el conflicto, que trabajaron en ciclos de diez días y tres de descanso para recapitular. Pero su voluntad política, los buenos oficios de los países garantes -Cuba y Noruega- y sus acompañantes -Venezuela y Chile-, y el acierto de involucrar a organismos internacionales permitieron llevar a buen puerto un barco que estuvo a punto de zozobrar en varias ocasiones. Primero fueron los plazos. «Meses», dijo Santos. Al final han sido tres años y nueve meses, sin contar la fase exploratoria en la que mientras los delegados ganaban confianza en la mesa de diálogo abierta en La Habana, en Colombia crecía la desconfianza.

Sin embargo, desde los primeros comunicados conjuntos -99 en total- se dejó abierta la puerta a la esperanza. El reconocimiento de la existencia de un conflicto armado que entre muertos, secuestrados y desplazados ha dejado siete millones de víctimas, de ellas el 56% mujeres, muchas violadas; la participación de los militares y de las víctimas en el diálogo ha marcado la diferencia fundamental respecto a los otros tres intentos fallidos de negociación realizados durante los gobiernos de Belisario Betancur, César Gaviria y Andrés Pastrana. «Los que hemos participado en esta guerra sabemos que se ha causado dolor, y también de parte de las FARC hubo hechos terribles y dolorosos que no debieron ocurrir nunca», admitía Victoria Sandino, una de las mujeres que estuvo negociando en La Habana.

Deuda con el campo

A grandes rasgos, la guerrilla se ha comprometido a dejar las armas y la violencia, devolver a los menores reclutados, ayudar en el desminado -Colombia es después de Afganistán el país con más cantidad de minas antipersonales-, convertirse en un partido político, dejar atrás la violencia, respetar el Estado de Derecho y transformarse en una fuerza política. El Estado, por su parte, ofreció otorgar garantías para que los exguerrilleros puedan aspirar al poder político desde las urnas. También para atender el principal reclamo de las FARC, emprender la reforma agraria y saldar la deuda histórica de la nación con el campo. Para ello se creará un fondo con 3 millones de hectáreas, apenas el 5,8 % de la superficie agropecuaria del país, con el que comenzar a combatir la desigualdad del sector rural. Con el fin de democratizar el acceso y uso adecuado de la tierra, se regularizará la Propiedad Rural de otros siete millones de hectáreas. Igualmente se trabajará en la sustitución de cultivos de drogas, la precariedad de la democracia y la lucha contra impunidad. El acuerdo requerirá hacer en el campo inversiones en vías de comunicación, energía, acueductos, escuelas, centros médicos y viviendas prometidas en el acuerdo.

Los expertos admiten que la paz no será barata. «Para aplicar el proceso de posconflicto durante diez años se necesitarán 31.000 millones de dólares (unos 27.500 millones de euros). Es una cifra descomunal y obviamente no podrá ser asumida por un solo país, habrá que ver cómo se reparte», precisó el suizo Julian Hottinger, que participó en las negociaciones de paz como experto en resolución de conflictos.

Sin embargo, es un hecho que mantener la guerra es todavía más caro. El expresidente Álvaro Uribe presentó dos reformas tributarias para financiar la confrontación con las FARC, que costaban 27 billones de pesos colombianos al año, unos 8.370 millones de euros. Según los expertos consultados, mantener diariamente las tropas en terreno con toda la logística que costaría 3.410.000 euros.

«Nunca nos dijeron que la guerra valía 10.000 millones de pesos diarios. Construir la paz es ínfimamente más barato y nos deja un mejor país», dijo Aída Avella, presidenta de la Unión Patriótica, un partido cuyos 6.000 miembros fueron «exterminados» hace dos décadas en una «tragedia» por la que el presidente Juan Manuel Santos pidió perdón y garantizó que no se volverá a repetir. Vivir en un país en paz es económica y socialmente mucho más ventajoso y barato que vivir en guerra.