Diario Sur

Rabia afroamericana en las calles

Rabia afroamericana en las calles
  • La violencia resurge en Charlotte tras la muerte por un disparo de la Policía de un hombre negro discapacitado

nueva york. Una vez más, la sangre de un afroamericano regó las calles de EE UU y sirvió de pólvora para que toda la ciudad ardiese. Las imágenes del miércoles por la noche podían haber sido las de Ferguson (Missouri), donde la muerte de Michael Brown hace dos años dio vida al movimiento de protesta contra los abusos policiales denominado Black Lives Matter (Las vidas negras importan). Sus miembros están ahora en Charlotte (Carolina del Norte), como en todas las ciudades del país, porque son parte del tejido social teñido de rabia.

«Los jóvenes están cabreados, ya no tienen paciencia para esperar respuestas. Están decepcionados con el sistema», explicó en televisión el activista John Barnett. «En lo que se refiere a los negros, no hay justicia y eso hace que hierva la sangre en las calles».

Corrían con bandanas en la cara, embistiendo como toros a los cámaras de televisión que intentaban grabar la escena y golpeando los escaparates con bates de béisbol. Las nubes de gases lacrimógenos que lanzaba la Policía sólo contribuyeron a hacer escalar más la tensión y a dibujar una escena más tétrica en la oscuridad de la noche. Volaban las piedras contra los coches de policía. Las puertas de cristales de los hoteles caían hechas añicos y, lo que es peor, en medio del caos y la confusión también cayó al suelo un joven herido de un disparo de bala. Su vida pendía ayer de un hilo, incluso llegó a dársele oficialmente por muerto.

La Policía asegura que le disparó un civil. Los testigos juran que el disparo procedía de las filas policiales. El episodio se investiga, como la muerte de Keith Lamont Scott, de 43 años, padre de siete hijos, cuya propia muerte que ciertamente la produjo un disparo policial detonó estos disturbios y sin embargo ayer quedó perdida en la ola de violencia.

Todos los días a la misma hora, desde que la familia se mudó este verano a la urbanización donde fue asesinado Scott, un discapacitado que caminaba con bastón esperaba en su coche leyendo un libro hasta que su hijo llegaba en el autobús escolar para llevárselo a casa. A veces también se llevaba a los hijos de otros vecinos que no podían recogerlos. El martes, sin embargo, la Policía dice que no llevaba un libro sino una pistola. Los agentes habían llegado con una orden de arresto para alguien más que residía en los apartamentos de The Village at College Down. Al entrar lo vieron bajarse del coche, según ellos con una pistola. Le gritaron que soltara el arma, mientras volvía a meterse en el coche. Uno de ellos, vestido de paisano, se acercó y le disparó porque «no cumplió con las órdenes que se le dieron y representaba una amenaza inminente». El agente se llamaba Brentley Vinson y también es negro. Como no llevaba uniforme no portaba una de las cámaras que el Departamento de Policía ha instalado en todos sus agentes a un costo de 7 millones de dólares para los contribuyentes. Sus compañeros sí la llevaban, pero el público no verá lo que estas cámaras captaron. «No pienso mostrar el peor día en la vida de alguien para consumo público», atajó el jefe de policía Kerr Putney, que sin embargo prometió que la familia contemplará las imágenes.

Según él, en ellas no se puede ver a Scott con un arma en la mano, como han declarado los agentes, «pero puestas esas imágenes en un contexto más amplio demuestran que la acción de los agentes estuvo justificada». El jefe de Policía se cuidó mucho de decir que Scott estuviera apuntándoles con un arma, sólo que «se recuperó un arma de la escena» y que no se encontró libro alguno.

La ley protege su decisión de no hacer públicas las imágenes, pero también a Scott por haber empuñado un arma, si ese fuera el caso. En Carolina del Norte es legítimo llevar armas al descubierto o escondidas, sólo que en EE UU un negro con un arma es considerado por defecto como una amenaza inminente. Esa es la mentalidad que intentan erradicar los activistas de Black Lives Matter, que en Charlotte han vuelto a perder la paciencia. «Nadie nos pone atención hasta que empezamos a romper ventanas», espetó una de las chicas que tiraba piedras con la cara tapada.

Parte del país pedía ayer mano dura para evitar que los disturbios de Charlotte se contagien a otras ciudades, donde también late la frustración. Otra parte recordaba que si en lugar de responder con antidisturbios se hubieran enfrentado las dudas de quien ven en esta muerte otro asesinato policial, las protestas no hubieran escalado hasta este grado de violencia.