Diario Sur

Putin viaja a Uzbekistán para influir en su transición

Putin conversa con la viuda del fallecido presidente uzbeko, Tatyana Karímova, en Samarkanda. :: efe
Putin conversa con la viuda del fallecido presidente uzbeko, Tatyana Karímova, en Samarkanda. :: efe
  • El presidente ruso rinde homenaje al dictador fallecido, Islam Karímov, y deja claro en Samarkanda que velará por la continuidad del régimen

moscú. Por razones de agenda, el presidente ruso, Vladímir Putin, no pudo asistir al pasado sábado a las exequias del dictador uzbeko, Islam Karímov, cuya muerte fue anunciada oficialmente el día anterior. Acudió en su lugar el primer ministro, Dmitri Medvédev. Pero Putin ha querido dejar claro que apreciaba a Karímov y que velará por la continuidad del régimen para evitar sobresaltos desestabilizadores en una región en la que el islam radical tiene puesto el punto de mira.

«La relación de Uzbekistán con Rusia fue, es y será la de un socio estratégico, la de un aliado», le dijo ayer el primer mandatario ruso al jefe del Gobierno uzbeko, Shavkat Mirziyóyev, el hombre mejor situado para suceder al presidente fallecido. «Haremos todo lo necesario en apoyo del pueblo de Uzbekistán y de sus líderes. Pueden contar con nosotros en todo momento, somos un amigo fiel», añadió Putin. Según su opinión, el legado dejado por Karímov en 27 años de férrea dictadura «no puede echarse a perder (...) hizo mucho por su país y su pueblo».

El jefe del Kremlin hizo estas declaraciones en la legendaria Samarkanda, lugar en donde nació Karímov y en donde ha sido enterrado. Procedente de China, en donde tomó parte en la cumbre del G-20, Putin depositó flores en la tumba de su colega muerto, se reunió con su familia y mantuvo un encuentro con Mirziyóyev.

La dureza con la que Karímov reprimió siempre a sus opositores nunca fue para Putin motivo de reproche sino de elogio. El presidente ruso cree que gracias a él en gran medida se ha impedido que el yihadismo se propague por el Asia Central ex soviética. Ambos se vieron por última vez hace dos meses y medio.

En Moscú consideran que de cómo se lleve a cabo ahora la sucesión en Uzbekistán dependerá que se siga manteniendo a raya a los extremistas o, por el contrario, que logren avanzar. El académico ruso, Vladímir Sótnikov, estima que «una desestabilización en Uzbekistán haría aumentar irremisiblemente el riesgo de atentados terroristas».

Líder del Partido Comunista de Uzbekistán en la época soviética, Karímov se puso al frente de la república en 1989 y mantuvo el poder tras la desintegración de la URSS. La muerte le sobrevino a consecuencia de una derrame cerebral cuando le faltaban unos meses para cumplir los 79 años. Fue hospitalizado el pasado 27 de agosto y se le dio por muerto a las pocas horas, pero el anuncio oficial no se hizo público hasta el 2 de septiembre.

Con más de 30 millones de habitantes, Uzbekistán es el país más poblado entre las ex repúblicas soviéticas de la zona. Aunque en menos cantidad que sus vecinos, posee petróleo y gas. Tiene además uranio, oro y es el segundo exportador mundial de algodón. Su emplazamiento en una región rica en hidrocarburos y la proximidad de Afganistán e Irán elevaron el valor estratégico de Uzbekistán, especialmente después del 11-S. EE UU instaló dos bases en su territorio, una en Janabad y otra en las inmediaciones de Tashkent, la capital del país.

Fundamentalismo

El fundamentalismo precisamente fue la mecha que inflamó el valle de Ferganá. La revuelta que estalló en Andiyán en mayo de 2005 fue aplastada por Karímov a sangre y fuego. Según datos oficiales, perecieron 187 civiles. Las organizaciones no gubernamentales, sin embargo, hablaban de más de un millar de muertos. El incidente estropeó las relaciones de Tashkent con Occidente y condujo al cierre de las bases americanas. Karímov se negó a permitir una investigación internacional de lo sucedido en Andiyán y, ante el total aislamiento, tuvo que echarse en los brazos de Putin. Desde entonces, la tortura ha sido algo habitual en Uzbekistán, los medios de comunicación están amordazados mientras la oposición es perseguida y encarcelada. Las elecciones, según las organizaciones de derechos humanos, son fraudulentas y en ellas no se permite tomar parte a los verdaderos adversarios del régimen.

Además de Mirziyóyev, pugnan por el poder el viceprimer ministro, Rustam Azimov, y el jefe supremo de la seguridad, Rustam Inoyátov, el 'verdugo' de Andiyán. Mientras tanto y según establece la Constitución, la jefatura del Estado la asume de forma interina el presidente del Senado, Nigmatilla Yuldáshev. En tres meses deberán convocarse elecciones presidenciales.