SERRANÍA DE RONDA, REALIDAD Y MITO

Montes de Encinas Borrachas, que separan a los valles del Genal y del Guadiato.  sur/
Montes de Encinas Borrachas, que separan a los valles del Genal y del Guadiato. sur

En el prestigio internacional que goza la región andaluza tiene mucho que ver la comarca natural de Ronda, en la que anidan pequeños pueblos, acogedores y laboriosos, que arrastran como timbre de gloria inveteradas tradiciones

JOSÉ BECERRA

El impresionante domo eruptivo de la Serranía de Ronda que sobrepasa los 1.500 metros de altitud, resuelto en una serie de lomas pesadas y compactas, cautiva por su magnitud y la constante apariencia de misterio. En ariscado panorama que conforma el conjunto más espectacular del suroeste español anidan pequeños pueblos, acogedores y laboriosos, que arrastran como timbre de gloria inveteradas tradiciones. Ronda, monumental, le concede el atributo de lo eterno.

En el prestigio internacional que goza la región andaluza tiene mucho que ver la comarca natural de Ronda. La acusada personalidad de la Serranía, más que ninguna otra parte de la Península, «ejerce una intensa seducción sobre las imaginaciones», según el ensayista y geógrafo J. B. Sorre. Fascinación que en buena parte es provocada por lo arcano que envuelve este territorio. Un enclave con encrucijadas de caminos y lugar de asentamiento milenario de culturas cuyos orígenes se pierden en la nebulosa de los tiempos.

Los homínidos del Paleolítico dejaron en algunas de las innumerables grutas que fueron su hábitat (La Pileta o el Gato, de Benaoján, por ejemplo), labradas en un terreno calizo sometido a un régimen pluviométrico excepcional, las huellas, en forma de enigmáticas pinturas rupestres, su interpretación de la vida y la muerte, junto al afán de trascendencia.

Tartesios, turdetanos en primer lugar y luego los pueblos colonizadores de Oriente, Fenicia y Cartago, acusan su presencia en desperdigados yacimientos con restos de cerámica, metales, monedas o tesoros de presumiblemente objetos votivos. De la Roma imperial, las calzadas que se rastrean en las cañadas reales de hoy. De las etnias árabe, mozárabe, mudéjar y morisca, los minaretes y las torres vigías que jalonan la comarca.

Y más próximo a nuestros días, siglos XIX y principios del XX, trochas y atajos, ermitas recoletas, derruidas cortijadas y chamizos ocultos por donde transitaron y buscaron cobijo antes de ser abatidos José María El Tempranillo, Antonio Mingorance 'Pasos Largos', El Chimenea o Flores Arocha, entre otros exponentes del bandolerismo serrano. La leyenda de sus aventuras y fechorías permanece viva y se evoca en viejos recovecos de caminos.

Los amantes de la naturaleza, aquí colosal y bravía, pueden disfrutar hasta de tres parques que constituyen por la rareza y originalidad de su fauna y flora, el consumado ecosistema y la incidencia medioambiental, una gran reserva de la biosfera, como oficialmente certificó la Unesco años atrás. El primero, el Parque Natural de las Sierras de Grazalema, primer espacio andaluz que como tal fue declarado en 1990, sirve de fondo a un rosario de pueblos enjalbegados alineados al pie de las faldas de los montes y que pujan entre sí poniendo en baza inveteradas costumbres y recursos económicos. Igualeja, Pujerra, Júzcar y Cartajima, con calles estrechas y ramificadas como las venas en el cuerpo humano hablan de un pasado árabe innegable. Las casas se aprietan entre sí para protegerse de las inclemencias del tiempo y, desde la distancia, viéndolas emerger de entre los castañares u olivos se diría que se funden en un todo compacto y horizontal. Solo la verticalidad de las torres de las vetustas iglesias, la mayoría de trazas mudéjares, rompe esta imagen, merced a las agujas de sus veletas dirigidas hacia el infinito.

Algo parecido se podría decir de Montejaque, Benaoján, Jimera de Líbar y Atajate, poblaciones en las cuales a lo insólito de su entorno orográfico y vegetal se une la fama de sus productos chacineros.

Si proseguimos el viaje hacia el suroeste nos encontramos sin solución de continuidad con otro parque natural, este es el de Los Alcornocales, a caballo entre las provincias de Málaga y Cádiz, y que coge de lleno los términos municipales de Cortes de la Frontera y Ronda. De su espesa vegetación y producción maderera se aprovechó, mediados el siglo XVIII, el ministro de Fernando VI, Zenón de Somedevilla, más conocido como el marqués de la Ensenada, impulsor de la Marina y creador de una flota que hizo palidecer por su poderío a la de Inglaterra, a la sazón reina de los mares.

El tercero de los parques busca la cálida influencia del mar, y bascula sobre los territorios de Ronda, Parauta (más que posible cuna del gran Omar ben Hassun, quien al frente de los muladíes -descendientes de los cristianos que habitaban la región antes de la invasión árabe-, se rebeló contra la aristocracia cordobesa fundando un reino que abarcaba gran parte de la Andalucía oriental), Tolox y Yunquera, además de los de Monda, de resonancias épicas (batalla de Munda, enfrentamiento bélico que tuvo lugar el 17 de marzo del 45 a. C. entre Julio César y los hijos de Pompeyo Magno, Cneo y Sexto).

Es este último el Parque de las Nieves, con espectaculares picos como el de Los Enamorados y Cerro Alto, ambos rondando los 1.800 metros, amén de simas, que como la de Gems, creó su vacío abismal a más de 1.000 metros de profundidad, y de gargantas abruptas y fragosas escarpas. Con todo, nada más digno de admiración que el pinsapar que por buena parte del parque se extiende. De porte cónico y copa densa, el pinsapo, que puede alcanzar en condiciones climáticas favorables los 20 metros, supone la permanencia de un antiquísimo abetal mediterráneo que nos merece que se considere como reliquia arqueológica botánica. Como tal necesita de protección forestal extrema.

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