PERSIGUIENDO ESTRELLAS

Astronomía. Acedo realiza una magnífica labor de divulgación tanto a mayores como a pequeños. sur
Astronomía. Acedo realiza una magnífica labor de divulgación tanto a mayores como a pequeños. sur

Antonio Acedo del Olmo lleva toda la vida, desde su más tierna infancia, persiguiendo estrellas, grandes y pequeñas, lluvias de ellas

A. GARRIDO

Con insistencia y, en ocasiones, con alocada tenacidad, nos pasamos la vida pidiéndole al mundo algo de lo que carecemos, algo que no siempre quiere o puede darnos. Dependiendo del carácter, inquietudes y de circunstancias sociales, que no son las deseadas, y, sobre todo, de ambiciones personales, infatigables, en persecución rabiosa andamos de amores, fortuna o poder, sin considerar cuánto más felices seríamos aceptando nuestro actual destino y situación, que más de uno envidiaría. La eterna insatisfacción humana, lejos de cualquier sensato estoicismo y conformidad, más que a alcanzar cualquier beneficio, a maltraer nos lleva a lo largo de nuestra existencia.

Sueños hay, sin embargo, que se persiguen sin otro afán que no sea el del conocimiento, y que sobremanera sosiegan prestando alas al espíritu para elevarse sobre las miserias terrenas. Para materializarlos, por demás, no hay que gastar la vida ni caudales en ellos, pues al alcance están su disfrute y ejercicio.

Como paradigma de una actividad lúdica, enigmática, hermosa, y, diríamos, sin parangón, más de una vez, comparando actitudes extremas como las mencionadas, a la memoria, al instante, se nos viene un nombre: Antonio Acedo del Olmo. Lleva, Antonio, toda la vida, desde su más tierna infancia, persiguiendo estrellas, grandes y pequeñas, lluvias de ellas, agrupaciones de ellas, esplendorosos racimos de ellas, sus resplandores, posiciones y guiños, si fenecidas o extinguidas, si saltarinas o quietas. Imagino que, con la misma emoción, constatando a veces la repentina desaparición de algunas, pues su detenida observación un día y otro, un mes y otro, un año y otro, da para notar la falta de una en tan deslumbrante y formidable rosario de ellas.

Con la misma minuciosidad, constancia y cariño que pone en su cotidiana labor de escudriñar, con el silencio y la majestuosidad de la bóveda celeste como incomparables y fieles camaradas, se hace problemático decir desde cuándo está empeñado Antonio en que, aunque solo sea una pizca de esa ciencia que él ya tiene sobre constelaciones, galaxias, guiños estelares, solsticios y equinoccios, cumplidores a rajatabla con sus cita anuales; o de la presencia inminente de astros que no volverán a hacerse visibles sino en largo transcurrir de años; también de historias que a astrónomos y al saber que estudian atañen, les llegue a la gente, a mayores y pequeños, que como a él les atraiga y apasione, porque materia a raudales donde apasionarse hay.

Y en la práctica de ese admirable empeño, donde y puede y le dejan, en congresos, colegios e institutos, entre amigos, asociaciones, donde encuentra un mínimo de interés, divulgando está, hasta nunca parar, los principios elementales de una ciencia que poco exige, aparte de voluntad y cariño, y mucho da a cambio. Su insistencia durante décadas, en mostrarnos en sentidos artículos en la prensa local los atractivos de acompañarnos de estrellas y de planetas para ver la vida con otro semblante, ha llamado la atención de más de un extranjero, pensando lo que no era y que quisiéramos que fuera: que Ronda era una ciudad amante de la astronomía hasta el punto de interesar a todo un pueblo. Que por Antonio no ha de quedar, nada más vale mirar a su vocación de maestro sin tribuna, porque todas son buenas para él. Y, en el peor de los casos, de fallar en su empeño, esperamos le valga la reconfortante idea de que si son esos horizontes sin fronteras, con estrellas por doquier, los que han de hollar nuestras almas un día, mucho tendrá ganado sabiendo ya de senderos y espacios, que los demás ni conocemos.

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