MAS NATURALEZA QUE AGONIZA

Con harta pena, como con muchas otras cosas, contemplamos la desaparición de esa capa de severo exotismo, ese airoso manto con que chumbos y chumberas amenizaban nuestros campos, honduras y despeñaderos, como protegiéndolos con su adustez y aspereza, hasta tal grado como para dar su vida por ellos

A. GARRIDOESCRITOR

Como todo es premura y desbocado galope en nuestros tiempos, también en la trastornada naturaleza a la que ni un respiro damos, bastante antes que otras veces, han aparecido de la nada los pequeños tenderetes de chumbos. Y salvo en esa mudanza dicha de comerle semanas y hasta meses al calendario en su llegada, su venta, situación y usos es algo que poco o nada ha cambiado con los años, ni, aunque parezca mentira, con los siglos. La verdad, es que ni siquiera puede llamárseles puestos a sus puntos de venta y que tampoco necesitan sus vendedores, obligadamente, de la ayuda de una pequeña mesa para exponerlos, que bien sirven suelos desnudos de calles, poyetes o sitios transitados para que, desprovistos de espinas, por la acción de la tradicional navaja o cuchillo, muestren sus distintos grados de madurez, a gusto del comprador, en pinceladas de deslucido amarillo o intenso verde césped.

Es un negocio que escaso beneficio debe dejar, pero de algo se ha de comer, cuando se come, pues de eso se trata para los vendedores, si es que pueden evitar impuestos municipales que darían al traste con su misérrima ganancia; y con una historia de caminatas por veredas y altozanos para obtenerlos que para qué contar; entre otras cosas, porque las chumberas en peligro de total extinción se hallan, a causa de una llamada cochinilla con malas pulgas, que no quiere desentonar con unos tiempos a los que, perdonen la expresión, cabría calificar también de idéntica forma pero en superlativo: desmedidamente perros, por no extralimitarnos.

Con harta pena, como con muchas otras cosas, contemplamos la desaparición de esa capa de severo exotismo, ese airoso manto con que chumbos y chumberas amenizaban nuestros campos, honduras y despeñaderos, como protegiéndolos con su adustez y aspereza, hasta tal grado como para dar su vida por ellos.

Amarga leer, o de ver en esa televisiva pantalla en que tantas bobadas diariamente y casi a todas horas se dan cita, no recordamos con exactitud dónde, pero por cargo relevante que con énfasis proclamaba, que el remediar la plaga, que al menos lleva desplegada unos tres años, es cosa de los pueblos y de sus ayuntamientos y no de otros estamentos superiores andaluces. La eterna e iterada parrafada política de indolencia suprema, que a cada instante ensordece nuestros oídos: «eso no es cosa nuestra que vuestra es»; un perenne ir y volver de la pelota para que siempre se mantenga en el aire, en el limbo del nada hacer, allí donde moleste lo menos posible.

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