Municipios rurales en vías de extinción

Calle de Jimera de Líbar. sur
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Calle de Jimera de Líbar. sur

Hay una evidente sangría demográfica sobre todo en el territorio interior, el cual paulatinamente ve cómo se merma su población a la par que crece la zona costera

JOSÉ BECERRA

Se veía venir ya que las muestras eran evidentes. Los pueblos, los pequeños pueblos del interior en muy buena parte están abocados a ser borrados del mapa más temprano que tarde. La España rural se debate en la agonía que los nuevos tiempos imponen y que se ceban en los más débiles y menesterosos. Hay una evidente sangría demográfica sobre todo en el territorio interior, el cual paulatinamente ve cómo se merma su población a la par que crece la zona costera, objetivo del trasvase humano hacia esas zonas más boyantes para encontrar remedios a sus ya enquistadas carencias económicas. Se dice, y es un dato irrefutable, el Instituto Nacional de Estadística (INE) lo ratifica, que cada año la población rural decrece a un ritmo de 45.000 habitantes por año o para que suene más sangrantemente a tenor de la realidad: cada hora en la mayor parte de la España rural cuenta con cinco habitantes menos cada hora, o que cada quince días un pueblo del ancho mapa ibérico está en trance de desaparecer de él. Algo que me lleva a sombrías consideraciones.

Los pueblos. Un pueblo. Un pueblo pequeño es muchas veces algo más que un paisaje inserto en otro paisaje al que anima y da color. No es una simple suma de calles que suben y bajan, que atraviesan, que hacen llegar a la plaza, a la iglesia, al bar cuyo propietario conocemos de toda la vida, a la tahona que al amanecer expande el olor a pan recién hecho y que atrae a la gente como un imán. Es eso, pero mucho más. El pueblo es un ser con cuerpo y alma, hecho a imagen y semejanza de los cuerpos y las almas que lo habitan.

Respira y vive cuando aparece aletargado al pie de la montaña o se dilata en la llanura del valle y los días transcurren sin acontecimientos que lo alteren. Se acicala en las fiestas, se apesadumbra en los sucesos luctuosos, ríe y llora, acusa y blasfema cuando hay que acusar y blasfemar. Muestra las heridas y cicatrices como todo ser viviente maltratado por el tiempo, por lo acaecido, por lo que le lastima. Enseña las miserias como reflejos de los que la padecen.

Los pueblos. El pueblo nunca es simple escenario en donde se mueven unos personajes y se representa su historia. Las historias, las pequeñas historias de los que en él nacen, viven y mueren -también de los que a él vienen y echan raíces en él o a lo mejor vienen y se van sin dejar aparentemente, pero sólo aparentemente, sus huellas- son un entramado que da forma a su propia historia. Se le da a esta forma con retazos de vida de la gente que la conforman en un momento, en un día, o en un año; a lo mejor en un siglo.

Luego la historia, esa historia, se complementará con las que la precedieron o la seguirán en otros tiempos. El pueblo, con un principio y quizás un fin, con los que viven y sus muertos, hilvanando insignificantes o grandes acaecidos siempre es protagonista único de esa historia.

Pero enfilamos hacia un mapa del interior peninsular desértico paso a paso. El vacío demográfico existente mucho es de temer que cambie drásticamente su fisonomía.

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