JOSÉ BARRAGÁN, IRVING Y ATAJATE

Libro de José Barragán, con dibujo de Cristóbal Aguilar en portada.
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Libro de José Barragán, con dibujo de Cristóbal Aguilar en portada.

El escritor nacido en este pueblo de la Serranía rondeña hace mención en su libro 'Cuando lloran las viñas' al americano que metió a Andalucía en sus alforjas y se encerró dentro de ellas

A. GARRIDO

ARonda, de antiguo, por boca de trovadores y de escritores, se le han dicho multitud de loas y se la han nombrado de mil maneras. De las más extendidas últimamente, es la que la califica como «Alma de Andalucía», lo que vendría a sentenciar que la más añosa y excelsa esencia de nuestra región, lo más genuino de ella, se halla aquí, revoleteando por sus rincones, como afanosa polilla cerca de la madera.

Uno tiene sus dudas de que nuestra ciudad, que si en pretéritos tiempos pudo muy bien ser digna poseedora de tan hermosa expresión, pueda hoy, tan desmejorada, atacada y amenazada como se halla, ostentar ese, llamémoslo, florido título.

A cuento viene lo dicho de un libro de reciente publicación, que he leído estos días: 'Cuando lloran las viñas', de José Barragán, que durante su larga vida laboral ha ejercido como maestro en el serrano pueblo de Faraján. Queda claro que lo suyo es enseñar, porque ahora, con otras ocupaciones a las que nos obliga la edad, sin escuela y sin alumnos, el texto de su libro, a manos llenas, esparce enseñanza por doquier, transmitiéndonos con deliciosa pluma cosas y casos de una tierra que no nos es ajena, y que nos la pone tan a lo vivo y seductora, que aun conociéndola, nuestra primera intención, y pienso que la de cualquier lector, es, a todo correr, llegarse a Atajate, pues de este lugar se trata.

Tiene Atajate como distinción, que para nosotros lo es, el albergar al menor número de habitantes de la provincia, lo que equivale, a poco que nos fijemos, al de ser el de mayor tranquilidad y, por ende, el de mayor recreo espiritual, ya que ambas cosas suelen ir juntas; y aunque no venga al caso, el de nombre, entre los de la Serranía, más rabiosamente árabe, que es, una forma, se quiera o no, de llamar la atención, de decir «aquí estoy yo», para que os acerquéis a verme.

Ignoramos si José Barragán, es natural de ese pueblo, que, como nadie, conoce; o, entiende, como muchos de nosotros, que fuera de donde se haya nacido, dentro de esa comarca de características tan marcadas y singulares como es la Serranía, lo que menos importa es el sitio donde se vino a dar el primer vagido, porque atados estamos con sobrias ligaduras de sangre e historia a todos y cada uno de los que la componen.

Ese amor que nuestro autor abriga por este lugar concreto, por Atajate, por sus tortuosas veredas, por sus hondonadas, terraplenes, sus cañadas, animales y vides, por lo que brinda espontáneamente la naturaleza y por cuanto el suelo con humano sudor produce, manifiesto queda, para nosotros, en el destino que ha querido darle al posible producto de ese desahogo lírico que es su libro: levantar un busto, imaginamos que en el corazón del pueblo, a Washington Irving, el americano que metió a Andalucía en sus alforjas y se encerró dentro de ellas, para que de ese tenaz entente que pretendía, y que logró, nada se le escapara. Por Atajate anduvo, igualmente, admirándose por todo, siendo la comidilla de la gente a su llegada, y solazándose con ellos, luego, con su aire fino, sus guisos y su mosto.

Dado que los libros y la lectura, en los tiempos que corren, soportando más desprecio que aprecio, ahogados por otras modernas seducciones, pero que nunca podrán comparárseles, nos parecen bienes que casi se nos escapan de las manos, gratamente nos sorprendería que el producto de la venta de la notable obra de José Barragán, y sin otra ayuda, diese para costear un busto al formidable escritor y viajero americano.

Su gesto bien lo merece, porque honrar a quien honró a estas tierras es de alabar; como lo es, tras la lectura del libro, inclinarnos a meditar sobre si no es en estos pueblos, como el de Atajate, o en cualquier otro de su encantado y escarpado entorno, donde aposentada, lejos del mundanal bullicio, algo oculta entre las densas sombras de bosques de castaños y alcornoques, a la vera de rumorosas corrientes de transparentes aguas, acompañando vendimias y recolección de frutas, muy apegada a la faena campesina, se halla la verdadera alma de Andalucía, a la que al principio nos referíamos.

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