JOAQUÍN CAMARGO GÓMEZ, EL MÁS VIVO DE TODOS

Las tropelías de 'El Vivillo' en Setenil y Alcalá en primera  plana de las revistas ilustradas de la época./
Las tropelías de 'El Vivillo' en Setenil y Alcalá en primera plana de las revistas ilustradas de la época.

Si alguien puso el listón a una altura tal como para apropiarse del término y hacerlo suyo, este fue el malhechor andaluz, de Estepa, Joaquín Camargo, conocido como 'El Vivillo'

A. GARRIDOESCRITOR

Vivos, en su sentido metafórico, esto es, 'aprovechaos' de sus semejantes y de los tiempos turbulentos para medrar cuanto se pudiera, en ninguna época han faltado, porque nunca fueron estas últimas tan plácidas y duraderas que se dijeran libres de desventuras y desventurados, que lo uno a lo otro lleva.

Pero si alguien puso el listón a una altura tal como para apropiarse del término y hacerlo suyo, este fue el malhechor andaluz, de Estepa, conocido como 'El Vivillo', que, a decir verdad, lo fue en todo: en viveza, en vivir de los demás y hasta cuando por voluntad propia cesó en su dictadura en los caminos -¡cosas de nuestra España, que poco cambian!- obtener un empleo público, al que solo le faltó una peana para, con triunfal pose, desde allí recibir la admiración general.

Cosa extraña, con ser Ronda la 'emperaora' del conjunto de estas tierras, escasos fueron los malhechores, por no decir ninguno, que a punta de navaja o de trabuco, nacidos aquí, a mansalva robaran y en ocasiones dejaran malheridos a los desprevenidos viajeros; pero sí, que la escabrosidad y miles de escollos de sus montañas y peñascos brindaron sin par refugios para los bandidos, e inúmeras trampas sus desfiladeros y hondones, con las que atrapar a los incautos caminantes.

Allá por 1905, andaba en plena actividad Joaquín Camargo, aterrorizando propietarios, grandes y pequeños, acaudalados o no, y a quien, con algo de valor en sus bolsillos o alforjas, se le pusiera a tiro, y nunca mejor dicha la expresión. Su campo de acción en esos años, y en casi todo tiempo, aunque era muy amplio, la Serranía, como preferido.

Recogía la prensa, con todo detalle, una de sus últimas fechorías, cometidas en octubre de ese año, siendo su campo de acción en aquellos días, entre otras, las poblaciones de El Gastor, Almargen, Cañete, Arriate, Setenil y Alcalá del Valle. Uno de los asaltados fue un vecino de esta última citada, conocido como José 'el del Horno', «a quien los bandidos dieron el alto, amarrándole de tal modo que no podía hacer el menor movimiento, y al que después de robarle dejáronle abandonado». En cama estuvo enfermo varios días, reponiéndose del susto y lamentando la pérdida del dinero que, para emplear en ganado en una feria cercana (¿la del barrio de San Francisco?), llevaba encima.

Desvalijados fueron después seis o siete viajeros más, y amarrados también, que librados fueron, más tarde, de sus ligaduras por un vecino de Setenil. A punto estuvo el alcalde de esta, Sebastián Guzmán, de sufrir la misma suerte que otro de los robados, según sus propias palabras, «librar el pellejo y la bolsa», pues a última hora renunció a ir con su primo Pedro, desvalijado asimismo, a la feria. Decía el alcalde que había mucho miedo en el lugar, que nadie se atrevía a hablar y que todos sabían que 'El Vivillo' había estado alojado varios días, programando sus asaltos, en la posada de la Victoria del pueblo, sin que alma alguna osara denunciarlo.

Otras andanzas de este bandido, que sepamos ya sin damnificados por medio, nos lleva a Buenos Aires, a donde fue y vino con frecuencia de persona con posibles, cuando ya no era perseguido por la justicia, y en donde se suicidó no pudiendo soportar la muerte de su mujer, que una cosa, las de las malas entrañas, parece, no quita la otra, la del sentimiento.

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