'Gaudeamus Igitur...' y 'El Camino Inglés'

Arroyo a su paso por La Sauceda, en Cortes de la Frontera.
Arroyo a su paso por La Sauceda, en Cortes de la Frontera. / SUR

El 'Camino inglés' vio transitar por entre sus límites un sinfín de personajes de la más variada condición y catadura, desde Gibraltar a Ronda

JOSÉ BECERRA

Terminaron los Cursos de Verano de la Universidad de Málaga en Ronda y Archidona, que en esta ocasión han alcanzado su decimosexta edición. Se ha hablado largo y tendido de asuntos que atañen a la sociedad española actual, entre otras cuestiones y de manera primordial sobre la demografía del siglo XXI que acusa un descenso prolongado de la natalidad con la problemática que ello conlleva y en buena medida de la despoblación del interior peninsular, municipios que se ven condenados a la desaparición por la huida hacia otros ámbitos más prósperos de sus contados habitantes. Se ha ahondado en las causas y se han propuesto medidas para frenar este desmantelamiento humano que todo indica que podría tener consecuencias imprevisibles tanto para la economía de muchas regiones españolas como para su sustrato social y cultural.

Los Cursos de Verano en Ronda con el concurso de la UMA, además de incidir en asuntos que por su carácter particular dentro de los más diferentes campos del saber suscitan el mayor interés, tienen la virtud de poner en candelero aspectos de la comarca, no siempre bien conocidos. No lo son, en efecto, con la profundidad que los expertos y estudiosos ahora nos hacen ver. Entre ponencia y ponencia más o menos sesuda, moteando la gravedad de la sapiencia universitaria, se han organizado actividades amenas que han venido a desentrañar tradiciones y rasgos de la región que de otra forma se nos escaparían. Por ejemplo, fruto de esta labor fue en cursos anteriores el dar a conocer al vulgo el viejo 'Camino inglés'.

El 'Camino inglés', que nada tiene que ver con 'El Camino de los ingleses' que sirve de fondo a la exitosa novela del malagueño Antonio Soler, pero que igual que éste vio transitar por entre sus límites un sinfín de personajes de la más variada condición y catadura, transcurre, entre altibajos montuosos, desde Gibraltar a Ronda. Hoy, más que verlo se imagina, aunque no andarán muy lejos los contornos que le serían propios. San Roque, Gaucín, Cortes de la Frontera, Jimera de Líbar y Benaoján serían hitos seguros de este camino porque en estos pueblos dejaron la impronta los viajeros, vagabundos, militares y contrabandistas que lo hollaron de manera más o menos presurosa.

La Sauceda de Cortes de la Frontera, un paraje hoy recuperado para el disfrute de senderistas, muestra todavía la magia de un lugar recóndito que sirvió de refugio a gente de mal vivir en donde se encontraron seguro de las acechanzas de los agentes del orden. También fue éste un buen sitio para los carboneros del pueblo -nos dice un cortesano viejo con gorra de visera y mirada perdida en el profuso paisaje arbóreo- que encontraron la mejor materia prima para el oficio. Pero sobre todo fue el lugar preferido para hacer descansar las cabalgaduras que venían cargadas de tabaco desde Gibraltar. Paquetes de picadura de Montecristo o del Águila, que eran las marcas preferidas desde Ronda para arriba.

Tanto era el trasiego del tabaco por la ruta que se erigieron núcleos de elaboración clandestina, como ocurrió en Benaoján. Se llamó con el tiempo a este pueblo el 'Gibraltar chico' a tenor de las numerosas familias que establecieron una pequeña industria de empaquetado de tabaco, que mantenía las acreditadas marcas de la Roca, pero que empleaba el tabaco cultivado con profusión en el término. «Había tal dedicación al contrabando -reconocen los más viejos del lugar- que incluso existía una imprenta para falsificar las envolturas de los 'cuarterones' de tabaco gibraltareño. Esto y que en cada casa había una cuadra con uno o varios caballos para transportar los alijos da cuenta de la dedicación y de la importancia de la ruta por la serranía rondeña». Tan comunes fueron los equinos entrenados para salvar las distancias y las escabrosidades de la sierra como los automóviles que hoy circulan por nuestras carreteras.

Ser contrabandista, cien años atrás, no se veía como un oficio deshonroso, y a excepción de los que desde esta actividad se deslizaron hacia el bandolerismo, que también hubo casos, como el famoso Tragabuches rondeño, lo habitual fue mantenerlo como la única ocupación que aliviaba el hambre y la penuria impuesta por la marginación ancestral de la región. Una ocupación que indefectiblemente tenía que desarrollarse por el 'Camino inglés' y que para todo era como una profesión, arriesgada, eso sí, pero que nadie consideraba fuera de la legalidad, «porque nada hay más legal que procurar el pan de sus hijos si no se roba ni mata a nadie», dicen todavía por aquí.

Mi abuelo materno, Lorenzo Gómez, que con algunos de sus hijos, sobre todo mi tío Juanico El Puertecillo, conoció bien el 'Camino inglés' porque como muchos de los benaojanos de entonces se vio obligado a recurrir al tabaco y su trasiego para subsistir, recuerdo que me hablaba de él, de sus peligros y las emboscadas que tan frecuente fueron en sus breñas. «El camino empieza en el mar y termina en el mar. Los caballos cargados iban desde La Línea de la Concepción hasta Estepona, cuando no había tropiezos se atravesaban poco menos cien kilómetros, se atravesaban dos ríos con sus valles, el del Guadiaro y el del Genal, pero siempre dando de lado al llano, a campo traviesa y por la montaña. En Estepona, medio escondidos, comíamos sardinas asadas con los pescadores, en la playa, y nos sabían a gloria, después del camino y hartos como estábamos de comer siempre olla de garbanzos y 'pringá'». Anoté estas explicaciones de mi abuelo cuando era niño y, a renglón seguido, algunos pormenores que denotaban su amor por los caballos. «Estira las orejas cuando se acerca alguien desconocido, enseña los dientes y patea el suelo si se siente atacado, si algo le asusta, como los perros, esconde la cola entre las ancas y si no entiende las órdenes que se le dan gira las orejas, intranquilo».

Pero en el 'Camino inglés' no sólo cuajó un tránsito incesante de personas y caballerías, sino que enraizaron los cimientos de lo que luego sería el esplendor del turismo de interior. Buena prueba de ello fue el hotel Bellavista de Jimera de Líbar. Al establecimiento, junto a las huertas jimeranas, pletóricas de naranjos y membrilleros, enviaban los militares de Gibraltar a su familia a pasar los veranos. Lo propio hicieron funcionarios y comerciantes: una clase media acomodada que se instalaba en el pueblo impregnándolo de un tímido aire colonial que por anacrónico no era menos atractivo entre hortelanos y labrantines.

Se ha entonado otra vez, apenas iniciado el verano, el 'Gaudeamus igitur, himno universitario por excelencia en la ciudad del Tajo que han coreado alrededor de 180 alumnos inscritos y que han sido aleccionados sobre temas candentes del aquí y ahora de nuestra sociedad actual.

Temas

Ronda

Fotos

Vídeos