FACHADAS DE OTROS TIEMPOS

Una reliquia de fachada, en plena calle  de La Bola./
Una reliquia de fachada, en plena calle de La Bola.

Debieron ser fantásticos de contemplar aquellos años en que eran tantos los cierros, de mil formas y tamaños, como viviendas había, sin faltar en una

A. GARRIDOESCRITOR

Estas anómalas flamas otoñales, no por ser propias de él, sino porque sin esperarlas nos visitan, se adhieren con imprevista insolencia a tejados calles y viviendas; donde más, a fachadas con vastas superficies para expandirse a sus anchas. Se hace notar con más insistencia en las viejas casas de otras épocas, aquellas que, por circunstancias diversas, quedaron atrapadas en pretéritos tiempos, cercadas por otras de moderna construcción que ahogaron a las antiguas.

Unas veces, resaltando como reliquias en las zonas de más tránsito, y, otras, con algo de desamparo y anacronismo las que se encuentran a trasmano de las vías más céntricas; a ambas, sin embargo, las une en su destino urbanístico el íntimo desasosiego de estar fuera de sitio y, lo que es peor, sin la contigua protección de otras de similar condición.

Se diría, ya por la fuerza de la cal -la misma que a grandes zancadas se va perdiendo de nuestros pueblos-, que esa cálida y alígera atmósfera es maestra insuperable en adiestrar rayos de sol e incorporarlos como un elemento más a su albor y brillo, abrazándose con más vigor a este tipo de inefables fachadas. La luz, aún cegadora, reverbera en el visible escenario que proporcionan desnudas paredes hasta convertirse en un espejo; amplio, además, si no fuera por la presencia de diminutas ventanas y rejas. Inconfundibles estas, en su asombrosa sencillez, que no daña a la estética y exquisita belleza del conjunto, sino que la incrementa y perfecciona, con ningún esfuerzo y mucho gozo para la mirada.

Un mucho, las calles rondeñas, para recordarla hoy, para recordar su historia, cuando nada más queda que la letra inocua y pequeña del recuerdo, se agarran a estas fachadas a sus rejas y cierros, que no solo hablan de amores y desamores, de odios y venganzas ideológicas y religiosas, pero también de abismos entre clases sociales, complejos de salvar; y más que cualquier otra cosa, de la presencia, descarada o apocada de la belleza en forma de trabajado hierro, aupado o asentado en las aceras, como preciada base de una identidad urbanística que nunca deberíamos perder y sí conservar e incrementar.

Debieron ser fantásticos de contemplar, en este contexto, aquellos años en que eran tantos los cierros, de mil formas y tamaños, como viviendas había, sin faltar en una. Se refiere en documentos que algunos rondeños del Mercadillo llegaron en un desmedido amor por ellos a construirlos tan grandes, ornados y espaciosos, que se comían no ya las aceras sino parte de la calzada. Eso fue el principio del fin de muchos, al igual que el paso atrás de una época, pese a todo, para envidiar: sobre todo ahora que son mayoría las viviendas y edificios, con poco qué admirar y mucho qué criticar, que por doquier nos acompañan, es decir: nos amargan más bien.

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