«Todos la conocíamos, esto no tiene sentido»

Salvador Salas

Vecinos viven las primeras horas tras el suceso con tristeza y confusión por la pérdida de la niña

Fernando Torres
FERNANDO TORRES

Alhaurín el Grande amaneció ayer pegado al televisor. Las llamadas y los mensajes confirmaban la noticia, imposible de creer en las pantallas. Lucía Vivar había sido encontrada esa misma mañana, a las 8.00 horas, sin vida, tras haber desaparecido la noche anterior sin dejar rastro. Se trataba de la hija de Antonio y Almudena, un joven matrimonio muy conocido en Alhaurín el Grande, que había ido a cenar a Pizarra, pueblo natal del padre –estaban celebrando la festividad de Santa Ana mediante una cena familiar–. Ambos residen en Alhaurín el Grande, donde está ubicada la empresa familiar en la que trabaja el padre, y la gasolinera donde trabaja la madre. «Prácticamente todo el mundo les conoce», apuntó Toñi Ledesma, alcaldesa del municipio, a la vez que anunciaba el decreto de tres días de luto oficial y la suspensión de todos los actos públicos programados para el fin de semana, entre los que se encontraban varias verbenas populares.

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En la calle donde está ubicado el negocio familiar, los vecinos pasaron toda la mañana pegados al teléfono. Frente a la empresa –emplazada en el mismo edificio que la vivienda de los abuelos de Lucía– hay un bar en el que el desayuno estuvo marcado por el desenlace de la noticia. «Hemos tenido un despertar horrible», explicó el propietario del bar, afectado y desconcertado a partes iguales: «Aquí todos conocíamos a la niña, a sus padres y a sus abuelos, esto no tiene sentido». En una de las mesas más alejadas de la puerta, Clara, amiga de la familia, relató a SUR emocionada cómo vivieron las horas previas a la llamada que confirmó la muerte de Lucía. «No nos lo podemos creer», expresó. «Primero lo vi en la televisión, y cuando leí el nombre de la niña no lo creí hasta que me llamaron», añadió.

Lucía era hija de Almudena y Antonio, un matrimonio muy conocido en Alhaurín el Grande y en Pizarra

Ledesma: «Todos les conocen; ella trabaja en una gasolinera y él en una empresa familiar»

Eran las nueve de la mañana, los detalles de la autopsia que se revelaron por la tarde todavía eran pura especulación. La cafetería estaba más frecuentada de lo normal, pero el jaleo que marca la hora del café fue sustituido por un murmullo destemplado en el que todos comentaban, escépticos, lo ocurrido. Entre miradas consternadas a la puerta de la calle, por donde tantas veces había entrado Lucía en compañía de sus abuelos o sus padres, la camarera recordó cómo «la niña de Almudena» solía acercarse a la barra para pedir dulces hasta volver a la mesa donde charlaban los demás. «Esta mañana, muy temprano, cuando estaba abriendo la terraza, he visto a un familiar llegar al domicilio para recoger un chupete que, al parecer, lo necesitaban los perros de rastreo».

De madrugada

En la misma calle, un poco más arriba, la propietaria de una peluquería hablaba a través de la reja del local con varios vecinos. «Escuchamos un grito y salieron corriendo». Los abuelos de la menor recibieron la noticia de madrugada. «La abuela estaba en el coche esperando a su marido con la mirada perdida y diciendo que se había perdido la niña una y otra vez». Uno de los negocios de la calle no levantó la persiana porque es de un familiar de los padres y salió hacia Pizarra para acompañarles.

«Una niña de tres años no puede andar tres kilómetros sola, se la han llevado, ¿por qué?», dice el dueño de un bar

Los abuelos se enteraron de madrugada y salieron corriendo a Pizarra

«Mucho cuidadito con los niños». Con este consejo, algunos vecinos asimilaban lo ocurrido y terminaban de dar la noticia a aquellos que no se habían enterado. «¿Pero se perdió o se la llevaron?», preguntaron en un grupo recién llegado al local. El propietario del bar y su mujer explicaban que Lucía estaba «muy apegada a sus padres» y que «es imposible que una chica de tres años ande tres kilómetros de noche; alguien se la ha llevado, pero ¿por qué». En torno a la una de la tarde había algunas informaciones que reforzaban la teoría de la muerte accidental, ante lo que los presentes en el local mostraron enérgicamente su incredulidad. «Te digo yo que Lucía no se va, ni de broma; nunca la he visto pasar de la barra sin llamar a su madre».Además, está el detalle del chupete que, encontrado en el bar donde se le perdió la pista, hacía resonar las sospechas en la cabeza de los vecinos: «¿A dónde va a ir la niña sin su chupete?».

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