EL ALZHÉIMER, ESE MAL QUE NOS ANULA

La VI Marcha de AROAL tendrá lugar este domingo. v. m.

Poco se puede hacer cuando la enfermedad se declara, pero mucho antes de que ésta haga acto de presencia, llegado a una edad vetusta

JOSÉ BECERRA

En Ronda se vuelcan en favor de los enfermos de alzhéimer. Anualmente, una asociación, AROAL, que busca alivio para quienes padecen este mal viene convocando una marcha, y ya es la sexta, en su beneficio. Loable esfuerzo y dedicación que trata de poner un haz de esperanza para quienes se ven atrapados en los tentáculos de esta dolencia senil y para los familiares que estoicamente les ayudan a transitar por ese mundo de sombras que se ha adueñado de sus cerebros sin posibilidad de retorno.

El alzhéimer viene castigando a una población que llegó a edad provecta puede que con las facultades físicas disminuidas pero permitiendo soportar una vida llevadera, no así su intelecto y aptitudes cognoscitivas. Aumentó la esperanza de vida por mor de un avance significativo en la medicina y nuevos parámetros en la subsistencia, pero no lo hicieron en la misma medida los elementos psicomotrices capaces de mantener el raciocinio de muchos de nuestros mayores.

La demencia senil, este es el final al que muchos estamos abocados más temprano o más tarde. Sin embargo, no se trata de una enfermedad que responda esencialmente a la forma normal de envejecimiento. No conviene crear alarmas a todas luces infundadas: podemos morirnos de viejos sin que haga acto de presencia afectando a nuestra facultad de recordar y la perdurabilidad del raciocinio y comportamiento o nuestras habilidades intelectuales.

Hace poco tiempo cayó en mis manos una monografía de Cameron Camp, un médico de Ohio (Estados Unidos) que imparte talleres sobre intervenciones de diseño cognitivo y conductuales para la demencia en nivel mundial. En el preámbulo anunciaba que sus terapias buscaban mejorar la funcionalidad de las personas con demencia senil. Me sumergí en su lectura inmediatamente, mi diccionario de inglés a la mano; aunque ese idioma no me ofrecía serias dificultades temía que términos científicos se me escaparan. Pero no fue así, el autor trataba con un léxico sencillo el tema, cosa que mentalmente agradecí.

Comprobé desde las primeras líneas que preconizaba terapias no farmacológicas, aunque dejaba claro desde las primeras líneas que la enfermedad provocaba la muerte de las neuronas y las intervenciones sin recurrir a medicamentos no podían sustituir a las muertas. Sin embargo, la discapacidad para razonar y obrar coherentemente, muchas veces debido a factores ambientales y sociales, sí se podían corregir poniendo en práctica una terapia adecuada. El entorno era primordial. En esto incidía sobremanera el doctor. Una residencia, que es donde los enfermos terminan por abocar cuando los familiares se muestran impotentes para sobrellevar la enfermedad, si no existe estimulación y allí se vieran como enclaustrados, los resultados serían contraproducentes.

Por el contrario, lo que vendría a mejorar la situación sería el que se encontrara con un entorno atractivo con personal capaz de estimularles y hacerles la estancia más grata y fructífera. La interacción es importante, el contacto agradable con los demás imprescindible aún para el resto de los humanos, no digamos de los enfermos de este mal que tiende a romper los lazos asociativos entre las personas.

Poco se puede hacer cuando la enfermedad se declara, pero mucho antes de que ésta haga acto de presencia, llegado a una edad vetusta. Hagamos trabajar a nuestro intelecto, sin prisas, pero sin pausas. Lecturas, sopas de letras, indefinidos, crucigramas y jeroglíficos nos pueden servir, sin olvidar la conversación distendida con nuestras amistades: la cuestión es que el intelecto no se enmohezca, sino que permanezca activo y pronto para el razonamiento. Son remedios caseros, se me dirá, sí, pero sesudos neurólogos coinciden en sus efectos terapéuticos.

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